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El perdido orgullo de ser tertuliano en Madrid

[Un paseo literario por la capital de las tertulias, las greguerías y los bastonazos, publicado en papel en Jot Down]

Muchos hacen del café una sucursal de su casa, advertía el humanista Ángel Fernández de los Ríos a mediados del siglo XIX, cuando podemos datar el estallido de la edad de oro del café literario español. Y como español, madrileño, rompeolas de todas las etcétera. “En Madrid, en España, a Dios gracias, cuando buscamos a un hombre de negocios no solemos saber dónde tiene la oficina ni nos importa demasiado, pero sabemos a qué café va y, con eso, nos basta, porque allí lo veremos inmediatamente y nos recibirá con la cordialidad humana que se tiene en los sitios donde se bebe y se come y no tendremos que esperar en una salita donde no hay más que revistas de esas que nadie ha leído nunca”. He aquí la respuesta que en los años del crack del 29 daba Edgar Neville a esa indignación tan oída que hasta nosotros mismos incurrimos en ella:

-¡Y luego dicen que hay crisis! ¡Mira cómo están las terrazas de Madrid!

Eso es no entender que los españoles empiezan a  solucionar la crisis yéndose de cañas, porque a ningún español se le puede ocurrir un negocio viable metido en una oficina como hacen los americanos, que por eso sufren esa crisis atroz que les persuade de tirarse por las ventanas, se dice Neville. El café acoge por tanto el justo medio entre la intimidad de la casa y la arrogancia de la oficina del español, sea este viajante de comercio o letraherido con ambiciones. Porque luego, en el café, cada cual se comporta como lo que es y aquí nos interesa el comportamiento literario en esas tertulias madrileñas que según Valle-Inclán ejercieron más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias. Y a cualquiera que haya llegado a la vida con tiempo suficiente para vivir y discutir en la cafetería de la facultad –más que en el aula misma- antes de la venida de las redes sociales, no le parecerá esperpéntica la afirmación.

La tertulia de Pombo acaudillada por Ramón y pintada a la tremenda por Solana.

La tertulia de Pombo acaudillada por Ramón y pintada a la tremenda por Solana.

En puridad, la afirmación de Valle se circunscribía al Café de Levante, que conoció en Madrid tres ubicaciones distintas: Alcalá, Puerta del Sol y Arenal. Durante cerca de un siglo puso en conocimiento a escritores consagrados con plumillas anhelantes, a militares achispados con feminerío del cuplé: “En el Café de Levante, entre palmas y alegrías, cantaba la zarzamora…” Y pegaba en este punto un volantazo Lola Flores. Sin embargo, el autor de Luces de Bohemia era asiduo más bien a la tertulia de El Gato Negro, fiel a los nuevos aires afectadetes de los modernistas, en donde la voz cantante la llevaba otro dramaturgo no menos atildadín: Jacinto Benavente. Era un antro de techo bajo y mal iluminado aunque ancho de divanes cuyo máximo atractivo residía en la pared postiza que comunicaba el café con la escena del Teatro de la Comedia a cuyo costado se adosaba el local, en mitad de la calle del Príncipe. Tertulia y espectáculo: dos por uno, más el coloquio posterior con Benavente. A Ramón, en cambio, aquello le parecía una ermita para amateurs del esteticismo: “Fue un café banal desde el principio con sus gatos de bazar. Era un remedo incongruente del célebre Gato Negro parisiense”. Hoy, oh Cronos inclemente, no queda más rastro de las rubenianas veladas gatunas que una tienda de ropa y complementos que se publicita como “exótica”.

En la misma calle, desembocando ya en la Plaza de Santa Ana, en el sótano anexo al Teatro Español que ocupaba el desaparecido café del Príncipe arraigó la tertulia decana de este parnaso, aunque sus modestos protagonistas prefirieron llamarla El Parnasillo. Pero estamos en pleno romanticismo y no son nombres modestos los que conformaban aquella esclarecida reunión. Desde 1829 allí se dieron cita periodistas, poetas, dramaturgos y artistas de la talla de José de Espronceda, Mariano José de Larra, Ramón Mesonero Romanos, Juan Eugenio Hartzenbusch, José Zorrilla, Enrique Gil y Carrasco, Madrazo, Rivera o Esquivel. Se reunían allí imantados por el Español, antiguo Corral del Príncipe, donde cada quien aspiraba a estrenar sus comedias; porque lo que es el local, Larra lo describía como “reducido, puerco y opaco”, y Mesonero daba en el clavo romántico de esa fascinación hipster que ejerce la bohemia al insertar el matiz causativo: “A pesar de todas estas condiciones negativas, y tal vez a causa de ellas mismas, este miserable tugurio, sombrío y desierto, llamó la atención y obtuvo la preferencia de los jóvenes poetas, literatos, artistas y aficionados”. Hoy es una vinacoteca discretita desde la que contemplar a la paloma de bronce equivocándose eternamente en las manos de bronce de la estatua de Lorca ubicada en el centro de la plaza.

De la voracidad de la piqueta acaso el ejemplo más duro –por lo violento del contraste entre su ayer y su hoy- sea el del Café de Fornos, gloria de la hostelería, leyenda del noctambulismo desde 1870 hasta 1908 en cuyo lugar –cruce entre Alcalá y Virgen de los Peligros- se erige ahora un filisteo y desangelado Starbucks con un rombito municipal en sepia que recuerda los días de vino y rosas. Lo fundó un fámulo del marqués de Salamanca y escribió la crónica periodística de su inauguración el mismo Gustavo Adolfo Bécquer, a quien se conoce que no le rentaban mucho las rimas ni las leyendas. Tenía dos cosas asombrosas para la época: tubos de ventilación y murales pintados al fresco por los mejores pinceles del momento, incluido Zuloaga. Ah, y otro aliciente fundamental: putas elegantes, que tanto lustre daban al París de la bohemia. ¡Que no falte de nada! Fornos fue el equivalente madrileño de Maxim en París o el Rector en Nueva York. Algunos cronistas de la época cuentan que en los bajos del Fornos, dotados de cuartos de alquiler a precio de burdel de lujo, se celebraban fiestas de ocho días seguidos a las que se dice, se comenta, asistía con verdadero compromiso Manuel Machado; para que luego vengan a inventarse las raves los voluntariosos muchachos del FIB. Así lo rememoraba Zamacois, nombre santo de la novela sicalíptica y de la bohemia en general, para quien el Fornos era una mezcla –españolísima- de teatro y de iglesia:

El viejo Fornos, con sus bronces artísticos, sus zócalos de caoba y sus techos pintados por Sala y por Mélida, ofrecía no sabemos qué de suntuario y de frívolo, de distinguido y de escandaloso, de aristocrático y de bohemio, que, según el momento del día, invitaba a sus clientes a la contemplación silenciosa o acicateaba su regocijo”.

La Generación del 98 hizo su asiento en el Fornos, se dolió de España en el Fornos a todo doler. Allí le fue presentado Baroja a Unamuno, y con ellos tertulianeaba Azorín, por entonces aún abrazado a la causa del anarquismo. Allí almorzaba el enciclopédico Menéndez Pelayo si se encontraba en Madrid. Allí se inventó el pepito de ternera. Por allí pasó Mata Hari. Allí sitúa Hemingway una escena de Muerte en la tarde. Y allí se tomó su último real chupito Amadeo de Saboya antes de abandonar este país para no volver jamás. Pero suele pasar que a los padres pioneros les suceden hijos conflictivos y Manuel Fornos eligió la manera más vanidosa de dilapidar una herencia: se metió en el reservado número 13 del café fundado por su padre y se pegó un tiro en la cabeza. La performance logró un efecto propagandístico innegable y el local entró en una decadencia sin paliativos. Lo compró un banco, le cambió el nombre, lo transformó en cabaret, lo acabo chapando y hoy es un Starbucks preocupado por el certificado eco-responsable LEED de eficiencia energética e hídrica, y cito textualmente del folleto.

Habíamos dejado a Valle de contertulio modernista en El Gato Negro, pero pronto el gallego adquirió estatura artística personal como para fundar tertulia propia en el Café de la Montaña, situado en los bajos de ese edificio de la Puerta del Sol que lleva publicitando Tío Pepe desde que tío Pepe estaba vivo, si no antes. Sus habituales lo rebautizaron como “café pulmonía” porque sus puertas se abrían a las terribles corrientes paralelas que patrullan Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Un día llegó Valle con ganas de incendiar Twitter. Estaba concertado un duelo de dibujantes y Valle tomó apasionado partido por uno. El periodista Manuel Bueno –al que los milicianos pasearían en Montjuich en 1936- le replicó tranquilamente que su favorito no podría competir por ser menor de edad. Valle se enfureció. Bueno le contestó. Valle asió una botella de cristal. Bueno blandió el bastón. Valle recibió un bastonazo en el antebrazo izquierdo y el gemelo se clavó en la piel ante la atenta y entretenida mirada de Gómez de la Serna, que no perdía ripio. Aquella estúpida herida se infectó y a los dos días tuvieron que amputarle el brazo al genio del esperpento, mancado a mayor gloria del género de su invención. Carmen de Burgos homenajeó aquel templo en el que Alejandro Sawa relataba a quien le quisiera oír cómo Víctor Hugo, en París, le había besado en la frente. Sin contraer el tifus, le faltaba añadir. Hoy las excavadoras trabajan el interior de aquel café donde los tertulianos más geniales llegaban a las manos como carreteros, justo al contrario que en las tertulias de hoy, donde teorizan como carreteros pero se rehúyen como intelectuales. Del puro escombro se alzan solo las esbeltas columnas como huesos mondos de un pasado grueso en anécdotas.

En 1920 se planta en Madrid un inquiero argentino llamado Jorge Luis. Quería ser poeta de vanguardia y le encaminaron al Café Colonial, donde reinaba Rafael Cansinos Assens. “Fue mi maestro. Era inteligente y de pocas palabras, sabía diecisiete idiomas clásicos y modernos, leía la Biblia en el texto original y se convirtió al judaísmo por convencimiento, sin tener ningún antecedente genealógico judío”. Donde Borges dice “se convirtió”, hay que leer: “se rebanó el prepucio”. Así era Cansinos: un circunciso vocacional. Vanguardia punk. La novela de un literato es el monumento que su memoria levanta a la bohemia condensada como un chubasco de talento indefinido y miseria concreta en aquel santuario de Alcalá número 5:

«El café Colonial ha sucedido a Fornos como centro de la vida nocturna del Madrid bohemio y artista. A la salida de los teatros, cuando los focos voltaicos de la Puerta del Sol se extinguen como una fulguración de desmayo y los últimos tranvías salen atestados de gente, El Colonial empieza a llenarse de un público heterogéneo, pintoresco y ruidoso. Llegan las artistas de varietés, pomposas y risueñas, todavía con el maquillaje de la escena, con sus grandes sombreros, sus trajes llamativos y sus dedos cuajados de sortijas, escoltadas como duquesitas dieciochescas por su corte de admiradores, señoritos juerguistas, viejos calaveras que todo el mundo conoce por su dinero, periodistas, agentes de varietés, vendedores de joyas, autores de cuplés, pequeños compositores, y mujeres viejas, con aire de falsas madres que a veces lo son de verdad… y descubren el fondo de miseria, de donde ellas han salido».

Donde antaño calentaba esta indecible bujía de humanidad hoy comparece la aséptica fachada de una sede del Ministerio de Hacienda. Solo el ornato churrigueresco del dintel principal parece guardar la memoria de lo que sucedió en su planta baja.

Otro edificio institucional, esta vez de la Comunidad de Madrid, vela en el 4 de la calle Carretas la soberbia leyenda de Pombo y su cripta sagrada, cuyo sumo sacerdocio ofició Gómez de la Serna con carisma de orador sedente, según notaba Pla: “Es tan sensible la diferencia que existe entre el Ramón sentado y el Ramón de pie, que es probable que si no hubiese en este mundo sillas y mesas no habría llegado a ninguna parte, no sería absolutamente nada, no se habría hecho el nombre que tiene, un nombre que está destinado a producir un impacto en el extranjero y a impresionar al intelectual provinciano.” La vida cultural de Madrid equivalía por entonces a una gran tertulia dividida entre aliadófilos y germanófilos a propósito de la Gran Guerra, pero a Ramón la política le aburría insoportablemente; hablar de política, cuando uno se podía pasar la noche del sábado enhebrando greguerías desde las diez de la noche hasta las tres de la mañana, le parecía de un mal gusto lamentable. Así que prohibió hablar de política en Pombo, y sorprendentemente encontró a otros españoles que aplaudieran la idea, y luego todos juntos fueron magníficamente retratados por Solana. La tertulia se desarrollaba bajo normas estrictas: se sentaban todos alrededor de una mesa larga, tocados con sombreros de copa, bajo la atenta mirada de la Virgen del Carmen que presidía la sala. El local estaba alumbrado por luz de gas y constaba de un buzón donde depositar las cartas dirigidas a Ramón. Algunos divanes rojos y anchos espejos de caoba para calibrar el efecto de tu agudeza en el compañero adyacente. Y así se crea un movimiento literario.

Para aguda, la tertulia asturiana que lideraba Clarín, bien flanqueado por Palacio Valdés, en lo que hoy son las dependencias del Teatro Reina Victoria –en el 24 de la Carrera de San Jerónimo- y que el padre de Ortega y Gasset bautizó como el “Bilis club”. Los chistes malos eran castigados con severidad. La invectiva contra los mandarines culturales del momento, una obligación jubilosa. La crítica feroz de las novedades editoriales, un vicio sádico. La sátira, un medio de ganarse la vida a través de las diversas revistas que en aquel café diabólico se fraguaron para desesperación de los malos escritores.

En el abigarrado laberinto de callejas acorraladas entre Atocha y la Puerta del Sol sucede casi toda la historia literaria de España. Hubo unos años en que la calle del León, donde uno se arregla las camisas o compra la fruta, hacía coincidir los paseos cotidianos de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y Góngora. El día que eso pasaba los vecinos se metían corriendo en casa, lógicamente. En el 18 de la calle Huertas vivía el manco de Lepanto; la paralela calle Lope de Vega vio expirar del todo al fénix de los ingenios, cuya legendaria feracidad asombraba a Truman Capote; las calles de Cervantes y de Lope están unidas por una travesía, hoy llamada de Quevedo, donde vivió alquilado Góngora diez años: el cabronazo padre del conceptismo lírico, en uno de los escasos momentos en que no andaba preso por orden de algún valido susceptible, logró reunir el dinero suficiente para comprar aquella casa y echar a su odiado inquilino culterano a la puta calle en pleno invierno, desahucio fáctico con escrache endecasílabo. Faltaba mucho todavía para la invención del corporativismo, señores, así como para la del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Pues bien, internándonos por la cercana calle de la Victoria descubriremos que a su costado se abre el coqueto Pasaje Matheu, un reducto afrancesado en el corazón castizo de Madrid, como Little Italy lo era de lo suyo en Manhattan. En una de sus esquinas se estableció en 1867 el Café de Francia –hoy tugurio bachatero-, que acogía a los conservadores, y en la esquina de enfrente abrió en buena lid el Café de París, guarida de los jacobinos donde actualmente se levanta un moderno y señorial Café de Levante que no tiene que ver con el pedigrí homónimo. A estos dos cafés extranjerizantes correspondió el honor de haber inventado la terraza madrileña. Tratándose de una importación transpirenaica, la idea no fue recibida de grado por la cejijuntez nacional, que murmuraba al pasar por allí: “Si será pequeño el local que tienen que sacar las mesas a la calle…” Pero ya sabemos lo rápido que el español recorre el trecho antónimo entre recelo y papanatismo, y ambos locales triunfaron pronto precisamente por su diferencia. El ilustrado dueño del Café de Francia fomentaba en su interior -equipado con exóticas mesas de billar- un escandaloso silencio que se rompía jubilosamente cada 14 de julio, cuando toda la colonia francesa del Pasaje Matheu se reunía para conmemorar la toma de la Bastilla: faroles, bailes e interpretaciones a pulmón de la Marsellesa animaban aquella nuez urbana de afrancesamiento bajo la mirada reprobatoria, suponemos, de los vecinos con abuelos caídos en el lío del Dos de Mayo.

También en Alcalá -arteria de la cultura libresca madrileña del mismo modo que la Gran Vía representaría la cultura espectáculo-, en el edificio contiguo a la famosa Pecera del Círculo de Bellas Artes (de algún prestigio aún entre la intelligentsia) que hoy, degenerando, ocupa el Ministerio de Educación, abría sus puertas La Granja del Henar donde convocaba a sus selectos regeneracionistas don José Ortega y Gasset para rajar de la monarquía, pasatiempo que luego continuaba en el Ateneo. Pero no todo iba a ser filosofar y cocinar la república: allí también celebraban su tertulia los humoristas, con Jardiel y Mihura a la cabeza. Este último hizo a menudo la estupenda elegía de aquella buena vida:

Era un mundo gracioso, en el que entrábamos de tertulia a las seis de la tarde, a las diez nos íbamos a tomar un brebaje que no me acuerdo cómo se llamaba, un aperitivo, vamos. Luego, cenábamos y otra vez de tertulia, hasta la madrugada en que nos íbamos a casa a trabajar. Por eso ahora, cuando le dicen a uno lo de la contaminación, imagínese el cachondeo que me entra, cuando me he pasado los mejores años de mi vida metido en La Granja del Henar”.

Ustedes esperarán que aquí hable del Gijón y del Comercial, claro. Más que nada por ser los únicos cafés literarios que se conservan en Madrid desde los años heroicos en que la cultura se cortaba y se pegaba, sí, pero cara a cara; sin un duro, como siempre, pero de traje reglamentario; dividida por encendidos sectarismos, sí, pero se podía fumar. Es que del Gijón ya se ha hablado mucho: de la concentración de Ruano, del premio fundado por Fernán Gómez, de la noche en que llegó Umbral y del caro menú de verano en la terraza. El Comercial era la colmena que inspiró a Cela y en sus veladores, siendo uno universitario, dejaba voluntarioso los números de su revista literaria. Ambos locales desafían aún a esa clase de traumática alteración –franquicia, entidad bancaria, sede institucional, boutique o pub- que llevamos registrada.

Bustos debutando como tertuliano en Telemadrid el 21 de junio de 2013, último eslabón en el proceso de la decadencia tertuliana.

Bustos debutando como tertuliano en Telemadrid el 21 de junio de 2013, último eslabón en el triste proceso de la decadencia tertuliana.

Hablemos por último del Café Lion, verdadero place to be durante la edad de plata de nuestra literatura. Mientras en la planta superior hacían tertulia los del 27, en el sótano llamado de La Ballena Alegre componían el Cara al Sol los escritores falangistas comandados por José Antonio. Se cruzaban unos y otros camino del baño en plena II República, pero durante un tiempo aún prevaleció la fraternidad de la pura inteligencia: no hay que olvidar que Lorca cenaba los viernes con Primo de Rivera, amigos inequívocos. Tras la guerra, el Lion aún fue destino de los Sastre, Ferlosio y Aldecoa. Ahora aquello es el James Joyce, y el simpático irlandés que lo regenta nos cuenta la historia de cómo la iglesia irlandesa subastó los muebles de sus templos para resarcir a las víctimas de la pederastia. Nos señala orgulloso la madera de sus veladores, iluminados por vidrieras con efigies de escritores españoles e irlandeses.

-¿Y por qué Saramago?

-Me equivoqué. Pensaba que era español…

En el viejo Madrid eso nunca le habría pasado. Los conocería a todos.

(Jot Down, número 4, junio de 2013)

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21 junio, 2013 · 15:52

Mantengan sus máquinas por debajo de los 233 °C

Me pongo a escribir cuando acaba de anunciarse el logro de células madre embrionarias a partir de un adulto; o sea, la Piedra de Rosetta de la clonación terapéutica. Representa, por supuesto, una noticia trascendental. La ciencia avanza que es una barbaridad. Los científicos, claro, se muestran orgullosos, pero es un orgullo que nuestra tecnificada sociedad de consumo tiene vedado a los humanistas. Sencillamente porque los humanistas van quedándose sin público ante quien enorgullecerse.

El admirable paradigma del hombre del Renacimiento, dominador de las ciencias tanto como de las letras, cuyo privilegiado enciclopedismo pudo datarse aún en los albores del siglo XX –pienso por ejemplo en el doctor Marañón-, hoy no sólo no es plausible sino que además resulta indeseable. ¿Para qué sirve un físico que haya leído a los clásicos grecolatinos? Únicamente para escribir artículos que solo leerán otros físicos que se preguntarán para qué sirve leer a los clásicos grecolatinos. Si aplicamos esta lógica rasa de un debelador pragmatismo a la universidad obtenemos como resultado el Plan Bolonia, que garantizará la extensión y la profundidad de la ignorancia humanística por toda Europa, donde ayer nacieron el Renacimiento y la Ilustración. La consecuencia la refleja el mercado con su inclemencia habitual: los licenciados de letras se mueren de hambre.

Y la cosa no queda ahí sino que, gracias a la perversa noción de gratuidad que ha instaurado Internet, irá a peor. Pero si vamos a ponernos distópicos, invoquemos a un profesional. ¿Quién no recuerda la siniestra cota de temperatura a la que arde el papel desde que Ray Bradbury la usara como título de su descorazonadora novela? Pues sí: los libros arden exactamente a 451 grados fahrenheit, lo que equivale a 233 grados Celsius. Pero Bradbury no era un bestsellerista de ciencia ficción. Su estilo seco, limpio y preciso, capaz de originales estallidos de adjetivación, no ofrece historias exóticas para aliviar las ganas de evasión del personal, que también, sino que ante todo le participa una preocupación inquietante por el reverso tenebroso que una tecnología desembridada depara a una comunidad teóricamente feliz.

La celestial Julie Christie en la adaptación cinematográfica hecha por Truffaut.

La celestial Julie Christie en la adaptación cinematográfica de Truffaut.

Esa novela emblemática de 1953 en que los bomberos queman libros por orden del gobierno para prevenir toda emergencia de espíritu crítico en sus gobernados es el desarrollo de un relato previo titulado “Los desterrados”, incluido en un volumen de cuentos que Bradbury publicó en 1951 bajo el título de El hombre ilustrado. El relato sitúa en Marte a un puñado de escritores clásicos que se han exiliado porque en la Tierra se ha decretado la quema general de todos los libros; cuando el último ejemplar de un autor se consume, ese autor queda simétricamente reducido a cenizas ante los ojos horrorizados de sus colegas de exilio. Edgar Allan Poe trata de liderar una revuelta contra los bárbaros autos de fe de los terrícolas, que acaban de amartizar para seguir quemando libros en el planeta rojo. Poe se persona en casa del huraño Dickens para pedirle apoyo:

–Hace un siglo, en la Tierra, en el año 2020, proscribieron nuestros libros. Oh, algo horrible. Destruir así nuestras obras… (…) Hemos pasado un siglo entero en Marte, esperando que la Tierra se ahogara a sí misma con el peso de sus sabios, y las dudas de sus sabios. Y ahora vienen a arrojarnos de aquí, a nosotros y a nuestras tenebrosas creaciones, y a todos los alquimistas, brujas, vampiros y espectros que, uno a uno, se retiraron al espacio. La ciencia infestó la Tierra, sin dejarnos finalmente más salida que el éxodo. Ayúdenos, señor Dickens. Habla usted con mucha elegancia. Lo necesitamos.

El cuento acaba mal, como exige la distopía fetén. En ese mismo volumen Bradbury nos habla de estereoperiódicos montados sobre un casquete que pasa de página cada tres parpadeos; de casas inteligentes cuyas mesas segregan el desayuno ya preparado; de una esposa amantísima que para demostrar amor a su marido astronauta desconecta, la víspera de cada viaje interestelar, todos los aparatos y le cocina por sí misma, lo que sugiere un interesante silogismo: a más primitivismo, mayor humanidad. Recorre el libro una desconfianza cerval hacia la tecnología, igual que en la odisea espacial de Arthur C. Clarke. Cuando la ciencia infesta la Tierra, dice Bradbury, fuerza el exilio del humanismo, no admite mezclarse con él como propugnaba la vieja Ilustración. La epigenética incorporará evoluciones físicas adaptadas al nuevo medio enteramente audiovisual: quizá nos crezcan los ojos y los oídos y se nos afinen las yemas de los dedos y perdamos del todo la habilidad verbal. Y entonces ni siquiera resultará descifrable un texto de Bradbury que permita a un futuro lector improbable murmurar: “No podemos decir que no nos lo advirtieran”.

(Revista Leer, número 243, Junio 2013)

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11 junio, 2013 · 14:36

¿Hubo cordobeses cultos en la Edad Media?

Maimónides en la judería cordobesa.

Maimónides en la judería cordobesa.

Acaban de echar el cierre las jacarandosas casetas de la Feria de Córdoba que en este mayo he conocido por primera vez. Córdoba es una ciudad milagrosa, más discreta que Sevilla y más honda que Granada, celosa de su centro imponente de cal cristiana y arena mora, recorrida por mujeres de una belleza cruel y mitológica. El displicente carácter cordobés obedece, creo yo, a la añeja conciencia de un linaje demasiado glorioso como para necesitar publicidad, blasonado por estoicos de la pluma o del estoque desde Séneca hasta Manolete, por filósofos heterodoxos como el rabino Maimónides y el musulmán Averroes, por poetas como Luis de Góngora o el admirable Ibn Hazm, quien nos legó este impresionante cántico a la libertad individual –les madruga en unos cuantos siglos el ideal emancipatorio, renacentista e ilustrado, a Giordano Bruno y a Juan Jacobo Rousseau– cuando se enteró de la quema pública de sus obras en la taifa de Sevilla:

Dejad de prender fuego a pergaminos y papeles,
y mostrad vuestra ciencia para que se vea quién es el que sabe.
Y es que aunque queméis el papel,
nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo,
viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
conmigo duerme cuando descanso
y en mi tumba será enterrado luego.

Corría el siglo XI, y Córdoba perdía la capitalidad económica, cultural y política del mundo conocido al compás de la decadencia de la dinastía omeya y la quiebra correlativa del califato, que se disgregó en taifas autónomas y vulnerables para alborozo de los reconquistadores cristianos. Ibn Hazm era hijo de un ministro de Almanzor, había llegado a visir y no quiso o no pudo adaptarse a los nuevos tiempos, que es lo que haría cualquier tertuliano avisado de nuestros días con el cambio de color de una legislatura. Su defensa del legitimismo omeya, apellido que había patrocinado durante el esplendoroso siglo X una edad pocas veces igualada de refinamiento cultural, le acarreó el dictamen de heterodoxia primero y la orden de destierro después, como suele pasar siempre que adviene un revolucionario resentido a arrellanarse en el cojín de tus padres, tipo miliciano del 36 en el Barrio de Salamanca. Cuando Ibn Hazm comprendió que de obstinarse en la política acabaría entregando el cuello al alfanje, decidió torcer por la filosofía, el derecho y la poesía amatoria, para enhorabuena de la Filología: confeccionó El collar de la paloma, híbrido de tratado filosófico sobre el amor, memorias y antología lírica que forma una de las cumbres más incontestables de la literatura medieval. En ella vemos compilado el saber humano disponible en la aristotélica Córdoba de su tiempo, que no es la Córdoba de las Tres Culturas ni falta que le hace, porque la cultura nunca es una ósmosis colectiva ni homogénea: no existe algo así como Cultura Uno saludando por el zoco a Cultura Dos; existen los individuos cultos cultivándose unos a otros. Hazm lo era y por cierto que pagó el precio.

Otro cordobés culto de quien la editorial Renacimiento de Sevilla acaba de publicar su obra más célebre, Guía para descarriados, fue el judío Maimónides, que vivió un siglo después que Ibn Hazm y al que el judaísmo considera el único rabino posbíblico parangonable a los autores del Viejo Testamento. Maimónides fue teólogo, filósofo, médico prodigioso y amigo de Saladino, pero lo que de verdad le caracterizó fue la lectura de Aristóteles, que le persuadió de la bondad del uso de la razón más allá de lo razonable en su tiempo. El fanatismo almohade invadió en 1148 la Córdoba otrora ilustrada, forzando a la familia de Maimónides a fingirse conversos al Islam y a cambiar de provincia andaluza cada tanto, no bien se atisbaban moros en la costa. Como judío en un Al-Ándalus mahometano e inteligencia de primer nivel, Maimónides dominaba el árabe tanto como el hebreo, el Corán tanto como el Talmud. Pero eso de meterse a exégeta coránico bajo el escandaloso presupuesto de la armonía entre fe y razón no gustó nada a los almohades, más partidarios de la literalidad pura, que siempre es el partido que toman los tontos. La comunidad hebraica más ortodoxa no se privó tampoco de anatematizar esa Guía para descarriados que propone al judío vacilante el uso resuelto de la razón natural para todos los ámbitos de la vida no intervenidos por el dogma de fe. Por el contrario los cristianos –en concreto la escolástica– sí valoraron en lo debido los esfuerzos de Maimónides hacia un sincretismo plausible entre aristotelismo y religión que no mucho después aprovecharía Tomás de Aquino con los monumentales resultados sabidos. Huyendo de los almohades fijó Maimónides residencia en Almería, y en ella cobijó a su admirado Averroes, cuyas tesis helenizadas tampoco despertaban digamos un entusiasmo paroxístico entre sus hermanos musulmanes. Y ahí tienen ustedes al moro más listo conviviendo con el judío más inteligente para edificación del cristiano más sabio y a escondidas del régimen más lerdo, que finalmente obligaría a Maimónides a exiliarse a Egipto.

Todas estas aventuras intelectuales y algunas más sucedieron en Córdoba en los albores del segundo milenio de nuestra era. Ahora que alborea el tercero queremos decir que la inteligencia y el conocimiento, al contrario de lo que piensan los pedagogos de progreso, no constituyen metas garantizadas al término de la carrera lineal de la historia, como tampoco constituirán nunca etapas superadas el dogmatismo y la intolerancia, porque la historia no es lineal y se repite como farsa. Queremos decir también que civilizaciones ha habido muchas, y religiones importantes tres, pero cultura sólo hay la que construyen los hombres solos doblados de codos sobre los libros clásicos. Queremos decir por último que el autodidactismo es la gimnasia crónica del hombre libre, y que sin ir más lejos Twitter está infestado de almohades.

(Publicado en Suma Cultural, 10 de junio de 2013)

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El Maestro Mateo o la invención de la vanidad

El artista medieval se llamaba a sí mismo artesano y ofrendaba su artesanía a la propaganda de la fe como la cosa más natural del mundo. Cobraba por su trabajo, evidentemente, y le preocupaba que su obra contentase al cliente, que podía ser un señor feudal más o menos belicoso o un abad de cierto sibaritismo o ambas cosas, porque a los efectos de aquel mecenazgo política y religión venían a ser lo mismo y consumían idéntica temática. Una vez cumplido el encargo, recibido el plácet y cobrados los honorarios, el artista medieval se daba por satisfecho. Que el vulgo supiera o no el nombre de quien diseñó la capilla catedralicia o retrató al caballero castellano no le importaba en absoluto, porque el vulgo era analfabeto y pobre, así que jamás podría entenderle y mucho menos contratarle. Con que le conocieran el noble y el eclesiástico le alcanzaba para seguir desempeñando el oficio.

En literatura ocurría algo parecido. El rapsoda de cualquier ciclo oral europeo recitaba por las plazas sus cantares de gesta o sus leyendas mitológicas sin que se le ocurriera firmar el centón de versos propios o ajenos que se encadenaban con cadencia milagrosa en su garganta. En alguno de sus oyentes prendía entonces la vocación poética, memorizaba las historias oídas, las completaba con versos de propia cosecha y se echaba a declamar por las aldeas contribuyendo así a la viveza anónima, escondida, indiscernible, de la literatura oral. El plagio era la norma, y en las orgullosas firmas que se preocuparon de legar los grandes autores griegos y latinos advertían nuestros primitivos artesanos de la rima cierto pecado de arrogancia. En España hay que esperar al siglo XIV para topar con el origen canónico de la voluntad de autoría: se suele señalar al Infante Don Juan Manuel como el primer literato orgulloso de su obra y celoso de su transmisión fidedigna, porque este culto aristócrata que se pasó la vida leyendo y guerreando se retiró finalmente a su castillo para compilar sus escritos y asegurarse de que el manuscrito de El conde Lucanor pasaba a la posteridad tal y como él lo dejó dispuesto.

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6 abril, 2013 · 21:04