La escena ocurre en una residencia de verano, propiedad del Estado español. Es la hora de la siesta y el presidente ha dado orden de que nadie lo moleste. Toma un cuaderno de notas y el bolígrafo que le regalaron en Davos y sale al jardín. Elige tumbona, empuña el boli, concentra el gesto y comienza a escribir. En el sopor de la tarde a los oídos presidenciales solo llega un sonido: el eco de la Historia.
Siguen yendo los periodistas a las ruedas de prensa de Pedro como si Pedro estuviera moralmente capacitado para responderles. Como si el tétrico palacio de La Moncloa fuera hoy algo distinto que un laberinto de espejos de barraca ferial diseñado por el hermano tonto de George Orwell. Mis compañeros se acreditan, van, preguntan cuando les dejan pero sistemáticamente topan contra el muro facial de un hombre absurdo, vaciado de sentido como un grito munchiano, reducido a una enorme jeta hialurónica, elástica e impermeable. Si la piel de la cara de Pedro Sánchez pudiera clonarse quedaría obsoleto el kevlar para los chalecos de los marines.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.
La derecha de toda la vida, la que prefería la injusticia al desorden y no renunciaba a las buenas maneras ni sobre la cubierta ya partida del Titanic, podía aceptar la superioridad moral de la izquierda siempre y cuando se señalara su inferioridad estética. Pero el sanchismo ha enloquecido a la derecha hasta el punto de obsesionarla con oscuras claves estratégicas e inconfesables planes colectivistas. Con un espanto peligrosamente próximo a la admiración, cierto conservadurismo echa el día tratando de anticipar la próxima jugada maestra de Pedro, sondeando el calado de su alma diabólica, regalándole los oídos con su reverencial temor de derechona. Pero la decepcionante verdad asoma: nada en Pedro es profundo. Su maldad sigue siendo banal incluso cuando la premedita. El sanchismo es un fenómeno desoladoramente superficial que no admite más análisis que la hermenéutica de la horterada.
Cuando pasen los años en que vivimos peligrosamente, los años en que fuimos gobernados por un insensato sin escrúpulos por decirlo con la fórmula exacta de El País, algunos españoles memoriosos nos dirigiremos a la plaza de Las Salesas, donde se alza el Tribunal Supremo, con una ofrenda personal de gratitud. Allí nos dirán que las ofrendas son para los héroes, que ellos se limitaron a cumplir con el que es su deber desde 1812, cuando España dejó de ser propiedad de una familia (tanto da Borbón-Dos Sicilias que Sánchez-Gómez) para serlo de todos los españoles.
Una mañana de 2022, tras un sueño plácido, la catedrática Laura Díez se despertó sobre su cama convertida en vocal del TC. Su metamorfosis la había decidido Pedro Sánchez, para quien llevaba trabajando ya cuatro años, así que en rigor no existió tal metamorfosis: más bien se le ordenaba seguir poniendo su docilidad de insecto al servicio del mismo entomólogo en jefe desde una colmena diferente. ¿Diferente?
El día después de que fructificara en Bruselas la jurídica amistad entre don Esteban y don Félix flotaba en el hemiciclo cierta atmósfera de tregua. O quizá era solo ese sopor veraniego que anuncia ya la desbandada vacacional del diputado. El ambiente era hipotenso, y en vez de los acostumbrados gruñidos de jabalí se escuchaba con nitidez el bello canto del cisne del consenso. ¿O estamos ante el principio de una centralidad bipartidista por estrenar? Eso se malician Rufián y otros compañeros del viaje extremista del PSOE, pero no deben temer grandes coaliciones: fuera de las sillas vacantes en la tele pública o el Banco de España no veremos pactos de Estado hasta que los moscosos de Pedro cristalicen en vacancia definitiva.
El muro que ha levantado Pedro no es una estructura física sino psíquica, y no divide a los españoles entre progresistas y reaccionarios sino que separa la ficción propagandística de la cruda realidad. A medio camino entre la democracia y la dictadura se alza la patocracia, que requiere la normalización de la enfermedad social a imagen de la enfermedad moral del presidente. Una personalidad como la de Pedro no puede presidir mucho tiempo una nación cognitivamente sana, que reconozca la soberanía de los hechos y la vigencia del principio de no contradicción, que conserve instituciones vigorosas y neutrales, que se informe a través de medios apegados a su función de contrapoder. Por eso la supervivencia política del sanchismo exige la propagación de la esquizofrenia: la insania general es la premisa de su poder.