
Iba a escribir contra Ábalos, como todo el mundo, empezando por sus compañeros de partido y de Gobierno. Esos que todo se lo deben y que se avergüenzan de su benefactor, carne de su carne, nómina de su nómina. Iba a escribir, parafraseando a Borges, que el destino se complace en la paradoja, y que por eso el hombre que defendió la moción de censura contra la corrupción de la que nació el sanchismo es el mismo hombre que el sanchismo pretende ahora extirparse, como si eso fuera posible. Iba a escribir que Ábalos no es un militante socialista sino un símbolo fundacional: el paradigma ético y estético de la pesada farsa que dura ya seis años, cuando España era una democracia menos deteriorada y más próspera, cuando todas las líneas rojas estaban efectivamente pintadas de rojo. Iba a escribir que la única verdad del sexenio negro que inauguró Ábalos en tribuna era la toma del poder a cualquier precio, y que como había precios que el socialismo ilustrado se resistía a pagar (porque intuía la factura territorial que el PSOE ya está pagando), echaron al rey loco de la secretaría general. Solo pudo recuperarla recurriendo al populismo podémico entre las bases y a conciencias inescrupulosas entre los cuadros.






