
Nació bendecido por el don del dibujo, pero también bajo el signo del sufrimiento. Quizás pensó que todos los padres beben, que una casa debe ser una encerrona y que la infancia solo es la primera estación de un vía crucis inexorable. Empezó a beber a los doce. En cuanto ganó la autonomía suficiente se fue de casa sin mirar atrás. Era un adolescente ardiendo de sed y rebeldía, carcomido por la sospecha de que el clásico tenía razón y en la naturaleza cada cual engendra a su semejante.






