Usted no sabe quién es Valentín González Formoso. Yo tampoco, y eso que me pagan por saber esta clase de cosas irrelevantes. Pero lo peor para don Valentín no es nuestra ignorancia al respecto de su existencia sino la de los votantes gallegos, que llevan catorce años votando mayoritariamente al PP. Porque Valentín González Formoso es el actual jefe del PSdeG, y este domingo aprovechó un mitin del único jefe del PSdeG -y de cualquier agrupación socialista del país- para desmentir el arraigado tópico de la indefinición galaica:
Uno puede esforzarse por imitar las virtudes de Nicolás Redondo Terreros. Puede entrenarse en la templanza, coleccionar el coraje, blindar la carcajada de barítono, opositar a catedrático de conciencias tranquilas, cebar la chimenea con esas listas de agravios que otros enmarcan en el retrete y ofrecer siempre el corazón a la amistad con el distinto. Pero parafraseando a Borges confieso que yo, que tantos hombres he sido, no seré nunca aquel a quien expulsó Pedro Sánchez. Y ese timbre de gloria, esa codiciada jarretera, ese incalculable toisón cuelga ya de su pechera como la más bella de las amantes de un viejo guerrero, sumiendo a los aprendices en la frustración. Y aunque aprendí de Pla que el secreto de la felicidad consiste en no envidiar nunca a nadie, hoy envidio el alto honor de Nicolás como si acabara de regresar vivo de las Termópilas.
El protagonista de la novela de Voltaire creía vivir en el mejor de los mundos y el presidente del TC cree vivir en el mejor de los Estados de derecho: uno en el que él decide los límites del derecho y por tanto del Estado. Pero a diferencia del personaje volteriano el de Conde-Pumpido no es nombre parlante; cándidos serán cuantos sigan pensando que la agenda de este TC se atiene a la mínima apariencia de higiene jurídica y no a la voluntad de poder del hombre al que Cándido debe su alto sillón. Desde allí contempla el paisaje institucional en ruinas que la huida hacia delante de Pedro deja tras de sí y murmura, como su homónimo de ficción: «He visto tantas cosas extraordinarias que nada me parece extraordinario».
No me dirijo a ti, que no vas a abrir la boca, que no fuiste diseñado para el ejercicio del pensamiento crítico, para identificar verdades incómodas, o las identificas pero nunca encontrarás valor para señalarlas porque no conoces otra libertad que la de obedecer, porque bebes la libertad del cuentagotas con que va mojando tu lengua seca el magnánimo jefe de tu tribu, el que tiene poder para meterte en una lista y para sacarte de ella, la lista de la que dependen tu nómina pública o tu tertulia privada o ese bonito simposio de politología, porque no tienes otra cosa y el sector está fatal, afuera hace mucho frío y las redes están patrulladas a todas horas por ojos insomnes y cuchicheos de sicofante y manos ágiles para tirar la primera piedra, la segunda y la tercera, y en una mala tarde pueden sepultar tu reputación de progresista sin fisuras, es decir, uno del que jamás pueda esperarse otra cosa que sumisión en tiempos de mutua vigilancia, cuando la ambición ágrafa de un solo hombre ha extirpado de la izquierda el viejo compromiso por la libertad, la igualdad y solidaridad para no ser ya más que militancia castrense, coro de balidos saliendo del redil acechado por el lobo, que viene el fascismo, y quien no sea oveja será lobo, como esos ancianos de vida resuelta, Felipe y Alfonso, fachas como el que más, haciéndole el caldo gordo a la derecha, por más que rechacen la amnistía en los mismos términos en que tú la rechazaste cuando tocaba rechazarla, la misma amnistía que abrazarás cuando toque abrazarla, así que cómo voy a dirigirme a alguien como tú, que ya solo aspira a seguir sirviendo su carne de cañón en la guerra civil perpetua contra la derecha española -exceptuadas la vasca y la catalana- con el cerebro rendido por el odio, la voluntad anulada por el miedo y el lomo aplanado para servir de alfombra al triunfo de Puigdemont.
Ahora entendemos mejor el concepto de matria que doña Yolanda puso en circulación hace dos años. No se trataba de subrayar la vocación maternal del Estado de bienestar -semejante interpretación abundaría en los roles de género fijados por el patriarcado, según los cuales el padre castiga y la madre cuida- sino su destino personal de paridora de naciones ibéricas, de partera de la profecía plurinacional que está a punto de consumarse entre nosotros. Se nos anuncia una navidad constituyente, con el PNV de mula, Junts de buey y un jovencísimo Frankenstein balbuceando lenguas cooficiales en el pajar.
Una entrañable perversión del periodismo, oficio antaño entendido como contrapoder, consiste estos días en repetir que Feijóo no puede ser otra cosa que jefe de la oposición al tiempo que se le concede la atención crítica propia de un presidente de gobierno. Se dirá que el Rey le ha encargado una investidura; da igual: el trato es el mismo desde que hace un año Sánchez ordenó abrir fuego personal. La derecha mediática, por fortuna menos disciplinada con la autoridad que la terracota en línea de la izquierda sedicente, no se recata de ejercer su espíritu crítico con los movimientos de Feijóo o con su falta de movimientos. Por ejemplo, viene advirtiéndole con severidad de la clamorosa contradicción que supondría homologar a Junts como interlocutor. Y así debe ser, en buena lógica liberal, porque no se puede aspirar a la representación de la igualdad de todos al tiempo que se elogia la «tradición» de un partido xenófobo y golpista.
Él le gritó «¡que te vote Txapote!» y Pedro respondió «ya me ha votado». Así empezó su idilio a primera vista, una amistad instintiva bajo los ropajes equívocos del odio.
La escena sucedió en la playa. El presidente, sintiéndose al fin legitimado por las urnas -con la legitimidad que solo da quedar segundo-, se atrevió a salir a la calle, a pasear por los alrededores del palacete estival, a echarse una carrerita matutina por la arena flanqueado únicamente por cuatro guardaespaldas. Pero ninguno de los cuatro pudo evitar que un chaval que sesteaba al sol sobre su toalla se incorporara como un resorte al verle pasar y prorrumpiera en el famoso ripio.
Ahora que el PSOE está a punto de hacer con Puigdemont lo mismo que Rubiales con Jennifer Hermoso -lo de Sánchez será un beso de tornillo en varias lenguas-, una insuperable repugnancia se ha instalado en el cuerpo liberal y conservador del país, que se niega a serlo de países. El personal no encuentra consuelo, y no lo comprendemos, porque le sobran razones para sacudirse de una vez este luto paralizante y narcisista. Basta ya de lamerse la llaga, damas y caballeros del centroderecha: no les educaron para eso. Es hora de levantar la cabeza, empuñar la honda y sonreír a la fealdad del gigante de pies de barro. Primero porque su caída será más dura, empujada por un cúmulo de circunstancias económicas y territoriales suficientemente inventariadas: de las reglas de gasto a las elecciones vascas y catalanas. Y segundo porque eso de la oposición más poderosa de la historia no es frase hecha. Nunca un Gobierno fue menos estable y nunca una oposición acumuló tanto poder municipal, autonómico y parlamentario. Las ocasiones para convertir cada día de la legislatura de Pedro Puigdemont en un infierno delicioso serán innumerables. Falta, claro, que Feijóo se lo crea. Que descubra su propio arsenal. Y que lo despliegue sin miramientos hasta que la prensa sanchista fiche de columnista a Marcial Dorado. Ya tardan.