Me escribe gente espantada con lo que está pasando y no entiendo por qué. Comprendo la depresión de mis amigos de izquierdas -los que aún vinculan su identidad política con la igualdad, no con el paquete que marca el timonel-, porque les han robado el partido y las causas por las que lo votaron. Pero me sorprende que mis amigos liberales y conservadores se dejen llevar por cierto pesimismo paralizante. Incluso me enfada. ¿Pensabais que la democracia es natural como el yogur o gratis como la radio? ¿Leísteis que el precio de la libertad es la eterna vigilancia en una taza de café con leche de soja?
En la tristeza facial de Salvador Illa reconocemos la desairada condición del pagafantas. Pero si estos días vemos a don Salvador más triste que de costumbre no es porque le avergüence defender ahora la amnistía que en julio declaraba tan inasumible como el referéndum, sino porque sabe que esa amnistía engorda la factura de las fantas hasta el punto de quiebra de sus expectativas de poder. El candidato que ganó las elecciones en Cataluña no pudo armar su investidura y sueña con llegar a Sant Jaume en la próxima intentona. Pero con Puigdemont regresando triunfal a Barcelona en fechas no lejanas, para delirio de las masas amarillas y reactivación inevitable del procés, la ensoñación presidencial del pobre Illa se esfuma a la misma velocidad que el valor de su palabra, que los votos prestados de Arrimadas y que la farsa del reencuentro que trata de vendernos con su untuosa vocecilla de sacristán de Montserrat.
En el mejor discurso de la historia del cine, el coronel ciego de Esencia de mujer que encarna Al Pacino les explica a los niños pijos de un college de élite cómo reconocer la integridad cuando todos menos uno la han perdido. Es decir, cuando la desfachatez ha quedado elevada a norma solemne.
Cuando Pedro caiga y se rompa el hechizo del poder habrá que pararse a pensar cómo un enano moral logró someter a tantos. A académicos cum laude que se rebajaron a discípulos de un plagiario. A juristas prestigiosos que pusieron su ciencia al servicio del alivio penal para trucar la balanza de la diosa. A socialdemócratas de clase trabajadora que ampliaron los privilegios de la burguesía catalana. A auditores fiscales que ampararon el despilfarro en el clientelismo. A diputados con educación que aplaudieron la bajeza. A periodistas respetados que trasladaron la redacción a La Moncloa. A purgados del partido que se postraron ante su verdugo en busca de redención, quizá para ser purgados de nuevo en un círculo depravado de pasión por la obediencia. A comunistas que engordaron al socialtraidor que los devoró. A conservadores vascos que se diluyeron en su rival abertzale. Todos siguieron a un flautista esquizoide que los perdió.
Cuando Óscar Puente se levantó para ocupar la tribuna de oradores todo el mundo se sorprendió de que supiera caminar erguido. Su intervención gorilesca escapa a las capacidades intelectuales de un humilde cronista de letras: pertenece al dominio zoológico de Jane Goodall, y Jane Goodall no había venido. ¿Cómo se le ocurrió a Pedro Sánchez enviarlo en su nombre a responder a Feijóo? ¿Cómo podría no haberlo hecho? Nadie como Puente para encarnar la tonalidad moral y estética del sanchismo, ese engorilamiento progresivo de la política española que está a cuatro plenos de retroceder del pinganillo al hacha de sílex. Nadie como Puente -Zanja de soltero- para canalizar el odio al centroderecha, que es el único hilo que cose los tejidos de un Frankenstein más ortopédico que nunca.
La ola autocrática que se prepara para descargarnos encima una amnistía infame se estrelló este domingo contra el rompeolas alzado en la plaza de Felipe II, el rey que decidió la capitalidad de Madrid. El escenario era nuevo y el formato también: ni aún manifestación ni ya acto de partido, el gentío desbordó las costuras propias del mitin cerrado y colapsó las calles adyacentes al WiZink Center -O’Donnell, Alcalá , Goya, Conde de Peñalver- con la desorientación propia de la falta de costumbre. Otra cosa que la gente de orden jamás perdonará a Pedro Sánchez es haberla obligado a manifestarse. Los papeles tradicionales están invertidos: la izquierda insta al silencio frente al privilegio y la derecha se echa a la calle en defensa de la igualdad. Otra revolución psiquiátrica que le debemos al sanchismo.
Uno puede esforzarse por imitar las virtudes de Nicolás Redondo Terreros. Puede entrenarse en la templanza, coleccionar el coraje, blindar la carcajada de barítono, opositar a catedrático de conciencias tranquilas, cebar la chimenea con esas listas de agravios que otros enmarcan en el retrete y ofrecer siempre el corazón a la amistad con el distinto. Pero parafraseando a Borges confieso que yo, que tantos hombres he sido, no seré nunca aquel a quien expulsó Pedro Sánchez. Y ese timbre de gloria, esa codiciada jarretera, ese incalculable toisón cuelga ya de su pechera como la más bella de las amantes de un viejo guerrero, sumiendo a los aprendices en la frustración. Y aunque aprendí de Pla que el secreto de la felicidad consiste en no envidiar nunca a nadie, hoy envidio el alto honor de Nicolás como si acabara de regresar vivo de las Termópilas.
No me dirijo a ti, que no vas a abrir la boca, que no fuiste diseñado para el ejercicio del pensamiento crítico, para identificar verdades incómodas, o las identificas pero nunca encontrarás valor para señalarlas porque no conoces otra libertad que la de obedecer, porque bebes la libertad del cuentagotas con que va mojando tu lengua seca el magnánimo jefe de tu tribu, el que tiene poder para meterte en una lista y para sacarte de ella, la lista de la que dependen tu nómina pública o tu tertulia privada o ese bonito simposio de politología, porque no tienes otra cosa y el sector está fatal, afuera hace mucho frío y las redes están patrulladas a todas horas por ojos insomnes y cuchicheos de sicofante y manos ágiles para tirar la primera piedra, la segunda y la tercera, y en una mala tarde pueden sepultar tu reputación de progresista sin fisuras, es decir, uno del que jamás pueda esperarse otra cosa que sumisión en tiempos de mutua vigilancia, cuando la ambición ágrafa de un solo hombre ha extirpado de la izquierda el viejo compromiso por la libertad, la igualdad y solidaridad para no ser ya más que militancia castrense, coro de balidos saliendo del redil acechado por el lobo, que viene el fascismo, y quien no sea oveja será lobo, como esos ancianos de vida resuelta, Felipe y Alfonso, fachas como el que más, haciéndole el caldo gordo a la derecha, por más que rechacen la amnistía en los mismos términos en que tú la rechazaste cuando tocaba rechazarla, la misma amnistía que abrazarás cuando toque abrazarla, así que cómo voy a dirigirme a alguien como tú, que ya solo aspira a seguir sirviendo su carne de cañón en la guerra civil perpetua contra la derecha española -exceptuadas la vasca y la catalana- con el cerebro rendido por el odio, la voluntad anulada por el miedo y el lomo aplanado para servir de alfombra al triunfo de Puigdemont.