
Todos los caminos llevan a Roma pero acaban pasando por Estrasburgo, que significa precisamente ciudad de carreteras. Por ellas avanzó y y por ellas retrocedió la historia de Europa, de Gutenberg a Hitler, dejando su rostro secular marcado por hondas cicatrices que acrecen su belleza. Uno contempla el pintoresco entramado de su arquitectura civil como la sutura definitiva de siglos de querella entre Francia y Alemania que terminaron zanjando los fundadores de la Unión con salomónica sabiduría: el hermoso significante en disputa que fue siempre Alsacia quedaría asociado a un proyecto transfronterizo, supranacional y pacífico mediante su elección como sede del Parlamento europeo. Ni de unos ni de otros: de todos. También de los burócratas lobunos y de los turistas bovinos.








