Cierta vez Ledesma Ramos, cofundador de Falange, se dirigió a su tocayo Maeztu buscando su complicidad y le llamó nacionalista. Don Ramiro, un conservador sin ínfulas revolucionarias, protestó: «¿Nacionalista yo? El nacionalismo es chusma y petróleo».
El arzobispo de Valladolid acaba de ser elegido presidente de la Conferencia Episcopal. Activista de izquierdas en la Transición y abogado de formación, Luis Argüello (Meneses de Campos, Palencia, 1953) reflexiona sobre la polarización y el relativismo y aspira a poder mantener una «colaboración crítica» con el Gobierno.
¿Existe la ambición en la carrera episcopal? ¿Qué siente ante la responsabilidad de dirigir a la Iglesia española?
No cabe duda de que el hecho de que el conjunto de los obispos de España ponga en ti su confianza es un reconocimiento, y el reconocimiento te agrada. Pero no supone algo tan importante como para desear esta responsabilidad en sí misma, que por otra parte no es la de dirigir la Iglesia en España sino la de servir a la comunión de los 70 obispos. La Conferencia Episcopal es un servicio de coordinación y de comunión. Yo no soy el jefe de los obispos. Yo quiero ser el servidor de los obispos.
Nació bendecido por el don del dibujo, pero también bajo el signo del sufrimiento. Quizás pensó que todos los padres beben, que una casa debe ser una encerrona y que la infancia solo es la primera estación de un vía crucis inexorable. Empezó a beber a los doce. En cuanto ganó la autonomía suficiente se fue de casa sin mirar atrás. Era un adolescente ardiendo de sed y rebeldía, carcomido por la sospecha de que el clásico tenía razón y en la naturaleza cada cual engendra a su semejante.