Siete son los días de la semana, siete los pecados capitales, siete los votos de Puigdemont y siete los años que lleva Pedro en el poder, más chulo que un ocho, haciéndole un siete a la democracia liberal. El siete es número de plenitud, imagen bíblica de la eternidad, razón de que a millones de españoles se les esté haciendo tan largo el sanchismo. A Pedro, en cambio, se le ha hecho muy corto. Él quiere llegar a 2030 y más allá, batir la marca de longevidad en el cargo de Felipe y si es posible también la de Gengis Kan. Porque el sanchismo no es un proyecto ideológico sino la ensimismada voluntad de poder de un solo hombre.
La sesión de control debió haberse celebrado en el sótano del Congreso, lo más cerca posible de las cañerías, porque todo es cloaca ya en la política española. Pedro decidió hacer pellas una vez más para que no le sacaran la foto abrazado a la fontanera que va ofreciendo favores de la Fiscalía a los corruptos que aporten dosieres viscosos contra investigadores de la UCO. Vuelve la guerra sucia del PSOE de los tiempos de Pedro J, vuelven los inspectores de alcantarillas del socialismo más pantanoso, vuelve incluso el recurso al vídeo sexual contra aquel que no cede a las presiones. Pero no cabe sorprenderse. Que el sanchismo acabaría así nos lo viene avisando a gritos desde hace una década aquella urna improvisada tras una cortina por el iniciador del movimiento. El fraude es su constante biográfica, del mismo modo que para Freud la salud solo representa una fase pasajera de la enfermedad.
El amontonamiento de escándalos en la fase terminal del sanchismo está obrando un efecto divertido sobre el ánimo de la derecha. El sanchista medio contempla estupefacto cómo el PP encara la celebración de su congreso abismándose entrañablemente en el bizantinismo ideológico que sucede a la pura exasperación. A medida que llueven los sumarios sobre una banda de aluniceros en Peugeot perseguida por la Guardia Civil, el selecto conservador o liberal no se pregunta qué ha hecho para merecer este Gobierno sino si la oposición es suficientemente digna de su aristocrático voto. Es la derechita pejiguera de salita azul y meñique empinado: «¡Falta dureza! ¡No hay rumbo! La alternativa no puede limitarse al antisanchismo. ¿Dónde está el gabinete en la sombra? Y la ilusión, qué. ¿Qué fue de la ilusión?». Ve a preguntarle por el rumbo estratégico a la charo que escondería a Jéssica en su propia casa con tal de que no gobierne la derecha, alma de cántaro. La izquierda real votará a Pedro aunque salga en rueda de prensa chupando carótidas de niños sin hogar; frente a ese ejército cejijunto de terracota se convoca un certamen lírico de politólogos que ensayan la bisectriz entre Ayuso y Juanma o debaten si Feijóo estaba mejor con gafas.
La cuestión palpitante la ha formulado David Lema en este periódico: «¿Quién no ha conversado con un narco libanés?». No entiendo que esta pregunta llena de inocencia no haya sido incorporada aún al argumentario de Moncloa. Vencida la ironía inteligente por la estupidez literalista, podemos imaginar al ministro Marlaska justificando las charlas del presidente socialista del Parlamento canario -hoy todavía vicepresidente- con el capo de la cocaína y la heroína en Tenerife como un desfile de orgullo inclusivo contra la islamofobia.
Si el bachillerato obligara a estudiar -como debería- una asignatura troncal llamada «Estado de derecho», el libro que ha escrito Manuel Marchena (Las Palmas, 1959) debería ser su manual. En La justicia amenazada (Espasa) el magistrado del Tribunal Supremo que presidió el juicio más importante de la democracia -el golpe del separatismo catalán en octubre de 2017- no se pronuncia sobre escándalos de actualidad, pero disecciona sus causas profundas y expone las debilidades de un sistema amenazado por la voluntad de poder de gobernantes con pocos escrúpulos… y por la incultura jurídica de demasiados opinólogos.
El libro parte de un diagnóstico inquietante: la justicia está amenazada en España. Y el culpable de la amenaza es aún más inquietante: el poder político. Los políticos siempre han querido controlar el poder judicial. ¿Por qué ahora la gravedad de la amenaza es mayor?
Efectivamente, creo que el diagnóstico es inquietante. La tendencia del poder político a controlar a los jueces forma parte de la Historia. Lo que sucede es que en los últimos años estamos viviendo episodios de especial gravedad. No sólo en España. El enfrentamiento entre Trump y los jueces, por ejemplo, está marcando un hito en la historia de EEUU y es fiel reflejo de lo que pasa cuando el populismo se enfrenta a cualquier intento de control. La sociedad española se está familiarizando con una normalidad que es patológica. Los ataques a los jueces, incorporados incluso a acuerdos políticos que hablan de lawfare, están teniendo un efecto demoledor en la credibilidad de la justicia. Y creo que se pone en riesgo la paz social si la sociedad no confía en los jueces y empieza a creer que los conflictos jurídicos pueden resolverse mejor en las redes sociales o a puñetazos.
Me temo que tenemos que hablar de don Santos Cerdán León, estadista español nacido en la localidad navarra de Milagro. Habiendo nacido en Milagro debía llamarse Santos, y milagroso sin duda es el cursus honorum de un hombre que solo degenerando pudo llegar de electricista a secretario de Organización del PSOE. Un inminente informe de la UCO dará minucioso detalle de las destrezas taumatúrgicas de nuestro hombre, capaz de convertir los contratos públicos en audis privados. Pero tiempo habrá para comentar su desconocida faceta de comisionista, y si no lo hacemos nosotros ya se encargará el Supremo.
El hombre del momento, quizá de la década, sigue sin aparecer por las sesiones de control a pesar de ser diputado. Se conforma con tiranizarlas a golpe de ausencia y vigorosa lejanía, como Carvajal con la banda derecha del Madrid o como el primer amor de los erasmus. Hablamos, claro, de don José Luis Ábalos Meco, el terror de los paradores, ciclón de Teruel y tornado de Sigüenza, el hombre que incomprensiblemente jamás se presentó al casting de Los Soprano: la garganta más profunda a este lado del río Turia. ¡Qué no habríamos dado los plumillas por atestiguar la irrupción en el hemiciclo de don José Luis, la zancada lenta y la mirada al tendido, en mitad de una intervención del amigo con quien tanto quería, compañero del alma, compañero!
Si de lo que se trata es de apuntalar la coherencia de una línea editorial, habrá que salir en defensa del fichaje de Belén Esteban por parte de una televisión pública ahormada a imagen de Pedro. Después de la exclusiva de este periódico ya nadie pondrá en duda la continuidad ética y estética entre el presidente del Gobierno y la reina de la telebasura. Dios cría a chonis con horteras y el dinero público los junta.