Confesaré a mis lectores más furiosamente antisanchistas que en la noche del domingo experimenté por un segundo el horror al vacío. Como si un relámpago iluminara mi peor pesadilla puesta en pie, me aterró no la posibilidad del triunfo del BNG sino la proximidad de la caída del sanchismo. Avanzado el escrutinio vislumbré claramente los contornos de una política española liberada de Pedro Sánchez. Y semejante visión me bloqueó.
En julio se habló mucho de la gestión de las expectativas. El error del PP entonces habría consistido en vender la piel del Perro antes de cazarlo. En Galicia ha sucedido exactamente lo contrario: ha sucedido la sorpresa de lo esperado.
Veamos. A partir de aquella sobremesa lenguaraz de Feijóo las tertulias de Madrid alimentaron la hipótesis de que el PP podía perder la Xunta. La prensa de centroderecha se asomó a ese escenario llevada de su libertad de juicio, de su cabreo con los errores no forzados de la oposición y de la psicosis instalada desde el 23-J. La prensa gubernamental se sincronizó para fijar el mismo escenario llevada de su sumisión a Moncloa, de su talento para la sobreactuación y de la euforia instalada desde el 23-J. Lo cierto es que ninguna encuesta avalaba suficientemente el dichoso vuelco, pero hoy la política se comporta como una rama de la literatura fantástica: crea marcos mentales no ya independientes de la realidad sino enfrentados a ella. En este incesante juego de manos que escandalizaría al tahúr cirrótico de una reserva india el sanchismo no tiene rival.
Todo lo que está mal en España cabe en la escalofriante secuencia de Barbate. La delincuencia empoderada hasta el punto de desafiar y batir a las fuerzas del orden. La superioridad material de los criminales sobre aquellos que tienen encomendada la protección de todos sin que les garanticen la suya. La eufórica celebración del crimen por parte de una juventud moralmente destruida para la cual la honradez es la opción vital de los imbéciles. La cobardía de un ministro que no asume su responsabilidad por haber desmantelado la unidad de élite que estaba ganando la guerra al narco. La indignación sin respuesta de la fiscal antidroga y las lágrimas impotentes de los compañeros de David Pérez y Miguel Ángel González. La omertá que obliga a los vecinos a elegir entre confundirse con el paisaje o significarse heroicamente en un lugar controlado por la mafia y sus omnímodos chivatos.
Aún no sé si me cae mejor Pablo Iglesias o Carles Puigdemont: saldré de dudas al final de esta legislatura. Naturalmente ambos líderes encarnan proyectos odiosos para cualquier español que aprecie la convivencia, la libertad y la democracia. Pero en su solitaria resistencia al abrazo letal de Pedro, en su casta negativa a ofrecerse en la cama redonda de saldo y neón donde ya retozan Otegi y Junqueras, brilla un rasgo de carácter que valoro:la rebeldía de quien señala la desnudez del emperador. Precisamente porque nadie ha embaucado tanto como Iglesias o Puigdemont, los dos están vacunados contra los susurros del gran seductor. Son dos radicales libres, inasequibles a la corrupción de su ideal, por más totalitario que ese ideal resultara en la práctica. Viajan atados al mástil de sus naves a la deriva, sordos al hechizo de las sirenas socialistas, que cantan más alto que ninguna criatura del país.
Cumplió Junts su amenaza y tumbó la ley de amnistía porque no era lo suficientemente integral, es decir, lo suficientemente humillante para la democracia española. Ahora el partido de Pedro tendrá que sentarse otra vez en la Comisión de Justicia, con el dilatador puesto, para que pasen por el esfínter del articulado la alta traición, el terrorismo malo, las evasiones de los Pujol y una remesa de pinganillos con traducción simultánea al ruso. Si Irene Lozano hubiera trabajado para Dostoievski, en lugar de Crimen y castigo habría titulado Poder y amnistía.
Lo advirtió hace dos décadas don Pasqual Maragall en el diario sanchosférico de la mañana, de la tarde y de la noche: «Madrid se va». Y efectivamente, en este tiempo Madrid se ha ido. Pocas noticias tan simbólicas del adelantamiento como la Fórmula 1, que Cataluña solo podrá retener a costa de una inversión pública adicional al amparo del dopaje financiero que detrae el separatismo de su rehén monclovita. Y ni así está claro que puedan convivir ambos premios.
La influencia de Pedro en Davos se midió esta semana por el número de desmayos mediáticos que causó la austeridad de su abrigo. Ni el hábito de arpillera de un místico penitente habría provocado tales arrobamientos, oigan. El culto al líder ya atropella de tal modo el sentido del ridículo que Pedro deja a su paso la misma cantidad de cerebros fundidos que de corazones rotos. La prensa plegable no solo sincroniza consignas sino también fluidos, segregan excitación a coro en una modalidad del porno que no se prohíbe: se subvenciona. Es el gran bukake progresista.
Querido Pablo. Ha pasado el tiempo pero no te hemos olvidado. ¿Cómo podríamos? Todo lo que vemos a nuestro alrededor en esta España de ceño y piolet proclama tu autoría y lleva tu sello, el inconfundible aroma del almizcle ideológico, este olor espeso como de requisa miliciana elevada al BOE. Vivimos por fin como soñaste: en una peli polvorienta de Ken Loach, en una letra hormonal de Ska-P, en una fantasía dispépsica de Vázquez Montalbán. Y esta semana, por si hubiera cundido la desmemoria a la que el Gobierno fía sus posibilidades electorales, tomaste la decisión de personificarte en el Senado. Te hiciste presente como solías: para romper cosas y cobrarte cabelleras. Fort Apache, ya sabes. Se trataba de tumbar el decreto de Yolanda, ese error lacerante cubierto de laca que salió de tu índice.