Aunque ha firmado un libro titulado Tierra firme, la imagen política de Pedro Sánchez en esta legislatura se corresponde más bien con la de un buzo antiguo, sin bombonas. Uno que avanza a oscuras, mediante saltos inciertos, por el fondo cenagoso de nuestra Iberia sumergida. Rodea su cráneo una pesada escafandra, dentro de la cual solo oye el sonido de su respiración. De esa pesada escafandra -búnker portátil- parte el extremo de un tubo que llega hasta Waterloo, desde donde se le bombea el oxígeno que necesita para sobrevivir.
Queridos españoles y españolas. Este año os pedí que clarificaseis en las urnas de parte de quién estabais: del fascismo o del progresismo. Os felicito por haber elegido lo segundo. El pueblo español ha vuelto a dar al planeta una lección de democracia al permitirme seguir gobernando. Los malos perdedores de la derechaylaultraderecha odian el progreso y por eso me insultan, ponen boca abajo mi libro -compradlo, copón- y se regalan cestas de fruta. Pero yo no me voy a poner a su nivel: bastante tienen con ser nazis, como tuve que recordarle a Manfred Weber.
A mitad de discurso el Rey hizo un silencio, la cámara se acercó para encuadrar su gesto grave y pronunció cinco palabras subversivas rematadas por un tabú: «Y junto a la Constitución, España». Se trataba de algo nuevo en la retórica real, un énfasis resuelto en la palabra que la coyuntura gubernamental ha vuelto peligrosa: Es-pa-ña. Testigo preocupado de la discordia estratégica en el país de Sánchez, Felipe VI inauguró un ciclo discursivo en las dos juras de Leonor -la de la bandera en Zaragoza y la de la Constitución ante el Parlamento- que continuó durante la apertura de las Cortes y culminó en Nochebuena con una singular reivindicación española. Con una apelación urgente a la defensa de la unidad como base del progreso. Con una invitación desacomplejada a la toma de conciencia nacional.
Pedro se ha dado cuenta de que confesar su proyecto de muro fue peor que un crimen: fue un error. Se relajó en la investidura, la carcajada le aflojó el músculo facial y enseñó su alma del calibre 36, mes de julio por más señas. Y como no ha llegado adonde ha llegado transparentando sus intenciones, ahora tiene que corregir aquel estúpido rapto de sinceridad. Así que se ha puesto a tender la mano al PP como si no hubiera mañana, con el objetivo de traspasar la responsabilidad del cordón sanitario y del muro guerracivilista a la víctima. Que Feijóo parezca el inventor del no es no.
Bajo el liderazgo espiritual de don Puente, los devotos operarios del muro están alcanzado sus últimos objetivos de blanqueamiento batasuno. Ya no son caretas las que están cayendo sino capuchas. Nos dicen que Bildu es la purita expresión del progresismo vasco; que su compromiso con la Constitución está fuera de duda desde que invistieron a Sánchez, aunque sea para planear juntos el troceamiento de la nación; que a los verdugos impenitentes que reciben homenajes y puestos de salida en listas no solo no les falta ningún tramo ético por recorrer sino que han ido más lejos en la defensa de la democracia que sus víctimas del PP. Nada como haber integrado un comando para demostrar tu hombría de paz.
La mente de Sánchez, fuente inagotable de estímulo para el columnista con alguna vocación de perito forense, empieza a dar señales de una interesante mutación. No me refiero sin más a la ordinaria pérdida de pie en la realidad que conocemos como síndrome de Moncloa y que suele apoderarse de los presidentes a partir de su segundo mandato: de Sánchez se apoderó a los pocos días de mudarse a palacio, cuando una imagen de sus viriles manos nervudas fue ofrecida al pueblo como ejemplo de determinación a través de la cuenta oficial. Me refiero a que la reválida del cargo parece haber inoculado en él un providencialismo de alcance planetario. Es verdad que él nunca se vio a sí mismo como lo vemos los demás: un pícaro amoral que debe la inopinada prórroga de su poder a la quiebra de todas sus promesas y al sabotaje de la separación de poderes. Pero ahora el síndrome está tan avanzado que España se le queda pequeña para la misión de la que se cree depositario (decisivamente influido por Zapatero): la batalla final entre el fascismo y el progresismo. Empieza a sentir el peso del mundo sobre sus altos hombros y se pregunta si Occidente merece el esfuerzo de su liderazgo.
Lo único que ha escrito Pedro del libro que anda promocionando es el título y ya sabemos por qué. Tierra firme es la metáfora del presupuesto público saqueado por las zorras sin uvas del partido, de la academia o de los medios -valgan las redundancias- que pusieron bajo sospecha la meritocracia cuando les resultó inalcanzable y se entregaron al pillaje colonial con los gayumbos a la altura del tobillo. Viva Pedro, que nos salva del fascismo y la intemperie laboral: apuremos el enchufe mientras dure y tonto el último. Que no quede una sola institución sin su gusano.
Cuando se trata de dialéctica, Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) no pierde la forma. En vísperas del 45 aniversario de la Constitución defiende el legado al que él contribuyó decisivamente sin renunciar ni a la crítica ni al optimismo. Recibe a EL MUNDO en el barrio sevillano de Santa Clara, rodeado de vecinos que de vez en cuando se paran a saludarle con respeto. Es uno de los suyos.
La última vez que lo entrevisté, en mayo del 2021, el Gobierno de su partido no había indultado a los condenados del procés ni abaratado el Código Penal registrado la amnistía. Si en dos años vuelvo a entrevistarle, ¿qué España imagina que tendremos?
Hombre, yo espero que las aguas se calmen. La contestación a estos desafíos institucionales es tan fuerte que se tendrá que dar marcha atrás. Los jueces, los abogados, los inspectores de Trabajo y de Hacienda, el poder autonómico y municipal que ahora está claramente de parte del PP, lo que pueda venir de Europa, los periódicos nacionales y extranjeros coinciden en señalar una degradación de la calidad de la democracia. El Poder Judicial y el Supremo revocan nombramientos por inválidos. Esto tiene que amainar, porque si no amaina vamos camino del Caribe.