Cuatro cajas de pinganillos recibían a los plumillas a la entrada de la tribuna de prensa del Congreso. De buena mañana y por el conducto oficial habíamos sido informados del inicio de una nueva era, pero han sido tantas las eras abiertas por el sanchismo que cuesta distinguir la rutina de la excepcionalidad. Por cierto que el fundador de la new age no comparecía en su escaño -a diferencia de Nerón, rara vez se queda a contemplar el resplandor de sus incendios-, lo cual aguó el golpe de efecto premeditado por Vox para el momento en que Francina Armengol rechazara las protestas reglamentistas y diera curso al pleno plurilingüe. Como si el reglamento importara a estas alturas, doña Cuca.
El protagonista de la novela de Voltaire creía vivir en el mejor de los mundos y el presidente del TC cree vivir en el mejor de los Estados de derecho: uno en el que él decide los límites del derecho y por tanto del Estado. Pero a diferencia del personaje volteriano el de Conde-Pumpido no es nombre parlante; cándidos serán cuantos sigan pensando que la agenda de este TC se atiene a la mínima apariencia de higiene jurídica y no a la voluntad de poder del hombre al que Cándido debe su alto sillón. Desde allí contempla el paisaje institucional en ruinas que la huida hacia delante de Pedro deja tras de sí y murmura, como su homónimo de ficción: «He visto tantas cosas extraordinarias que nada me parece extraordinario».
No me dirijo a ti, que no vas a abrir la boca, que no fuiste diseñado para el ejercicio del pensamiento crítico, para identificar verdades incómodas, o las identificas pero nunca encontrarás valor para señalarlas porque no conoces otra libertad que la de obedecer, porque bebes la libertad del cuentagotas con que va mojando tu lengua seca el magnánimo jefe de tu tribu, el que tiene poder para meterte en una lista y para sacarte de ella, la lista de la que dependen tu nómina pública o tu tertulia privada o ese bonito simposio de politología, porque no tienes otra cosa y el sector está fatal, afuera hace mucho frío y las redes están patrulladas a todas horas por ojos insomnes y cuchicheos de sicofante y manos ágiles para tirar la primera piedra, la segunda y la tercera, y en una mala tarde pueden sepultar tu reputación de progresista sin fisuras, es decir, uno del que jamás pueda esperarse otra cosa que sumisión en tiempos de mutua vigilancia, cuando la ambición ágrafa de un solo hombre ha extirpado de la izquierda el viejo compromiso por la libertad, la igualdad y solidaridad para no ser ya más que militancia castrense, coro de balidos saliendo del redil acechado por el lobo, que viene el fascismo, y quien no sea oveja será lobo, como esos ancianos de vida resuelta, Felipe y Alfonso, fachas como el que más, haciéndole el caldo gordo a la derecha, por más que rechacen la amnistía en los mismos términos en que tú la rechazaste cuando tocaba rechazarla, la misma amnistía que abrazarás cuando toque abrazarla, así que cómo voy a dirigirme a alguien como tú, que ya solo aspira a seguir sirviendo su carne de cañón en la guerra civil perpetua contra la derecha española -exceptuadas la vasca y la catalana- con el cerebro rendido por el odio, la voluntad anulada por el miedo y el lomo aplanado para servir de alfombra al triunfo de Puigdemont.
Ahora entendemos mejor el concepto de matria que doña Yolanda puso en circulación hace dos años. No se trataba de subrayar la vocación maternal del Estado de bienestar -semejante interpretación abundaría en los roles de género fijados por el patriarcado, según los cuales el padre castiga y la madre cuida- sino su destino personal de paridora de naciones ibéricas, de partera de la profecía plurinacional que está a punto de consumarse entre nosotros. Se nos anuncia una navidad constituyente, con el PNV de mula, Junts de buey y un jovencísimo Frankenstein balbuceando lenguas cooficiales en el pajar.
Todo está listo en La Mareta, el palacete lanzaroteño donde veranea Pedro Sánchez, para recibir en secreto a Carles Puigdemont. Es fundamental que el honorable presidente en el exilio se sienta cómodo en este archipiélago perteneciente al país vecino de Cataluña. A tal efecto se han evacuado discretas consultas para averiguar los gustos más íntimos del president, desde la ratafía a los neonazis nórdicos, y se han retirado todos los símbolos del Estado español que quedaban a la vista, incluida una figurita de flamenca que le regaló a Begoña la ministra de Hacienda. El objetivo es claro: que cada presidente gobierne pronto su respectiva nación, una vez solventados ciertos problemillas con la Justicia que arrastra el molt honorable desde 2017.
Suena el teléfono del presidente Sánchez en La Mareta. Al mismo tiempo suena también un teléfono en algún lugar de Rabat, y el rey de Marruecos descuelga con cuidado para oír la conversación a hurtadillas. Hace meses que escucha todas las conversaciones de Pedro Sánchez gracias al hackeo de su móvil. Conviene señalar que Mohamed VI se aburre bastante: concentrar todos los poderes en su persona era más divertido cuando le daba derecho a organizar vistosas ejecuciones públicas y torneos de cetrería con las entrañas de los reos. Pero los buenos tiempos quedaron atrás, y tampoco puede pasarse todo el año en París. Así que Mohamed ha hecho del espionaje a Sánchez su principal pasatiempo autocrático.
A Djokovic le han caído 7.000 pavos por practicar el medievo con su raqueta y el poste de la red en un momento de frustración ante Alcaraz. La rabia es un lujo que sale caro, como jamás aprenderán los franceses, aunque la multa a Nole no le complique precisamente el fin de mes. En noviembre de 2021 Pedro Sánchez tuvo que pagarle 2.420 euros al PP después de que el Supremo ratificara la sanción de la Junta Electoral por hacer campaña desde Moncloa. La neutralidad institucional es para Sánchez lo mismo que el infinito para Zapatero: algo inconcebible. Así que Pedro se encogió de hombros y se dijo: «El colchón bien vale un bizum». La Junta Electoral le ha abierto otro expediente por lo mismo: usar las instituciones como si fueran el poste de la pista central de Wimbledon cuando va palmando. Veremos qué otras cosas le da tiempo a romper estos tres días.
Ningún poeta se atrevería a comparar a José Félix Tezanos con un cisne, porque los cisnes son símbolos de la gracia que según Ramón nacen de la nieve caída en el lago, mientras que el CIS de Pepefé es una broma nacida del moho acumulado en la fontanería de Ferraz. Ahora bien, si es verdad que los cisnes cantan cuando mueren, entonces el canto del cisne tezánico pone un coherente chimpún a su desvergüenza. ¿Alguien esperaba otra cosa de su última encuesta? Feijóo, que es más de prosa que de poesía, ha dicho que espera no tener que cesarle: confía en que presente voluntariamente su dimisión en cuanto su hagiografiado abandone Moncloa. Y lo hará, porque Pepefé no es un sociólogo común sino un sociólogo enamorado, y el amor por definición singulariza drásticamente el objeto de nuestra atención. El CIS de Tezanos no pulsa la opinión de la sociedad sino la de un solo hombre, íntimo momento en que el pulso de Pepefé se acelera con ternura. El día que no sienta el pulso político de Pedro, el CIS de Tezanos expirará por causas naturales. Solo que haciendo el ganso mejor que el cisne.