
Ser ministro de Cultura en España no difiere mucho de ser paje real en la cabalgata de tu pueblo. Trabajas poco, te revisten de poderes que no tienes y tu función consiste en ocultar que el presupuesto para juguetes también depende de Hacienda. El primero que se dio cuenta del camelo fue Semprún, y a partir de él sus sucesores han interpretado el papel con mayor o menor dignidad y todos con peor prosa. Hasta que ha llegado don Urtasun, Ernest el Libertador, y ha decidido que con él la historia -y la Historia- va a ser distinta.






