
El abatimiento del PP es sincero, pero la euforia de Sánchez es impostada. Bien sabe el infierno que le prepara Puigdemont. Se va de vacaciones afectando una victoriosa tranquilidad, pero se apresura a designar a sus dos colaboradores más estrechos para negociar con Waterloo. Para que surta efecto el mito de la invencibilidad sanchista -se trata de desmovilizar al PP con vistas a una repetición electoral-, Sánchez cuenta con la beatería de cierta derecha que confunde la desfachatez de un timador con el satanismo, igual que contó el domingo (día del Señor) con la beatería de cierta izquierda que confunde pintar de verde un banco de pueblo con la inminencia de Auschwitz. Como se ve, ninguna de las dos Españas ha dejado de ser católica, aunque recen a dioses diferentes y conjuren demonios opuestos. En Cataluña y Euskadi el diablo es Vox; en las autonomías no nacionalistas el azufre emana de Bildu, ERC y Junts, aparte de Podemos. Así se explica tanto el 28-M como su contestación el 23-J.






