El presidente ha suspendido sus vacaciones por un día para citar a cuatro estrechos colaboradores en La Moncloa. Son María Jesús Montero, Pilar Alegría, Santos Cerdán y Óscar Puente. La intempestiva convocatoria los ha sumido en el desconcierto y ha desatado una cascada de nerviosas conjeturas en el discreto chat que comparten los cuatro. ¿Adelanto electoral? ¿Crisis de gobierno? ¿O sencillamente Pedro necesita otra vez apoyo moral y carantoñas del servicio?
Siguen yendo los periodistas a las ruedas de prensa de Pedro como si Pedro estuviera moralmente capacitado para responderles. Como si el tétrico palacio de La Moncloa fuera hoy algo distinto que un laberinto de espejos de barraca ferial diseñado por el hermano tonto de George Orwell. Mis compañeros se acreditan, van, preguntan cuando les dejan pero sistemáticamente topan contra el muro facial de un hombre absurdo, vaciado de sentido como un grito munchiano, reducido a una enorme jeta hialurónica, elástica e impermeable. Si la piel de la cara de Pedro Sánchez pudiera clonarse quedaría obsoleto el kevlar para los chalecos de los marines.
Sobre la sangre de su pueblo por él derramada ha prometido el dictador de Venezuela otro baño de sangre si pierde las elecciones. Todo tirano se vuelve más cruel cuando atisba su fin: delata su agónica debilidad invocando la violencia. Como explicó Kojève la genuina autoridad excluye la fuerza, porque vive del reconocimiento compartido y muere en el momento exacto en que necesita imponerse mediante coacción.
Reapareció con un apósito en la oreja herida por la bala y afirmó que la sociedad estadounidense está dividida y debe ser sanada. Que los americanos deben caminar juntos para no caer. Y que se postula para ser el presidente de todos, no solo de una parte. Hablaba como un líder nuevo o como un hombre resurrecto, portador de un mensaje inédito de reconciliación, bendecido por la epifanía que solo nace del trauma: el buen pastor Donald, mesías de esa Jerusalén atlántica con la que soñaron los padres fundadores.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.
España ha ganado la Eurocopa e Inglaterra no, y estamos felices. Mariano Rajoy, filósofo estoico, tenía razón: en el fútbol y en la vida no sirve de nada ser un cenizo. Su precursor Séneca razonó el absurdo del pesimismo sostenido aunque experimentemos la desgracia, porque si el dolor es profundo no será duradero y si es duradero no será tan profundo. Gracias a los jóvenes héroes de Luis de la Fuente ahora sentimos una alegría que quiere durar, haciendo surco en la memoria sentimental de una nación mucho menos conflictiva de lo que nos empeñamos en creer y crear.
Estás convencido de que Vox ha hecho lo correcto. Para ti votar es expresar un sentimiento y hace tiempo que sientes angustia. Sientes que España está amenazada: por el separatismo, por el islam, por la inseguridad, por las feminazis. Te han dicho también que debes temer a unos centenares de chavales que vienen en patera sedientos de sangre y de sexo. Algunos menores extranjeros cometen delitos, ciertamente, pero no por ser extranjeros o musulmanes o negros: lo hacen porque son jóvenes y pobres. La criminología enseña que la edad, el género y la clase determinan la conducta criminal en mucha mayor medida que la raza, la religión o la cultura. Puestos en su crítica situación quizá tú y yo haríamos lo mismo. Pero delinque una proporción ridícula respecto de cuantos solo ansían un futuro como el que buscaron los emigrantes españoles de posguerra. Puedes acercarte a un centro de acogida y hablar con jóvenes que fueron menas. Yo lo hice, lo cuento en un libro. Están agradecidos a nuestro país y suplican que no extendamos a los justos la factura de los pecadores. Exactamente eso hace el populismo.
La derecha de toda la vida, la que prefería la injusticia al desorden y no renunciaba a las buenas maneras ni sobre la cubierta ya partida del Titanic, podía aceptar la superioridad moral de la izquierda siempre y cuando se señalara su inferioridad estética. Pero el sanchismo ha enloquecido a la derecha hasta el punto de obsesionarla con oscuras claves estratégicas e inconfesables planes colectivistas. Con un espanto peligrosamente próximo a la admiración, cierto conservadurismo echa el día tratando de anticipar la próxima jugada maestra de Pedro, sondeando el calado de su alma diabólica, regalándole los oídos con su reverencial temor de derechona. Pero la decepcionante verdad asoma: nada en Pedro es profundo. Su maldad sigue siendo banal incluso cuando la premedita. El sanchismo es un fenómeno desoladoramente superficial que no admite más análisis que la hermenéutica de la horterada.