
Hace tiempo que mojar la pluma en las lágrimas de impotencia de Pablo Iglesias e Irene Montero me causa el rechazo propio de cualquier abuso. El refranero castellano, poco atento a los pudores de la corrección multicultural, llama a eso lanzada a moro muerto. Pero en la hora grave de la disolución podémica, cuando una democrática lluvia de votos lava el último coágulo del neocomunismo español y lo encauza de regreso al sumidero de la historia, quizá sea necesario recontar los daños dejados por la riada de populismo que rompió los diques institucionales y anegó las plazas de España hasta enfangar parlamentos, aulas y redacciones.






