Archivo de la etiqueta: no le toques ya más que así es el PP

Marianismo: el reto final

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«Hay que elevarse, don Jordi. Elevarse».

Esta semana fue hallado el cadáver de un delfín en la Casa de Campo. El CSIC abrió una investigación para determinar su especie pero, de momento, no ha podido confirmar que se trate del delfín del PP. Podría serlo porque Rajoy no deja vivos a sus delfines, del mismo modo que el general Narváez en su lecho de muerte replicó al confesor que le conminaba a perdonar a sus enemigos:

-No puedo. Los he fusilado a todos.

El marianismo es el único movimiento político que no se mueve, no avanza ni retrocede, ni admite por tanto su propia sucesión. Esta cualidad fascinante que algunos llaman resiliencia o tancredismo desespera a los ambiciosos de varias generaciones que desean el cetro del PP. El último delfín en desesperar ha sido Núñez Feijóo, que al anunciar su tercera concurrencia a las urnas gallegas renunciaba lealmente -de ahí las lágrimas- a la sucesión de Rajoy: su amigo, su jefe, su tope.

Si algo nos ha enseñado la Historia es que quien se impacienta contra Rajoy acaba perdiendo. Gallardón fuera, Aguirre sin mando, los aznaristas en el ostracismo, los jóvenes de atrezo, las mujeres al frente de Génova y Moncloa mirándose de reojo… Delfines que don Mariano ha ido disecando, herederos a los que aspira a heredar aun cuando, elección tras elección, el botín de votos vaya menguando. Aun cuando el tratamiento de la corrupción empuje a los Casado o Maroto a romper filas en la cofradía de la Santa Omertá. ¿Autocrítica? En Moncloa reconocen que Rajoy «debería haber sido más simpático. Se encerró aquí. También hay que hacer algo con el voto joven: nos votan sobre todo pensionistas y currantes. Lo de Bárcenas no lo hicimos bien». Y pare usted de contar.

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4 abril, 2016 · 13:16

Matanza de San Valentín

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«¿Se me escucha?»

La relevancia política de Esperanza Aguirre es tal que se mide mejor por el odio de sus detractores que por el fervor de sus partidarios. Estos ya empezaban a escasear, incluso entre sus paladines mediáticos más numantinos; y en Génova y Moncloa, directamente ya no existían. Por eso ignoramos quién se alegra más por su dimisión. Errejón estaba tan eufórico que confundió a Reagan con Nixon y la Púnica con el Watergate; y es lógico, porque el liberalismo seguramente no entra en el temario Somosaguas. Garzón dijo que la había echado la Gente, la Unidad Popular, y abstracciones por el estilo. Y Rivera no perdió ocasión de recordar que el mérito purgante corresponde a Ciudadanos, cuya alianza con Cifuentes permitió abrir la comisión de investigación en la que el portavoz naranja se mostró mucho más duro con Aguirre que el morado.

Rivera es el más autorizado para exigir una criba por dos razones: porque es el único realmente interesado en llegar a acuerdos con el PP; y porque su partido, con Fran Hervías en funciones de Señor Lobo, acaba de entrar en la historia de la democracia española como el primero en denunciar ante la Fiscalía a uno de sus afiliados por corrupción. Eso es predicar con el ejemplo. Eso sí es nueva política. Otra cosa es que un club tan selecto de incorruptibles -los intocables de Albert Ness– acabe desmoralizando a la cantera y fomentando el rencor de los atrincherados, que atacan a los de C’s llamándolos… «¡limpios!».

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15 febrero, 2016 · 12:02

La democracia en pañales

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Las lágrimas del Pueblo.

Claro que la política está hecha de símbolos. Pero no sospechaba Bescansa hasta qué punto el uso político de su bebé simbolizaba el adanismo del partido de la madre. Los diputados de Podemos tomaron ayer posesión de sus escaños como los niños toman posesión de su juguete el Día de Reyes. Los adultos inventaron la democracia precisamente para protegerse de los nenes, que son las criaturas totalitarias por excelencia. Madurar consiste en ir alejándose del niño interior y anterior, en proscribir su tendencia al sectarismo en el patio, en aprender a no despreciar al distinto -¡incluso al votante del PP!-, en descubrir que el mundo preexiste a sus caprichos, como la democracia parlamentaria existía antes de la llegada de Podemos. Los más pesimistas dicen que veremos si existe después.

Ayer el patio del Congreso fue más patio que Congreso, con tanta joven señoría correteando de excitación: mira mamá, un escaño. Las sonrisas las pusieron Patxi López, que pronto sería presidente del parvulario, y Albert Rivera, satisfecho por la habilidad demostrada en el primer acto político de la legislatura, que es la conformación de la Mesa. Ahí ha probado el líder naranja su cintura negociadora y la propia utilidad de su partido, mucho más libre que cualquier otro por ideología y por talante para alcanzar acuerdos. Si el símbolo es la gracia de Podemos, el pacto es el fuerte de Ciudadanos. Los que criticaron la cortedad de su resultado deberán reconocer ahora que le ha bastado para madrugarle la iniciativa política a Iglesias, quien retrató su frustración en el programa de Herrera.

¿Pero qué es la constitución de la Mesa del Congreso al lado de una madre que amamanta al niño en el centro del Hemiciclo? La nueva política se ha traído de la tele su obsesión teatral -no trae otra cosa-, y durante toda la mañana se entregó a ella para pedir foco como el nene llora para pedir teta. ¿Que los fotógrafos se le distraían enfocando a Rajoy? Iglesias agarraba el bebé y lo mecía como un San José laico. ¿Que Rivera se levantaba a votar? Iglesias tomaba el sonajero -adelantándose a Errejón, que quizá lo miraba con deseo- y se ponía a agitarlo como el paleontólogo de Spielberg atraía al Rex con la bengala roja. Y Spielberg emocionado, claro.

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En tiempos de parlamentarismo agitado, traemos al Parnasillo de COPE al mejor cronista en Cortes de nuestro periodismo: Wenceslao Fernández Flórez

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14 enero, 2016 · 12:30

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

Del turno al Twister

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Don Mariano hace amago de cubrirse: llega la nueva política.

Transcurría la tarde y el pueblo hablaba, pero a decir verdad no se le entendía. Unos decían una cosa y otros la contraria en proporciones inconciliables, y el fantasma del señor Victor D’Hondt se las vio y se las deseó para ordenar el guirigay. El gráfico de las israelitas presentaba una correlación de fuerzas imposible y todos empezamos a disponer el espíritu para el luto por el bipartidismo y para la paciencia ante unas eventuales elecciones con la primavera.

Que España es ingobernable ya lo sabía Amadeo de Saboya cuando nada más pisar su reino le mataron a Prim y le declararon una guerra carlista. Duró en el trono dos años, cifra que no le garantizamos al próximo presidente del Gobierno. Después de don Amadeo llegó el turnismo, o sea, el bipartidismo de Cánovas y Sagasta, época que se recuerda como la de mayor estabilidad política en España hasta 1978. Hoy riega el suelo la espuma del cava electoral, pero cuando cierre el bar del adanismo aquí muchos van a añorar la geometría clara y confiable de la alternancia PP-PSOE. La Bolsa la que más, y la prensa la que menos.

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Análisis de la noche electoral en COPE

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21 diciembre, 2015 · 14:16

Lincha que algo queda

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Marta Rivera, del partido a batir.

La política se vuelve charca en campaña, «pestífero lamedal» en palabras modernistas de Valle, que fue en las listas de Lerroux pero cuyo aristocrático concepto de sí mismo le impedía rebajarse a hacer campaña: patear aldeas, fingir afectos populares, pedir el voto. Cuando la circunscripción provincial le negó el escaño, don Ramón María masculló una sentencia olímpica: «Pensaba que los gallegos sentían algún respeto por sí mismos».

Pero en campaña no solo se pierden el respeto a sí mismos los políticos sino también los periodistas pasados de narcisismo y los activistas de entrañable observancia goebbelsiana que han confundido la Ilustración con el Twitter, y la Enciclopedia de Diderot con los 140 caracteres de Monedero. La última emanación pestífera de esta campaña sale del patíbulo digital donde han querido linchar a Marta Rivera de la Cruz, periodista y candidata del partido a batir, con el pretexto de un tuit cuya textura irónica se le hace obvia a cualquier humano alfabetizado, capaz de acreditar un nivel de competencia lectora superior al exigido por el género meme.

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Esta semana en El Parnasillo de COPE, un anecdotario de genialidades de políticos

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11 diciembre, 2015 · 17:41

No nos cabe un debate más

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Autoaplauso.

¿Por qué lo llamamos debate si queremos decir televisión? El marianismo impuso un régimen tan anoréxico de comparecencias que propició la ansiedad reactiva de la telecracia: cuantas menos explicaciones daba Rajoy, más audiencia cosechaban las cadenas especializadas en la espectacularización de la política. Hasta el punto de que España dejó de salir a emborracharse los sábados por la noche y se quedó viendo tertulias políticas, una forma de embriaguez más barata pero no menos patriótica. Aunque no debemos confundir al votante con el telespectador, del mismo modo que no confundimos al lector con el usuario de internet.

Yo no sé si algún indeciso salió de su trance hamletiano viendo anoche la tele. Sobre todo porque si algo le sobra a España es debate político en televisión. Una novedad era el plató, construido para la ocasión como templo rutilante que amedrentó al principio a los oradores, todos ellos más nerviosos que de costumbre. Oficiaban Pastor y Vallés según rito propio, aunque no lograron evitar la yuxtaposición de monólogos a cuatro a la que tendía inevitablemente la ceremonia. La segunda novedad era Soraya, y tampoco es que la tengamos poco oída. Acusó su bisoñez catódica: habló más despacio que en el Parlamento y no logró distanciarse de su tonillo de opositora aplicada. Al principio sonreía con cara de haberse comido al canario, pero se fajó y encajó bien los ataques de los aspirantes, que de todos modos no hicieron sangre para no victimizarla. Sánchez empezó con aplomo, casi apolíneo, pero su serenidad se quebraba en cuanto le recordaban a Zapatero, al parecer compañero suyo de partido. Cuando Iglesias le minaba la autoestima, a don Pedro se le escapaba una abrupta carcajada de odre hueco. Rivera mantuvo el tono propositivo, aferrado al suarismo como a un salvoconducto que franquea el paso por la izquierda y por la derecha. Vaciló más que otras veces, pero colocó su mensaje: hay que pinchar la burbuja política, desteñir el rojo y el azul con grandes pactos de Estado.

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8 diciembre, 2015 · 13:28

Por qué votan a don Mariano

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¿La cocina del CIS?

Pocas virtudes españolas como la irreverencia hacia sus gobernantes, que a falta de guillotina padecen la chirigota. Ningún pueblo se burla tan bien de sus jefes como nosotros, lo cual fomenta entre ellos una cierta solidaridad de compañero mártir como la que Rajoy confesó hacia Zapatero en el sofá de Bertín. Y nos mofamos mucho de Zapatero, pero según datos oficiales ningún presidente ha sido peor valorado que Rajoy, quien en el CIS de 2012 dejó el suelo de la popularidad presidencial en 2,78. Ahora bien, ya pedía Suárez que le quisieran menos y le votaran más; al malquerido Rajoy le dieron una absoluta que nunca soñó el hombre del talante, y el CIS de ayer le otorga ocho inopinados puntos de ventaja sobre el mejor de sus opositores.

El PP ha perdido muchos votos pero no los suficientes para todo lo que nos hemos reído de él. Y a mí esta asimetría me escama. Es más, está recuperando apoyo. Los periodistas serios, los tuiteros, los monologuistas, los compañeros de partido, los hipsters de cuello vuelto y las almas sofisticadas en general siguen subestimando a Mariano Rajoy, mientras el pueblo que habla en el CIS y en el audímetro insiste en avalar la vigencia de este anacronismo con barba. Siempre podemos sacar al cuñado de progreso y exclamar desde la cima de la superioridad moral que el pueblo es imbécil, que no hay peor idiota que un obrero de derechas, que por qué tanto tonto de los cojones o tanto hijo de puta vota al PP, por citar a aquel alcalde de Getafe o a aquella columnista perita en menopausias. Pero esta solución no me convence. Ensayaré otra.

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Reivindicación de Eduardo Mendoza en El Parnasillo de COPE

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4 diciembre, 2015 · 11:44