
Quienes lamentan la futbolización de la política aluden al primitivismo emocional que ha convertido a los electorados en graderíos y a los partidos en tribus hooliganescas. Incluso las bengalas salen de los campos y se prenden frente a las sedes. Pero las metáforas con potencia de alegoría hay que llevarlas hasta el final, y lo más interesante de ese proceso afecta al periodismo generalista, que se ha vuelto tan resultadista como el deportivo. Los honrados hinchas de los equipos modestos han venido a emborracharse y el resultado les da igual, pero los periodistas más respetables del país se rinden al tablero luminoso de la mayoría como única ratio de la democracia, por no mentar a cuantos estuvieron a punto de rogar un autógrafo en la camiseta al investido. El otro día en una tertulia radiofónica a un analista excéntrico se le ocurrió enjuiciar la prórroga en el poder de Sánchez invocando criterios morales: la traición de su compromiso electoral, el entreguismo al chantaje de un delincuente fugado, el sacrificio de la igualdad y la solidaridad en el altar del egoísmo, el arrollamiento de la autonomía judicial. Pero sus razones caían en aquella tertulia como apologías de la monogamia en un puticlub. Al acabar, una tertuliana comentó estupefacta: «Pero qué tiene que ver la ética con la política».






