
En toda comunidad humana, es decir, formada por animales sociales, una víctima lo es siempre por partida doble: cuando lo descubre ella misma y cuando lo descubren los demás. A la vista cruda de la desgracia sucedida a otro, un vesánico atavismo de la especie nos susurra: «Algo habrá hecho. Apártate de él». Les ocurrió a los supervivientes de los campos nazis, a las mujeres que empezaron a denunciar el maltrato, a los japoneses que no se evaporaron en Hiroshima, a los uruguayos que regresaron de los Andes: todos han confesado el proceso de revictimización al que los sometieron quienes debían acogerlos. Su historia resultó demasiado insoportable para los intactos. Quizá porque el sufrimiento ajeno les interpelaba, les hacía sentirse culpables de los golpes que la vida no les había dado o les inquiría por el grado exacto de su responsabilidad en la posible evitación del desastre. Cuando los intactos toman conciencia de su propia cobardía moral engendran una inquina aún mayor contra el causante de sus remordimientos. Entonces la espiral del silencio se espesa y la víctima acaba socialmente marginada con la general complicidad de sus vecinos.






