Sobre la sangre de su pueblo por él derramada ha prometido el dictador de Venezuela otro baño de sangre si pierde las elecciones. Todo tirano se vuelve más cruel cuando atisba su fin: delata su agónica debilidad invocando la violencia. Como explicó Kojève la genuina autoridad excluye la fuerza, porque vive del reconocimiento compartido y muere en el momento exacto en que necesita imponerse mediante coacción.
Reapareció con un apósito en la oreja herida por la bala y afirmó que la sociedad estadounidense está dividida y debe ser sanada. Que los americanos deben caminar juntos para no caer. Y que se postula para ser el presidente de todos, no solo de una parte. Hablaba como un líder nuevo o como un hombre resurrecto, portador de un mensaje inédito de reconciliación, bendecido por la epifanía que solo nace del trauma: el buen pastor Donald, mesías de esa Jerusalén atlántica con la que soñaron los padres fundadores.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.
España ha ganado la Eurocopa e Inglaterra no, y estamos felices. Mariano Rajoy, filósofo estoico, tenía razón: en el fútbol y en la vida no sirve de nada ser un cenizo. Su precursor Séneca razonó el absurdo del pesimismo sostenido aunque experimentemos la desgracia, porque si el dolor es profundo no será duradero y si es duradero no será tan profundo. Gracias a los jóvenes héroes de Luis de la Fuente ahora sentimos una alegría que quiere durar, haciendo surco en la memoria sentimental de una nación mucho menos conflictiva de lo que nos empeñamos en creer y crear.
Estás convencido de que Vox ha hecho lo correcto. Para ti votar es expresar un sentimiento y hace tiempo que sientes angustia. Sientes que España está amenazada: por el separatismo, por el islam, por la inseguridad, por las feminazis. Te han dicho también que debes temer a unos centenares de chavales que vienen en patera sedientos de sangre y de sexo. Algunos menores extranjeros cometen delitos, ciertamente, pero no por ser extranjeros o musulmanes o negros: lo hacen porque son jóvenes y pobres. La criminología enseña que la edad, el género y la clase determinan la conducta criminal en mucha mayor medida que la raza, la religión o la cultura. Puestos en su crítica situación quizá tú y yo haríamos lo mismo. Pero delinque una proporción ridícula respecto de cuantos solo ansían un futuro como el que buscaron los emigrantes españoles de posguerra. Puedes acercarte a un centro de acogida y hablar con jóvenes que fueron menas. Yo lo hice, lo cuento en un libro. Están agradecidos a nuestro país y suplican que no extendamos a los justos la factura de los pecadores. Exactamente eso hace el populismo.
Reparé en la frase que pronunció Meloni a la salida de las negociaciones que la excluyeron del reparto de poder entre populares, socialdemócratas y liberales: «La gente ha votado una Europa más concreta y menos ideológica». Ella confía ahora en ser desagraviada por doña Úrsula, que si es inteligente resarcirá a la italiana con comisarías de peso en lugar de arrojarla a los brazos de la eurofobia militante, pero atendamos a la manera en que Meloni o la propia Le Pen se ven a sí mismas. Porque quienes se limitan a acordonarlas desesperadamente con un significante cada vez más vacío llamado extrema derecha -no hay tantos millones de ultraderechistas ni en Francia ni en Italia, politólogos- se incapacitan para comprender la razón de su creciente número de votos.
Una mañana de 2022, tras un sueño plácido, la catedrática Laura Díez se despertó sobre su cama convertida en vocal del TC. Su metamorfosis la había decidido Pedro Sánchez, para quien llevaba trabajando ya cuatro años, así que en rigor no existió tal metamorfosis: más bien se le ordenaba seguir poniendo su docilidad de insecto al servicio del mismo entomólogo en jefe desde una colmena diferente. ¿Diferente?
Si hablamos de justicia social no hay tanta diferencia entre Javier Milei y Salvador Illa. El eterno candidato a la Generalitat reniega de la vocación igualitaria del socialismo cuando tercia en el debate sobre la singularidad catalana afirmando que quien más tiene debe recibir todavía más. El presidente de Argentina tampoco cree en la redistribución de la riqueza a través de los impuestos y parece cómodo en la metáfora social de la ley de la selva. Ambos difieren solo en tono y trayectoria: el argentino ganó sus elecciones defendiendo a voces el libertarismo antiestatista, mientras que el catalán ha ganado las suyas defendiendo lo contrario de lo que ahora musita por cobarde sometimiento a su patrón, rehén de las exigencias supremacistas. El corolario de ambos programas es la desigualdad, más grave en el caso catalán porque a la prebenda económica se le suma el derecho de pernada judicial que instaura la amnistía.