Era la metáfora perfecta, casi obvia, para explorar la representación de un tiempo y un espacio. ¡La escalera interior de un bloque de pisos! El no-lugar por donde suben y bajan los trabajos y los días, las pasiones inútiles de las vidas vulgares. Pero el caso es que solo se le ocurrió a Antonio Buero Vallejo. España como una escalera a lo largo de tres décadas: de 1919 a 1949. El antes y el después de una guerra civil, el durante interminable en el que se consumen sus inquilinos-ciudadanos.
Los pueblos, como los hombres, no escarmientan en cabeza ajena. Por eso Polonia, víctima periódica de la hostilidad alemana o rusa, encabeza la tasa europea de inversión militar; y por eso España, soleada península en el extremo suroccidental del continente, exhibe desde hace décadas un olímpico desinterés por defenderse. No solo lo prueba nuestra cicatería presupuestaria: también nuestra cultura política, incluso nuestra flacidez moral. Este es el país en que escaquearse del servicio militar, antes que deshonra patriótica, ofrecía un fértil campo a la picaresca nacional cuando no proporcionaba todo un timbre de orgullo ideológico (hasta Santiago Abascal, líder del partido presuntamente más aguerrido del arco parlamentario, se fumó la mili). Este es el país cuyo actual presidente, preguntado en este periódico por el ministerio que suprimiría para recortar gasto, respondió que el de Defensa. Y este es el país en que la proporción de jóvenes dispuestos a enrolarse para repeler un ataque militar no alcanza el 30%, según un reciente estudio de Metroscopia. La coña marinera por lo de Perejil aún silba en los oídos de Trillo.
Pero cómo no va a enfermar MJ Montero si lo incomprensible (más allá de su sintaxis) es que haya logrado reponerse. Llegó al hemiciclo, se sentó entre la displicencia del número uno y el rencor de la vicepresidenta segunda y se puso a encajar palos de socios y de adversarios como si zurrarla desgravase. Hasta que pasó lo que tenía que pasar: que doña Marichús confundió a Ione con Cuca. De los labios dalinianos de la vicepresidenta primera ha nacido «Ione Gamarra», animal mitológico que ilustra la pinza tributaria entre PP y Podemos.
-Quítalo -le ruega José Carlos Montoya a Sandra Barneda al comienzo de la escena memorable. La toma/meme de La isla de las tentaciones que ha cautivado al mundo.
-¿Lo quito?
-No -musita con un zapateo febril.
El concursante se contradice. Quiere y no quiere ver a su novia acostándose con otro. Ansía la claridad pero teme la quemadura. Al fin vence la cabeza, fiel a la sentencia que abre la Metafísica de Aristóteles: «Todos los hombres desean por naturaleza saber».
El índice de Transparencia Internacional dirá lo que quiera, pero todos sospechamos que las sesiones de control en el parlamento de Ruanda son más divertidas que en el nuestro. Así que tenemos lo peor de los dos mundos: el tedio argumental del primero y la higiene institucional del tercero. Ya que siete años de CoPro (coalición progresista) nos han instalado en niveles subsaharianos de corrupción, podrían darnos al menos un poco más de espectáculo. Pero al parecer la fase terminal del sanchismo se propone conciliar la cooptación del gran capital -de Telefónica a La Caixa- con la manufactura desganada de un cainismo de pésima calidad.
La emoción política que mejor explica nuestra época es el resentimiento. En su fascinante monografía sobre el emperador Tiberio, Marañón describe magistralmente los síntomasde esta enfermedad del alma que podríamos resumir en cinco puntos.
1) El resentido no es malo. Suele ser tímido, cobarde y feo, y aficionado a escribir mensajes anónimos (aquí Marañón prefiguró Twitter). Puede incluso ser bueno mientras la vida no defraude sus expectativas; en cuanto lo hace, en vez de negociar a la baja con su ego engendra una amargura inextinguible.
La primera vez que escuché la palabra fascismo fue en el patio del colegio a mediados de los 90. La pronunció un compañero entre risas porque no le pasábamos el balón. De aquel uso conscientemente hiperbólico (y por tanto inocuo) hemos ido degenerando hasta la ridícula solemnidad con que el progresismo conjura hoy el regreso de la bestia, hasta el punto de fundar sobre ese abuso -caso español- toda la estrategia de legitimación y pervivencia de un Gobierno.
Madrid es un cementerio de paracaidistas del PSOE, un Arlington bufo de patriotas de partido derrotados sistemáticamente por el voto de los madrileños. De Trini y Sebastián a Simancas y Pepu, el camposanto socialista lleva décadas creciendo, recibiendo cuerpos desmadejados de reclutas de última hora enviados a morir contra el liberalismo hegemónico en la región. Como Lobato no era un paracaidista, lo ejecutó directamente Ferraz. Y no parece que López (a pesar de ese chaleco de explorador en tierra hostil que se calzó el día de su bautizo) vaya a ser capaz de sobrevivir allí donde cayeron los sucesivos soldados de Zapatero y Pedro. Que un referente de la Movida como Leguina ostente la condición de último presidente socialista retrata la sostenida impotencia de la izquierda madrileña. Para colmo se les hace ayusista.