Aquí una nueva entrega sonora de El Parnasillo, esta vez con Quevedo como protagonista: hicimos el programa de Herrera desde León, y nos alojamos en el sublime Parador, en su día horrible cárcel donde penó cuatro años don Francisco por espía.
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Sócrates debe morir
Sócrates no puede pasar de moda mientras nos empeñemos en vivir en democracia. E incluso los súbditos de todas las tiranías –más exitosas históricamente que las democracias, sin comparación- han consolado durante 2.500 años su falta de libertad en los diálogos platónicos que construyeron la figura perenne de un titán, y sin embargo ciudadano ateniense. “He de confesar que me siento tan cerca de Sócrates que casi siempre estoy en lucha con él”, escribió Nietzsche, uno de los padres de la posmodernidad en que vivimos. Que no hace falta ser un atrabiliario filósofo alemán para sentirse interpelado por la vida, las ideas y el método revolucionario de Sócrates viene a probarlo Gregorio Luri (Navarra, 1955) en este ensayo de lectura tan magnética como enjundiosa. Pues Luri, que no en vano ha combinado la docencia con la filosofía, logra una escritura plena de rigor y pedagogía, demostrativa de que no hay pasión tan absorbente como el debate de ideas.
Este libro no es otra biografía intelectual del fundador de nuestra tradición filosófica, sino una suerte de thriller filosófico-judicial: el autor, que tiene metabolizada la obra platónica y segrega su jugo con toda naturalidad, nos sienta en el tribunal que ha de juzgar a Sócrates junto a Platón y Jenofonte, Alcibíades o Meleto, de quien parte la acusación terrible: Sócrates ha de ser ejecutado porque no cree en los dioses atenienses y corrompe a la juventud.
¿Matar o no a Sócrates? Esa es la cuestión. Y Luri sabe que, con la ley democrática en la mano, Sócrates debe morir. Su predilección por lo bueno o lo verdadero sobre lo propio o lo nuestro –la identidad comunitaria– actúa como un disolvente sobre los lazos que tejen la convivencia en la polis griega. Si todo hombre se para a cuestionar la justicia o bondad de las leyes, se abona el terreno para la subversión. Porque la idea clave del pensamiento socrático (y de todo pensamiento) es la autonomía intelectual y moral del individuo frente a la comunidad. Y la autonomía resulta tan peligrosa en el siglo de Pericles como en el de Merkel.
“El Sócrates histórico fracasó porque Atenas necesitó protegerse de su presencia. El Sócrates platónico ha triunfado porque siguió habiendo jóvenes deseosos de rememorar su palabra, y porque Platón consiguió convencer a los atenienses de que la filosofía es el mayor bien para el ciudadano y para la ciudad”, concluye Luri. El admirable martirio de Sócrates –que renuncia a una defensa persuasiva ante el jurado porque prefiere la coherencia–, no desprovisto de temple irónico y en guardia crítica hasta el fin, depara más de una lección al hombre emocional de nuestra sociedad terapéutica, donde Sócrates sigue muriendo.
(Revista Leer, número 265, Septiembre 2015)
Un siglo de ‘La metamorfosis’
Aquí nueva entrega de El Parnasillo, conmemorando los 100 años de la publicación de La metamorfosis, del bueno de Kafka. Como tenía a don Víctor García de la Concha compartiendo estudio, la sección ha quedado un poco corta, así que el análisis kafkiano continuará la semana que viene.
Reseña excesivamente generosa de La granja humana a cargo de mi querido Adolfo Torrecilla, que fue la primera persona que me empleó como periodista; en concreto para escribir reseñas literarias, a mis tiernos 19 años.
Angela Merkel, una justa
No siempre puede uno guardar la compostura en un mundo de incontinentes emocionales donde la autoridad parece emanar no del espesor del seso sino de la finura de la piel, así que voy a confesar que ‘La lista de Schindler’ fue la última película que me hizo llorar. No ocurrió cuando aparece la niña de rojo sino ya al final, en esa escena desgarradora en que Liam Neeson se lamenta ante los judíos que ha salvado por todos aquellos a los que no salvó; aquellos que podrían estar vivos de haber empeñado hasta la última de sus pertenencias. «¡Mi coche! ¡A cuántos habría podido salvar a cambio de mi coche…!». El héroe se debate en medio del silencio de los presentes, desgranando un soliloquio febril mientras los judíos lo miran con una escalofriante mezcla de gratitud y compasión. Gratitud porque están ante un justo en un tiempo de bestias; compasión porque imaginan el tormento interior que un escrúpulo justificado desata en la conciencia sana. Yo no sé si se ha plasmado mejor en cine la condición insobornablemente moral del ser humano. Eso fue lo que me derrotó.
Tampoco sé si alguien ha reparado ya en el cierre metafórico que el comportamiento de Angela Merkel en la crisis de los refugiados sirios supone para la Historia de Alemania de 80 años a aquí, considerada como una Historia de perfeccionamiento ético a partir del mal absoluto. Adviertan la recurrencia estremecedora de la imagen y su variación feliz: trenes atestados de miserables llegando a Alemania… no para ser gaseados, sino atendidos con la más generosa de las acogidas continentales. Aplaudidos, hospedados, curados. «Merkel es nuestra madre», proclaman.
Maestros del insulto
Aquí el debut de mi sección de curiosidades literarias que se emitirá todos los jueves a partir de las 11.20 en Herrera en COPE. Inauguramos El Parnasillo con el insulto literario, ese género en desuso que convendría recuperar.
Las uvas de la ira europea
Sería hermoso que Europa acelerase su eterno proceso de construcción gracias precisamente a una urgencia desgarrada de solidaridad, como sucedió en 1945. Que ahogase con un manto espeso de humanismo el eterno retorno de la xenofobia. Pero me temo que la solidaridad, como repite sin vergüenza el nacionalismo, tiene sus límites. Limita concretamente con el interés propio, y esto es así más o menos desde los tiempos de Caín, santo patrón de la lucha de clases y de la agencia tributaria propia. En realidad la Unión Europea es un artefacto de civilización tan extraordinario en la historia universal de nuestra infamia que no puedo concebir que aún se discuta su pertinencia o se añore el status quo de Utrecht, el del Estado-nación aduanero y autárquico. La victoria de los segundos en la pugna entre atávicos e ilustrados es siempre provisional y no está garantizada, menos en un continente cuyos bosques abonan los cadáveres del país vecino.
-Europa habrá fracasado si prevalece el miedo. Europa habrá fracasado si prevalecen los egos -concluía el artículo de Juncker publicado ayer en EL MUNDO.
Me gustó el artículo del presidente de la Comisión porque aunque empezaba sumándose a la llantina general, enseguida pasaba a la concreción de soluciones, a las cifras, a los hechos, a la política común de asilo, al desprecio de los «dedos acusadores» que dispara el populismo por vendimiar en unos comicios las uvas de la ira. Ira comunista e ira nazi: el odio al que tiene más y el odio al que tiene menos -que a esto se reducen ambos extremismos- explican que a Merkel, canciller del país que más inmigrantes acoge y mejor los trata, deba soportar que unos la tengan por déspota y otros por traidora. No es la UE todavía la utopía de Moro ni el sueño de Erasmo, pero ambos humanistas estarían orgullosos de conquistas tan improbables como Schengen o el euro.
Maquiavelo 2015
Pla adoraba a Maquiavelo porque en época de superstición se ciñó a los hechos, y porque bajo la ola petrarquista escribió prosa de pura observación, que es la única forma no perecedera de vanguardia. Maquiavelo es el colmo del realismo que el tierno socialdemócrata preferirá llamar cinismo. Pero alguien tiene que decir la verdad de vez en cuando.
El sábado en el Coliseo Carlos III de El Escorial el actor Fernando Cayo puso en pie al mismo Niccolò di Bernardo dei Machiavelli en metamorfosis fidedigna pero vigente, enjundiosa pero vibrante. Desgranó las verdades sin caducidad de El príncipe en el soliloquio que desde el siglo XVI ha retumbado en la mente de todo estratega ambicioso. Porque el modo de conducirse de los hombres -la gran premisa maquiavélica- no cambia jamás. Sea cual sea el régimen con que se gobiernen o la sigla que los cobije. Extraje cuatro ideas definitorias, una para cada partido en liza.
1) La ocasión: Podemos. Para alcanzar el mando el príncipe debe aguardar la ocasión, que consiste siempre en un momento catastrófico de la patria. El asalto al poder sólo es posible desde un estado general de postración, real o propagandística. Sólo cuando ha persuadido a Florencia de la absoluta corrupción reinante logra Savonarola instaurar su inflexible teocracia. Claro que al poco tiempo el fraile ceñudo es quemado en la hoguera de la propia vanidad, de la cual va bien servido Iglesias Turrión.














