
Será cosa del tópico (o no), pero lo cierto es que la política gallega es enemiga de la rotundidad y reacia a las sorpresas. Premia la constancia, la presencia y la moderación. Y castiga a los extremos, a los paracaidistas y a los candidatos de laboratorio. Eso explica las encuestas positivas de Alfonso Rueda (PPdeG), pero también la persuasiva piel de cordero de Ana Pontón (BNG), las pobres expectativas de José Ramón Gómez Besteiro (PSdeG), los negros augurios de Marta Lois (Sumar) y la irrelevancia total de Álvaro Díaz-Mella (Vox).






