Cuando una mujer muere asesinada a manos de su pareja se convoca un minuto de silencio a la puerta del ayuntamiento. Hace tiempo que todas las formaciones políticas participan de este ritual de repulsa, que lo es también de apoyo a las víctimas. Todos salvo Vox, que a veces opta por la ridícula transaccional de guardar el minuto de silencio pero colocándose a una distancia prudencial del resto de partidos: un absurdo sí pero no que los expone a acusaciones de mezquindad, y con razón.
Los mismos que manifiestan su perplejidad ante el posible retorno de Trump, responsable de aquel enero de 2021, se aburren del debate sobre la amnistía a los de octubre del 2017 y del 2019. Los mismos que se movilizaron contra Rubiales por el pico a Jenni no lo hicieron antes por las evidencias de sus prácticas corruptas. Los mismos que experimentan un irrefrenable temblor en las yemas de los dedos por el cual derraman en las redes su indignación ante un Baltasar embetunado mantuvieron un silencio estratégico cuando Bildu presentó asesinos en sus listas. Los mismos que cargaron contra la precariedad laboral cuando Fátima Báñez elevaba la tasa de empleo aplauden la fijeza discontinua si el orgullo estadístico parte de Yolanda Díaz. Los mismos que detectan xenofobia en la ultraderecha española apagan el sónar humanitario ante las señales de odio que emite la ultraderecha catalana.
A la espera de que gobierne la derecha para que el periodismo de élite redescubra la vocación de contrapoder (tan anacrónica ya como la de cartujo), los plumillas extramuros nos entretenemos con las piruetas sincronizadas entre Pedro y su servicio mediático. ¡Y cómo está el servicio! Por sostener el tren de vida del señorito calavera no hay charco que no se enjuague o polvo que no se barra. Y si no cabe bajo la alfombra, muy combada ya, se prende una fogata tuitera para confundirlo con el humo.
El sanchismo es un presentismo: desprecia el futuro e ignora el pasado cuando no puede manipularlo para justificar su presente, que es todo lo que tiene. Por eso Franco constituye una amenaza contemporánea en el cuento antifa de Moncloa mientras que ETA solo existe en las hipérboles prehistóricas de la derecha. «Nada se seca tan rápido como la sangre», le contestó De Gaulle -y era De Gaulle- a un asesor que invocaba los atentados del independentismo argelino para afearle a su jefe la apertura de negociaciones con los terroristas. Pedro, ágrafo de bulto redondo, lo expresaría de un modo más pedestre: sangre pasada no mueve molino. El muerto al hoyo y el vivo a la alcaldía. Para Bildu la perra gorda y para mí la perrera.
Bajo el liderazgo espiritual de don Puente, los devotos operarios del muro están alcanzado sus últimos objetivos de blanqueamiento batasuno. Ya no son caretas las que están cayendo sino capuchas. Nos dicen que Bildu es la purita expresión del progresismo vasco; que su compromiso con la Constitución está fuera de duda desde que invistieron a Sánchez, aunque sea para planear juntos el troceamiento de la nación; que a los verdugos impenitentes que reciben homenajes y puestos de salida en listas no solo no les falta ningún tramo ético por recorrer sino que han ido más lejos en la defensa de la democracia que sus víctimas del PP. Nada como haber integrado un comando para demostrar tu hombría de paz.
Una tarde de 1992 a Mario Calabresi, hijo de un comisario asesinado por las Brigadas Rojas -víctima de una infame campaña de señalamiento previo por parte de los medios llamados progresistas-, lo invitan a una fiesta universitaria. Decide ir, pero el clima de opinión allí no tarda en asquearle. De pronto capta una frase al vuelo. Es de una chica segura de sí:
-Qué asco, la viuda. La cubren de pasta y se hace la víctima. Deberían haberla disparado a ella también.
Nacido en 1942 en Tetuán cuando era la capital del protectorado español en Marruecos, empresario y autor de obras enciclopédicas de divulgación histórica, Jacobo Israel Garzón ha presidido la comunidad judía española y madrileña y afirma que se siente «tan español como judío». Atiende a EL MUNDO mientras sigue con preocupación -y un punto de esperanza- la escalada del conflicto en Oriente Próximo.
Usted tiene familia en Israel. ¿Están todos bien? ¿Cómo viven estos momentos?
Están sanos y salvos. Tengo allí una hija mayor, nietos y nietos al norte de Tel Aviv. Tengo dos bisnietos, un hermano y una hermana cuyo nieto está en el frente. Mi hija es profesora y ha pasado de dar clases presenciales a dar clases online. Es un mundo diferente, pero hay que tomarlo con buena cara. A mi hermano, que vive en Ascalón, muy cerca de la frontera, dice que ya se hace la vida de siempre al 80 o 90%, que es lo que hay que hacer. Los israelíes tienen muy buen temple. Los judíos tenemos una fuerza moral muy grande y sabremos salir de esto. Hemos salido del Holocausto.
El misterio de la identidad judía consiste en la eternidad de un dolor injusto. La conciencia nacional más antigua del mundo es la de un pueblo elegido para sufrir como ninguno a causa del odio que ha despertado, despierta y despertará su terco deseo de prevalecer. A la maldición antisemita, que en el siglo XX alcanzó las condiciones industriales de posibilidad del exterminio, los supervivientes de la Shoah respondieron por fin con la creación de un Estado propio. Y asumieron la necesidad de la autodefensa por la fuerza a la que habían renunciado hasta la fecha. La roca de Israel no volvería a ser quebrada.