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Sin perdón

Florentino, interpretando el sentir del madridismo.

Florentino, interpretando el sentir del madridismo.

Esta vez no vamos a pedir perdón por ser el mejor equipo del mundo. Por haberlo sido y por seguir siéndolo. No vamos a pedir perdón por ganar la Copa de Europa por décima vez, ni tampoco por haber aumentado el tamaño ya desproporcionado de nuestra gloria a costa de las esperanzas del Atleti.

Por una vez nos vais a perdonar si no pedimos perdón por generar millones de euros con una marca planetaria, al mismo ritmo que nacen nuevos aficionados por todo el mundo, sin que el club deje de pertenecer a los socios. Ni vamos a compadecer a nuestros rivales porque sean peores que nosotros.

Tenéis que entender que esta vez no queramos pedir perdón por las brazos al aire de Florentino en el gol de Ramos a centímetros de la cara de Villar, ni por la carrera de Xabi Alonso tras el gol de Bale, ni por el torso de mármol de Cristiano Ronaldo tras el suyo, ni porque Ancelotti sea tan querido por sus jugadores, ni porque nuestro joven vestuario evidenciara una unidad como no se recuerda hace años.

No vamos a pedir perdón tampoco por haber fomentado la abstención en las elecciones europeas con nuestra absorbente hazaña, porque a una Europa decadente quizá el Real Madrid sea la única épica que le queda. Tampoco nos arrepentimos de haber fundado la Champions con el aristocrático deber de retenerla en Chamartín cada primavera.

No pediremos perdón, perdonadnos, por aspirar desde ya mismo a ganar la Undécima. Por querer ganarlo todo cada año y por llevar la exigencia a niveles inasumibles por la mediocridad ambiental que empatiza con el derrotado para disculparse a sí misma.

Nos vais a perdonar, pero hemos ganado la Décima y somos los mejores. Lo sentimos de corazón.

(La Lupa, Real Madrid TV, 28 de mayo de 2014)

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Id por todo el mundo y predicad la Décima

Sergio Ramos. The Legend.

Sergio Ramos. The Legend.

El balón sale del córner y dibuja una parábola suave. En el silencio crispado del fondo sur hemos oído el chasquido de la bota al golpearlo. Es una parábola larga como el horizonte que parece que no va a cesar. Entonces lo veo. Veo a Ramos elevarse como una marioneta. Unos hilos invisibles tiran de él desde el cielo. Veo los hilos y veo a Ramos ascendiendo. Lo veo. Y veo que la puede tocar. Veo que la toca. Hay contacto, yo lo he visto. Lo siguiente que recuerdo es el balón cayendo dócilmente al lateral interno de la red. Nunca he abrazado a nadie como al señor canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a cuyo lado había sufrido durante 93 minutos exactos. Querré a ese aficionado toda mi vida, toda mi vida lo querré. Y cuando me encuentre en el lecho de muerte, ojalá que dentro de muchos años, la última persona que recordaré al irme de este bendito mundo será el aficionado canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a mi izquierda. Y también el director de la película Real, que resultó ser el padecedor de mi derecha.

No hubiera sido justo perder así. La segunda parte fue una sucesión de oleadas de fe blanca muriendo en la orilla de Courtois. Y había sido también la vergonzonería canchera de los jugadores de Simeone abusando de la croqueta como si les fuera el premio Max en ello. Solo la contumacia gafe de Bale y la convalecencia clamorosa de Cristiano y la desconexión existencial de Karim habían evitado el empate hasta entonces. Pero la suntuosa BBC no ganó este partido, aunque en la prórroga el galés y el luso sacaron el orgullo y clavaron su gol inmisericorde sobre la nuca doblada del Atlético. Este partido –¡la Décima ya es Real!– lo ha ganado un regateador famélico llamado Ángel Di María, que supera contrarios como si verdaderamente le fuera el pan en ello, y una raza quintaesenciada en sevillano de quien ya Sófocles escribió: “¡Qué cosa terrible y maravillosa es Sergio Ramos!”

A la prórroga el fondo sur se fue rugiendo y ya no calló. Nos abrazábamos en los baños con la cremallera a medias, qué se le va hacer. El madridismo es así: tarda en calentarse, nunca podrá presentar frente a la aguerrida tribu india la batalla de los decibelios. Cuando cae el tifo sobre la grada blanca experimentamos un cierto agobio de invernadero, más que orgullo de haka amenazante. Hasta que se desencadena algo al borde de la tragedia que da paso a la épica y que desprecinta el furor y lo derrama por todo el estadio. Lo hizo Ramos y así debe reconocérsele en los anales. Ya tiene su Copa de Europa, y a fe que su nombre podría grabarlo en la plata el buril. Fue el primero en saltar al campo tras los porteros y lo primero que hizo fue pegar un pelotazo al aire, rabioso. Estuvo atento a las ayudas, inteligente en el corte y los errores en el desplazamiento largo del balón fueron veniales. Se dirigía a la grada para levantar al público. Y en el pitido final hizo el paseíllo ondeando su camiseta como blasón de conquistador.

Raras veces las finales son vibrantes, pero el tiempo reglamentario de esta había oscilado entre el tedio y la agonía. Los del Cholo no buscaban otra cosa porque no cambian lo que les va bien. Ancelotti amuralló el medio del campo, eligiendo a Khedira por Illarra para la reyerta previsible del círculo central. Modric podía así adelantarse para crear juego con alguna despreocupación. Pero la baja de Xabi Alonso se notaba a raudales. Faltaba criterio y cemento, dos virtudes que ninguno otro como el vasco reúnen en un solo pie. Di María al principio no quería alegrarse por banda porque sabía que tendría que doblar turno en las coberturas. Lo acabaría haciendo porque es tan delgado que se conoce que no se cansa y porque tiene unas pelotas que por mí puede recolocarse las veces que quiera.

Varane cumplió el desafío constante de las jugadas a balón parado del Atleti, y Carvajal se acalambró en la prórroga a fuerza de sellar las internadas rivales con celo y seriedad. ¿Será hora ya de que se señale la pobreza ofensiva del Atleti? Costa no parecía lesionado pero tampoco galopaba como esperaríamos de su terapia: fue sustituido al minuto nueve. Sin su pegada, un gol rojiblanco siempre y solo es el fruto de un tumulto aéreo. Y vaya por delante que la gesta de Simeone este año sigue intacta. Sencillamente no podían ganarle una Champions al Madrid. No lo permite el código de Hammurabi.

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25 mayo, 2014 · 1:49

Solo existe Lisboa

Continuará.

Continuará.

La Liga que buscaba desesperadamente a un dueño acabó encontrándolo por la mínima en la última jornada. Y hay que felicitar al campeón. Ocurre sin embargo que el campeón de Liga se enfrenta al Real Madrid este sábado en una final de Copa de Europa. Y ese es un trono que sí tiene dueño: aquel que se sentó sobre él más veces que nadie. Nueve, en concreto.

El Real Madrid espera la batalla de Lisboa a solas con su historia viva y su leyenda en marcha, con el recuerdo de doce años de tentativa frustrada, con el estímulo de las dinastías que regresan al escenario épico donde se coronaron. Y piensa en el rival mucho menos de lo que creen los medios especializados, porque a estas alturas el Madrid solo tiene un enemigo verdaderamente peligroso, que es él mismo.

El equipo debe salir al Estadio da Luz con el alma pintada de guerra, decidido a convertir cada minuto en una definición de competitividad. La afición, que espera hace mucho un partido así, no espera del pabellón blanco otra altura que la máxima, la cima, la cúpula europea.

Para escalar allí, habrá que vencer a un campeón reciente de conocido coraje. Importa menos la táctica que la frialdad de la mente y la temperatura del corazón. No nos interesa cómo se gane la Décima: nos interesa que se gane. Con ocupación territorial, con bombardeo aéreo, con caballería ligera o con honderos entusiastas. Da igual.

Frotaos los ojos. Sí: al fin ha ocurrido. Ya está aquí. Adelante.

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El trono espera

Escenario de la coronación. Estadio da Luz, Lisboa.

Escenario de la coronación. Estadio da Luz, Lisboa.

El madridismo no aplaudirá que se haya perdido la Liga, una Liga por lo demás esquizoide y guadianesca como no se recuerda otra. El madridismo tiene derecho a estar decepcionado, pero comprenderá perfectamente que a sus jugadores, tras la hazaña de Múnich, se les fuera el santo al cielo de Lisboa siempre y cuando traigan el grial a la primera catedral de Europa, que es la sala de trofeos del Santiago Bernabéu.

Por eso el madridismo ha decidido poner en suspenso su estado de ánimo. Es químicamente imposible que en el corazón del madridista se mezclen sustancias ajenas a la ilusión oceánica de levantar la Décima. Solo hay ganas de Lisboa, planificación de viaje, deseo de Cibeles, orgullo restaurado de reyes del continente por derecho.

Todo el mundo sabe que las dudas desaparecerán en la Final. Que el Madrid es perfectamente coherente con lo mejor de su leyenda cuando se dispersa en Liga para triunfar en Champions. De hecho constituye casi una ley histórica: no fueron las últimas tres orejonas el fruto de una regularidad impecable en Liga, precisamente. Eso sucede porque el Madrid piensa obsesivamente en la Copa de Europa como el heredero en su trono usurpado, y cuando lo tiene a tiro ya se olvida de dormir y de comer, y solo quiere que llegue el día de la batalla para mostrar su verdadero poder. Como para pensar en Luis Enrique, entretanto. Así que el madridista está perfectamente tranquilo.

El Madrid, hoy, solo tiene una preocupación: recuperar el trono de Europa. Que pasen los días.

(La Lupa, Real Madrid TV, 13 de mayo de 2014)

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El fastidio de ganar la Liga

Intensidad vs. tranquilidad.

Intensidad vs. equilibrio.

Hacia 1934 corría por Berlín un chiste –aún corrían chistes– que imaginaba el Purgatorio del verborreico Goebbels como una habitación llena de altavoces pero sin micrófono, y el Purgatorio del vanidoso Goering como una habitación llena de armarios con flamantes uniformes… pero sin espejo. El Purgatorio del Real Madrid es el final de una Liga que el propio castigado se empeñó en tirar por la borda y que luego la marea le devolvía tentadoramente a la línea de boyas cercana a la orilla, invitándole a que nadara a su encuentro; pero el Madrid, en este desenlace bufo, siempre se ha metido en el agua a nadar y a guardar la ropa, hasta que en Vigo se le acabaron definitivamente las ganas de seguir braceando. El resultado es que la Liga menos cotizada de la última década, la que menos trabajo le habría costado ganar, se la ha entregado al Barça o al Atleti con arbitrariedad feudal.

Todos los hilos argumentales de Juego de Tronos se anudan en la ambición por el trono de hierro: se da por supuesto que los jefes tribales desean tanto sentarse en él que se prestarán al incesto, el asesinato, la guerra, el empalamiento, el lenguaje ditirámbico y otros sucesos execrables y vistosos que tan bien le sientan al drama. Lo shakespeariano presupone la querencia de poder: ahí no cabe el lujo intelectual del euroescéptico. ¿Qué pasaría si de pronto los clanes fueran seducidos por el ensimismamiento narciso, por la poesía erótica, por los dulces trabajos del campo y las indiscutibles ventajas del comercio? A tomar por el culo el drama, claro. Ya no habría necesidad de pelear, ni tampoco de piratear series de la HBO o partidos de fútbol.

Esta Liga no ha tenido drama ninguno porque ha sido escasamente deseada. La han tirado sucesivamente el Barça, el Atleti y el Madrid. El problema es que no la tiraron suficientemente lejos y además que, al tirarla también los competidores, el título acababa refluyendo mansamente al alcance de las manos, lo que ante la afición comportaba la tediosa obligación de disputarlo.

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11 mayo, 2014 · 23:55

A buen juez, mejor testigo

El hombre tras su utopía.

El hombre tras su utopía.

No perdió la Liga el Real contra el Valladolid sino contra el Sevilla, y la esperanza numérica facilitada por la derrota del Atleti ante el Levante se reveló finalmente el espejismo romántico del que Pucela solo fue buen juez y mejor testigo, en título de su José Zorrilla. El triplete deberá esperar a otra glaciación más blanca, pero el reto siempre fue la Décima y ahí no queremos ver un partido tan ruinoso como el que se vio en la ciudad de Soraya, khaleesi de España.

Debutaba Iker en Liga pero su flor no da como para abrirse al sol de mayo en tres competiciones. Bastará con la floración copera y la lisboeta, y aun sobrará. El mal fario se reveló pronto con la lesión de Cristiano (temor y temblor) y el concurso clown de Morata, que dirigió todas sus ocasiones al muñeco –cuando no se tropezaba– con entrañable, científica frecuencia. Ver a Cristiano desesperarse en la caseta es como calibrar la mirada de un eunuco al paso de Eva Mendes. Cuánta impotencia del Madrid y qué otra imagen esperamos en Lisboa.

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8 mayo, 2014 · 12:30

Es la intensidad, estúpidos

CR inventando un nuevo género en el gol.

CR inventando un nuevo género en el gol.

Por puro automatismo, como suele tras una ardua temporada laboral, se puso Madrid en carretera metafórica hacia el litoral más cercano para bañarse pensando que podía a la vez guardar la ropa. Pero es sabido que no se puede. Atleti contra Levante y Real contra Valencia padecieron la descompresión inoportuna del esfuerzo europeo y quizá también pensaron que la playa era suya, máxime cuando el Barça había desistido hasta oficialmente ante el Getafe, su entrenador mostrando el billete para Buenos Aires en rueda de prensa. Es la intensidad, estúpidos. Quedó una jornada como para que analice sus causas el olfato esotérico de Iker Jiménez y sus consecuencias el genio ajedrecista de Magnus Carlsen.

Ahora parece que el Valencia hizo un partidazo, pero la pura verdad es que el Madrid no salió como contra el Bayern, precisamente. Todo comenzó, con gran sentido anticipatorio, con un minuto de silencio muy llorado por Carvajal, de los pocos que se salvan en el partido del Madrid. El minuto de silencio va siendo ya tan reglamentario como la comprobación arbitral de las redes, y no nos parece mal añadir alguna gravedad a un juego a veces tan tonto. En la alineación brilló también Varane, devolviéndonos esa inteligencia atrás, esa sobria eficacia que nos enamoró, hasta que estropeó el amor en el primer gol. El famoso equilibrio encontró serios contrapesos en Marcelo, Illarra, Isco y Di María. Cuatro jugadores, cuatro –salvo el vasquito, del que todavía se espera la justificación de su fichaje y al que desde ayer ya se piensa acaso en colocar al Eíbar; como para ser titular de la Décima–, ya testados dermatológicamente que sin embargo anoche resultaron tóxicos al contacto con el sueño del triplete, que se ponía a tiro. Arriba, la BBC; en principio nada podía salir mal en el Bernabéu.

De pronto, casi sin quererlo, Cristiano hizo una pared cantada con Bale y se plantó solo ante Diego Alves: tiró al muñeco. Aquella jugada resumió el partido. Cristiano tirando y Alves repeliendo con una indefectibilidad como de videojuego de los noventa. Fue el día de dos guardametas que no necesitan el título de mejor-portero-de-nada para serlo con descaro: Keylor Navas y Diego Alves. Vio el Madrid de todos modos que llegaba con parsimoniosa facilidad al área y decidió que el gol vendría por añadidura, como el diezmo del señor. Llegaba la BBC ante Alves como las olas blandas de la Malvarrosa, sin furia y sin sorpresa, y allí no mojaba nadie. Solo Bale parecía realmente interesado en abrir el marcador; hubo un momento en que se obsesionó con el tacón y se puso a regatear de tacón como si lo fueran a prohibir. Provocó primero un córner que Ramos remató alto, avisando de lo que llegaría, y después desde la pura línea lanzó una pedrada a la frente de Karim, que tampoco es Goliath. A los 8 minutos Cristiano había gozado de tres ocasiones. El partido parecía de pretemporada, que es lo más parecido a la postemporada esta de relajo prematuro y pescao vendido.

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5 mayo, 2014 · 11:55

La gloria de Xabi Alonso

La última prueba del heroísmo siempre es el sacrificio.

La última prueba del heroísmo siempre es el sacrificio.

La épica de nuestro tiempo se llama Liga de Campeones. La creó el Real Madrid para que a todos los pueblos llegara la noticia de su grandeza, y se preocupó de regar la leyenda con el polvo cósmico de nueve noches triunfales. Con ese polvo de estrellas se labra luego la plata maciza de la orejona. De la última de ellas, sin embargo, hacía ya demasiado tiempo y el mundo corría el peligro de olvidar a su rey.

Doce largos años llevaba el eco de la historia esquivando al Real Madrid. Para salir de tan amarga travesía se necesitaba una acción heroica, a la altura de su destino legendario: se necesitaba nada menos que arrasar Germania. Encararse con la bestia negra y torearla en buena lid. Y lo hizo este Madrid de don Carlo Ancelotti en el año del Señor de 2014, primero contra el Schalke, luego contra el Borussia y para finalizar, postre de dioses, el Bayern de Guardiola reducido a escombro y humillación.

El Madrid, sin necesidad de filosofías genialoides, consumó la gesta con una idea tan antigua como difícil: los atacantes defienden, los defensores atacan. El Madrid se comportó como un grupo tan compacto y solidario que se hace imposible destacar aportaciones individuales. Podríamos cantar el poderío de Ramos, el sacrificio de Bale, la movilidad de Modric, la solidez de Pepe, el récord sobrenatural de Cristiano Ronaldo. Cada uno de ellos merecería su propia Lupa.

Pero en el día después de la batalla, cuando preparamos con ilusión incontenible el viaje a Lisboa, queremos fijarnos en el hombre que no podrá jugar esa final soñada. Sabía Xabi Alonso que estaba apercibido, pero se marchaba Bastian Schweinsteiger y el vasco fue al suelo como van los hombres. La falta no estaba en su intención, pues encogió la pierna, sino en la inercia de un césped regado y en el efecto colateral de su coraje, el mismo que se requiere para vencer. Enseguida se tapó la cara con las manos: sabía que el árbitro no se la pasaría. Él ya ganó una final de Champions, con gol incluido, pero quizá ningún otro jugador del Madrid ha ayudado tanto a Ancelotti a construir este Madrid ganador. “Me debía una Champions”, dijo de Alonso el entrenador italiano cuando llegó a Madrid, recordando la remontada histórica del Liverpool frente a su Milan.

Pues bien: Xabi ha cumplido. Su esfuerzo ha llevado al Madrid hasta la orilla de la Décima, y él mismo se ha quedado en ella, castigado injustamente. Pero no nos fijemos en el rigor del árbitro ni en la estupidez de la norma, sino en la pura verdad de que, si se toca la gloria, a las manos de Xabi corresponderá uno de los pedazos más grandes. Los héroes no siempre están en la última foto: donde tienen que estar es en todas las anteriores.

(La Lupa, Real Madrid TV, 30 de abril de 2014)

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