La frase trae locos a todos los filósofos de la nación: «La verdad de las cosas es la realidad». Algunos se la atribuyen a Aristóteles, otros a Perón y todos a PedroSánchez, a la espera de que Irene Lozano zanje la cuestión inscribiendo la máxima en la faja de su próximo libro. Pero más allá de la autoría nos interesa ahora el significado. Procedamos a desentrañarlo con espíritu científico y sin ápice de ironía.
Querido Pablo. Ha pasado el tiempo pero no te hemos olvidado. ¿Cómo podríamos? Todo lo que vemos a nuestro alrededor en esta España de ceño y piolet proclama tu autoría y lleva tu sello, el inconfundible aroma del almizcle ideológico, este olor espeso como de requisa miliciana elevada al BOE. Vivimos por fin como soñaste: en una peli polvorienta de Ken Loach, en una letra hormonal de Ska-P, en una fantasía dispépsica de Vázquez Montalbán. Y esta semana, por si hubiera cundido la desmemoria a la que el Gobierno fía sus posibilidades electorales, tomaste la decisión de personificarte en el Senado. Te hiciste presente como solías: para romper cosas y cobrarte cabelleras. Fort Apache, ya sabes. Se trataba de tumbar el decreto de Yolanda, ese error lacerante cubierto de laca que salió de tu índice.
Cada tanto se viraliza de nuevo la famosa intervención parlamentaria de Albert Rivera sobre la banda de Sánchez. Los nostálgicos le añaden un sentido epitafio: «Cuánta razón tenía». Rivera fue la primera víctima de su profecía, porque todos los profetas genuinos son tomados por locos hasta que el paso del tiempo los asciende a notarios anticipados de la realidad. Pero ha sido el pacto con el prófugo más famoso de la historia de España desde Luis Roldán lo que ha terminado de restituir toda su exactitud léxica y moral a la tipificación del sanchismo que formuló Albert Rivera. No es un Gobierno: es una banda. Un puñado heterogéneo de siglas con programas inconciliables que se juntan para desafiar a los jueces, saquear el presupuesto, asaltar instituciones y cancelar desde ellas sus cuentas pendientes con la ley. El nombre en clave de la operación fue «Investidura», la lideró El Guapo y la pagamos todos.
No han transcurrido dos meses de la investidura de Pedro y se confirma que aquello no fue una investidura sino un accidente. El avión presidencial fijó una ruta demasiado peligrosa, no logró atravesar limpiamente la cordillera de la amnistía y se ha partido antes de alcanzar tierra firme. Se declaran ya los primeros episodios de canibalismo parlamentario y el traumatizado pasaje se divide entre pragmáticos y escrupulosos. Puigdemont amenaza con roer el colchón de Moncloa si Bolaños no se come antes las últimas defensas del Estado de derecho. Belarra, que no traga a Yolanda Díaz, anuncia la autonomía culinaria de Podemos. Bildu, con suculentas encuestas en las manos, mira de reojo las papadas del PNV. Y el BNG cuenta con seguir metabolizando restos orgánicos de socialismo gallego en los comicios inminentes. A este drama trepidante por la supervivencia aún le faltan capítulos que nos helarán la sangre. ¿Quién sobrevivirá? ¿Por cuántos meses? ¿Y de qué cuerpos sacarán las proteínas para conseguirlo? Más allá del riñón del contribuyente, quiero decir.
Aunque ha firmado un libro titulado Tierra firme, la imagen política de Pedro Sánchez en esta legislatura se corresponde más bien con la de un buzo antiguo, sin bombonas. Uno que avanza a oscuras, mediante saltos inciertos, por el fondo cenagoso de nuestra Iberia sumergida. Rodea su cráneo una pesada escafandra, dentro de la cual solo oye el sonido de su respiración. De esa pesada escafandra -búnker portátil- parte el extremo de un tubo que llega hasta Waterloo, desde donde se le bombea el oxígeno que necesita para sobrevivir.
A la espera de que gobierne la derecha para que el periodismo de élite redescubra la vocación de contrapoder (tan anacrónica ya como la de cartujo), los plumillas extramuros nos entretenemos con las piruetas sincronizadas entre Pedro y su servicio mediático. ¡Y cómo está el servicio! Por sostener el tren de vida del señorito calavera no hay charco que no se enjuague o polvo que no se barra. Y si no cabe bajo la alfombra, muy combada ya, se prende una fogata tuitera para confundirlo con el humo.
El sanchismo es un presentismo: desprecia el futuro e ignora el pasado cuando no puede manipularlo para justificar su presente, que es todo lo que tiene. Por eso Franco constituye una amenaza contemporánea en el cuento antifa de Moncloa mientras que ETA solo existe en las hipérboles prehistóricas de la derecha. «Nada se seca tan rápido como la sangre», le contestó De Gaulle -y era De Gaulle- a un asesor que invocaba los atentados del independentismo argelino para afearle a su jefe la apertura de negociaciones con los terroristas. Pedro, ágrafo de bulto redondo, lo expresaría de un modo más pedestre: sangre pasada no mueve molino. El muerto al hoyo y el vivo a la alcaldía. Para Bildu la perra gorda y para mí la perrera.
Queridos españoles y españolas. Este año os pedí que clarificaseis en las urnas de parte de quién estabais: del fascismo o del progresismo. Os felicito por haber elegido lo segundo. El pueblo español ha vuelto a dar al planeta una lección de democracia al permitirme seguir gobernando. Los malos perdedores de la derechaylaultraderecha odian el progreso y por eso me insultan, ponen boca abajo mi libro -compradlo, copón- y se regalan cestas de fruta. Pero yo no me voy a poner a su nivel: bastante tienen con ser nazis, como tuve que recordarle a Manfred Weber.