
Si la vida de un alpinista se divide en dos, antes y después de coronar el Everest, quizá tuvo razón Vargas Llosa cuando afirmó que la vida de un lector cambia definitivamente después de ascender La montaña mágica, de cuya publicación se cumple un siglo en este 2024. No siendo formalmente tan revolucionaria como el Ulises, la obra magna de Thomas Mann (1875-1955) pertenece al selecto panteón de novelas geniales que ensancharon drásticamente los límites del arte narrativo en el primer cuarto del siglo XX.







Le diría que según y cómo. Lo primero que leí de Thomas Mann fueron Los Buddenbrook y, alma tierna que uno era, se quedó impresionado -muy impresionado- de que el protagonista melómano infectado del tifus acabara muriendo porque su enfermedad -aclara Mann- suele llevarse por delante a quienes no ofrecen ganas de resistirla: obviamente no es el caso de su compañero del alma, el noble tronado y más bien bibliófilo -¿amante de Poe, recuerdo?- que sigue adelante. Naturalmente ‘La montaña mágica? implica muchos más cabos en la tejedora, y aunque su lectura también fue pintoresca -la sala de tv (matutina en los tiempos en que no existía tv de ese horario) de un hotel mallorquín a la que me había visto abocado tras aceptar, alma tierna y estúpida, un viaje de fin de curso que se reveló un truño- no marcaba un tajo como el de la anterior novela, ni tampoco como el de la posterior, Doctor Faustus, absoluta y despersonalizadamente lo más.