Se abre el portón de la abadía milenaria y en el umbral se recorta la menuda figura de Dionisio. Del hábito negro emergen unas manos nerviosas en las que tintinea el manojo de llaves. Me estudia con ojos serios y de pronto sonríe.
-Sígueme, que te enseño esto. Si quieres cambiarle el agua al canario, es ahí a la derecha.
La cárcel, como la muerte, es eso que les sucede a los demás. Tal cosa piensa al menos el delincuente cuando delinque, que a él no lo van a pillar, y tal cosa pensamos todos los mortales hasta que la vida nos da el primer susto o doblamos el cabo de cierta década psicológica: que nosotros no nos vamos a morir. Un delincuente se ve a sí mismo como un vitalista irrestricto, un apóstata del orden o un hombre de fe en los mares sin orillas, en las noches sin finales y en las democracias sin leyes. Lleva el carpe diem tatuado bajo la costra de su conciencia, y no tiene tiempo que perder hasta el día en que el juez le quita de golpe el tiempo que le quedaba.
Quizá Maruja Mallo ha sido nuestra Frida Kahlo o quizá fuera Frida la Maruja de los mexicanos, no estoy seguro. Ambas nacieron en la primera década del siglo, ambas fueron de izquierdas, ambas encauzaron el ímpetu de las vanguardias dentro de los márgenes de la figuración y ambas entregaron sus pinceles al susurro torcido del inconsciente, de manera que sus lienzos se pueblan de claves oníricas, chillidos cromáticos y un distendido toque feliz de autoparodia.
Que a la luz de Lux haya dicho Madonna que Rosalía es una «auténtica visionaria» induce a confusión. Pretende reivindicarse la autora de Like a prayer tantos años después, pero la aproximación de Rosalía al catolicismo entraña honduras inasequibles a aquella Madonna que descubrió el mediterráneo erótico-festivo de la monja pecadora. Ambas comparten voluntad transgresora, pero en 2025 la verdadera provocación ya no se ejerce con el cuerpo sino con el espíritu. Y esa mística revolución contra la material girl in a material world es la que abandera ahora Rosalía. Española tenía que ser.
Corren buenos tiempos para la nostalgia, para la dignidad melancólica de los miradores si nos ponemos umbralianos, y por eso sobre el cierre temporal del Café Gijón han vertido lágrimas incluso aquellos que jamás se reunieron en sus tertulias o llegaron demasiado tarde para conocer al cerillero, que se llamaba Alfonso y desvirgaba secretos al oído capaces de abreviarle la inocencia de la infancia a mi compañero Antonio Lucas.
Concedamos que tanto Vinicius José Paixão de Oliveira Júnior como Lamine Yamal Nasraoui Ebana son dos jugadores desequilibrantes. El romanticismo propagó la especie de que toda personalidad desequilibrante aloja un desequilibrio interior que vuelca hacia afuera, de tal manera que el artista desequilibrante esconde a un individuo desequilibrado. Yo no creo que eso sea cierto ni en el arte ni en el fútbol, valga la redundancia. Los temperamentos neoclásicos opinamos que la mitomanía del malditismo ya ha hecho demasiado daño como para que sigamos prestándole crédito, pero tenemos que reconocer que la doctrina del genio turbulento o del enfermo sublime no ha perdido poder de sugestión. Y para demostrarlo no hace falta remontarse a Maradona: nos toca más de cerca Morante.
Cuando este pobre hablador vino al mundo, Isabel Preysler ya llevaba mucho tiempo siendo Isabel Preysler. Y cuando alcancé eso que los penalistas codificaron como uso de razón, la Preysler no solo seguía siéndolo sino que había redoblado su preysleridad. Después han pasado los años, las hojas del calendario de la vida han ido alfombrando las melancólicas aceras de nuestra memoria y en el lúcido umbral de la madurez constatamos que el mundo es distinto, que las cosas han cambiado, que las personas son otras… salvo Isabel Preysler. Ella es el eje inmóvil en torno al cual giran los polos achatados de este globo cósmico donde se consumen los oscuros deseos de los hombres y las luminosas siluetas de las mujeres.
De todos los futuros a los que puede aspirar el ser humano, ya hay que ser modesto para conformarse con un futuro vegetal. En este propósito late una superación del franciscanismo, que llamaba hermano al lobo, para terminar abrazando a la hermana encina, al primo poto o al cuñado cactus. Hemos visto vídeos de orientales fugados del frenopático que caminan a cuatro patas porque afirman haber descubierto su identidad canina y se han autodeterminado como perros. Pero se precisa una ascesis particularmente exigente para retrotraer la evolución del reino animal al reino vegetal. Ya se sabe que hay gente para todo: mientras unos fantasean con vivir del videojuego en Andorra, otros sueñan con poder hacer la fotosíntesis.