
Confesaré a mis lectores más furiosamente antisanchistas que en la noche del domingo experimenté por un segundo el horror al vacío. Como si un relámpago iluminara mi peor pesadilla puesta en pie, me aterró no la posibilidad del triunfo del BNG sino la proximidad de la caída del sanchismo. Avanzado el escrutinio vislumbré claramente los contornos de una política española liberada de Pedro Sánchez. Y semejante visión me bloqueó.







Que obsesión con el ‘sanchismo’. Como si no tuviesen edad ni sindéresis para recordar el Zapaterismo o el Felipismo. El ‘limpieza del tubo de escape a precios irresistibles’-ismo. Si se fija en la foto verá a la comisaria Narbona a la que recordamos apareciendo en la tv con su gran calma y magnánima suficiencia tras unas elecciones que le fueron bien diciendo que todos los usuales presentadores iban a desaparecer: si nos gustaba, bien y si no, mejor. Con un tono -el comisariado- concurrente pero bien distinto del de la estrella ejecutiva, el towel boy, pero me da que más viejo, más encastrado, más duradero que el del kleenex que tanta pena le da.