
La mente de Sánchez, fuente inagotable de estímulo para el columnista con alguna vocación de perito forense, empieza a dar señales de una interesante mutación. No me refiero sin más a la ordinaria pérdida de pie en la realidad que conocemos como síndrome de Moncloa y que suele apoderarse de los presidentes a partir de su segundo mandato: de Sánchez se apoderó a los pocos días de mudarse a palacio, cuando una imagen de sus viriles manos nervudas fue ofrecida al pueblo como ejemplo de determinación a través de la cuenta oficial. Me refiero a que la reválida del cargo parece haber inoculado en él un providencialismo de alcance planetario. Es verdad que él nunca se vio a sí mismo como lo vemos los demás: un pícaro amoral que debe la inopinada prórroga de su poder a la quiebra de todas sus promesas y al sabotaje de la separación de poderes. Pero ahora el síndrome está tan avanzado que España se le queda pequeña para la misión de la que se cree depositario (decisivamente influido por Zapatero): la batalla final entre el fascismo y el progresismo. Empieza a sentir el peso del mundo sobre sus altos hombros y se pregunta si Occidente merece el esfuerzo de su liderazgo.






