
La muerte de Silvio Berlusconi es el mayor escándalo de una vida fecunda en escándalos que solo respetó una ley: la de que el espectáculo debe continuar. Entre el pacto fáustico y la comedia del arte, el condotiero milanés se reinventó tantas veces que nos acostumbramos a creer que no moriría. Morirse era un acto troppo vero para farsante tan consumado. Su poder mediático lo resguardaba de la muerte política; su imperio empresarial lo protegía de la muerte civil; su habilidad política lo alejaba de la muerte judicial. Como magnate del fútbol avivaba el calor del pueblo y como adicto al quirófano conjuraba el acecho de la biología. Su fin traciona la premisa básica del berlusconismo: se trata de sobrevivir a cualquier límite.






