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Corre, Gareth

Dijeron de Zátopek que corría como si llevara un cuchillo clavado en el pecho. Más que un corredor heterodoxo, él fue un existencialista con problemas de atletismo: agonizaba olímpicamente, y parecía que cada uno de sus pasos podía ser el último.

Bale. Corriendo.

Bale. Corriendo.

Alan Sillitoe, en cambio, corría por conciencia de clase. No era japonés sino británico, pero hizo de su soledad de corredor de fondo un sacerdocio obrero a la japonesa, de modo que accionaba sus piernas como palancas de subversión. Cada metro ganado declaraba una huelga contra el hambre impuesta, con la rabia insolente de la juventud.

En cuanto al cansancio auténticamente nipón de Murakami, se trata de celebrar esa penitencia un poco boba del que se agota por narcisismo: por sentir ese bienestar privado que procura al hombre próspero un interludio de sufrimiento gratuito. Es una vanidad de red social con filosofía de galleta china. Y a lo peor, con libro y todo. Es el sudor intrascendente que se suda en la era de la cultura pop, fecunda en idolatrías: el running como religión que hace del chándal una casulla y que sustituye el sursum corda por unos estiramientos, antropocentrismo ful que no pasa de los isquiotibiales.

Gareth Bale es otra cosa. El jugador galés del Real Madrid ha impuesto un nuevo paradigma en el arte de correr, y es hora de que se diga. Gareth Bale es un niño eterno y macizo que corre por encima de sus posibilidades, y muchas veces de las de sus compañeros. Bale no calcula cuando echa a correr: no mide sus pasos, no los acompasa a la longitud y anchura del campo de juego. Su campo de juego es el mundo, como debe ser la niñez. Solo así se logra ridiculizar a Bartra en aquella carrera gloriosa que dio al Madrid la Copa del Rey el año pasado. Solo así se llega a la portería en el momento exacto en que cae la bola repelida por Courtois a tiro de Di María para detonar la salva legendaria de la alegría en Lisboa.

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A Berlín por Omaha

Colombia rindió Camas.

Colombia rindió Camas.

Se sabe que estamos en mayo porque Carletto masca sensiblemente más rápido y la mirada de Hierro en el banquillo se torna vidriosa. Tras la tercera pérdida de balón de Ramos en el medio, el locutor sentenció la temeridad del dibujo blanco con una tautología: «Ramos es un gran defensa central…». También Casillas es un gran portero, tanto que las previas se empeñaban en equipararlo a Buffon, pero el italiano paró un dron de Kroos mientras que, a la primera que pudo, Iker se exhibió tembloroso como teta de novicia. Marcelo completaba la generosidad en el dislate con su alegre anarquía Motown, Pepe y Varane se disfrazaban puntualmente de bruja Befana para hacer regalos a los delanteros bianconeros y Carvajal concedía un penalti tan previsible que estaba contado ya por Hermida. Para redondear el guión marcó Morata, a quien en la grada del Bernabéu están reivindicando a toda prisa erigiéndole un pedestal sobre cáscaras de pipa.

Podríamos extendernos sobre la debilidad defensiva del Madrid si su aturdimiento ofensivo no reclamara igualmente nuestra atención. Cuando Cristiano abusa de la finta retórica está delatando la advertencia de Blake: el que desea y no actúa, engendra la peste. Su gol incalculable fue un invento del niño macondiano que es James, cuya zurda es un machete para desbrozar catenaccios y su mente un perpetuo estado de gracia. Pero necesita reparto para montar su obra. Bale tenía bastante con mantener sujeto el gemelo a la pierna mientras corría, y acabó sustituido por Jesé. Y en ausencia del añorado deshollinador francés, Ancelotti se encomendó a Chicharito. No soy capaz de recordar una ocasión, aunque el equipo mantuvo la fe y trabajó la presión en circunstancias francamente hostiles. Ya lo de chutar a puerta es como salir investido en primera votación: no está la cosa para esos lujos.

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Y sigue siendo el rey

Fe azteca.

Fe azteca.

Con dinero el Madrid, y sin (tanto) dinero el Atleti, en el fútbol uno no siempre hace lo que quiere, ni su palabra es la ley; pero anoche un delantero venido de México, sin trono (aunque con reina), permitió que el Madrid siguiera siendo el rey. Javier Hernández, devoto y luchador, sin la exquisitez letal de Karim, con el fuego que en el francés nunca prendió, acometió una y otra vez la portería blindada de Oblak y su plegaria fue finalmente atendida.

Corría el minuto 38 cuando Robinson definió la situación con la solemnidad de un hispanista: «No tiene continuidad el juego del Atleti». No lo habría expresado con mayor circunspección el finado Raymond Carr. Nosotros creemos sin embargo que en la discontinuidad de su juego consiste precisamente la continuidad del estilo rojiblanco, y hace muy bien en no interrumpirla con ambiciones asociativas, no hablemos ya de marcar un gol. Mediada la primera parte Simeone pidió a los suyos intensidad, que ya sabemos lo que significa, y si alguien lo olvida sale Raúl García.

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Master Chof

Bale creando un héroe.

Bale creando un héroe.

Vestía Simeone de negro riguroso en recuerdo de Günter Grass, pero antes de que se cumpliera el cuarto de hora ya había empapado en sudor la camisa a fuerza de brazadas enérgicas, que es su forma de reclamar intensidad en el césped o invocar respaldo en la grada. ¿Qué pasaba para que el Calderón necesitase de estímulo contra el Madrid? Pues que el Madrid olvidaba las demasiadas cuitas de los últimos derbis y se plantaba en el Manzanares como antaño: con el estandarte SPQR del campeón de Europa. Aleluya: presión alta, concentración defensiva, control del balón que reduce al córner fortuito y al remate lejano la mejor ocasión del rival. Al descanso los de Ancelotti solo habían suspendido una asignatura, precisamente la troncal: la pegada. Cada vez que Bale falla un mano a mano se funde un neón en Times Square. Oblak, justo es decirlo, se doctoró en la parada a bote pronto: anoche parecía capaz de despejar un balón de rugby, un dron, una intención de voto.

El Atleti no quiso o no supo plantear un partido premoderno de esos suyos en los que el balón parece cuadrado a fuerza de no rodar, aunque Mandzukic hizo cuatro faltas en ocho minutos, lo que ha de merecer algún reconocimiento. Lo que mereció en realidad fue un codazo cortante de Ramos al inicio de la segunda mitad que lo desquició, como siempre nos desquicia un poco la vista de la propia sangre. Al croata lo tuvieron que recomponer en banda como al San Juanito de Miguel Ángel. Pero hay que decir que no fue un partido violento. Pese al altísimo ritmo, se apreciaba en los jugadores un metafísico sentido del tiempo: quedan 90, no nos volvamos locos. Exceso de tacticismo que lastró la amenidad de la segunda parte. Más de uno se puso a pensar en Master Chef.

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Aquel peregrino blanco, en el 92.48

Escena de cama de nuestras vidas.

Escena de cama de nuestras vidas.

En la primavera de 2014 se registró una falla tectónica con epicentro en la ciudad de Madrid. El continente entero se achicó y los escasos 500 metros de asfalto que separan Neptuno de Cibeles crecieron hasta atravesar el planeta fútbol como un nuevo meridiano. A las tradicionales playas de Valencia, Andalucía y Cantabria, el incorregible centralismo madrileño sumaba un cuarto punto cardinal para satisfacer sus ansias de expansión: Lisboa.

La UEFA había elegido el Estadio da Luz como sede para la final de la Champions League 2013-2014, y el viejo poblachón manchego decidió -con esa displicente chulería con que ha conquistado imperios o subsecretarías- que no dejaría pasar la oportunidad. Mayo le dio a Madrid lo que en septiembre le había robado Tokio. Y aunque Ana Botella habría preferido los Juegos, seguramente su marido hoy aplaude que las cosas se dieran como al fin se dieron, a juzgar por el abrazo en el que se fundió con Florentino Pérez cuando Gareth Bale aún descendía del escabel galáctico al que se había encaramado para colocar el 2-1 en el marcador. Algunos quisieron ver en la celebración entre Aznar y Florentino la apoteosis icónica de la casta; los madridistas, en cambio, no vimos otra cosa que la chepa sudorosa del amigo o del anónimo con la que andábamos ocupados en ese momento, como intentando traspasarla. En el sexo y en el fútbol se dan los entusiasmos más violentos, pero ninguno tanto como el que desató Sergio Ramos en el minuto 92, segundo 48 -otros, los impacientes, dicen que 45-, latitud fondo sur. Uno estuvo allí y toda su vida exhibirá con orgullo las secuelas emocionales de aquellos moratones.

Debemos a Camus la idea de que Europa, escarmentado de dos guerras mundiales, inventó el fútbol para poder agredirse sin destruirse. España también en esto se mostró diferente, pues su especialidad, de Napoleón en adelante, es más bien la guerra civil. Fiel a esta entrañable tradición fratricida, la capital de España eligió librar contra sí misma la guerra europea anual por el botín de la orejona, enfrentando al Real Madrid, que miraba febril hacia la Décima, con el Atlético de Madrid, que soñaba marcialmente su Primera. Y siguiendo el curso del Tajo se puso en camino del frente, petando la carretera de Extremadura de banderas rojas y blancas como un atrezzo tan castizo como universal. La zarzuela definitiva que ofrecer al mundo.

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Breve entrevista en Bernabéu Digital sobre el derbi.

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Nueve aleluyas

Resurrecto.

Resurrecto.

De buena mañana las mocitas madrileñas acudieron al sepulcro de puntos en el que los comentarios postclásico habían depositado a su equipo, pero se encontraron con que la piedra que lo sellaba había sido removida. Y un ángel con la cara de James les anunció: «No busquéis entre los muertos al que vive: hay Liga. Id y predicadlo a la afición».

La santa pegada que agonizó en el Camp Nou resucitó en todo su esplendor frente al Granada un Domingo de Resurrección según el calendario litúrgico, que al Madrid empieza a coincidirle con el calendario liguero, como debe ser. Al Granada los locutores lo llaman conjunto nazarí, pero mejor sería decir nazareno penitente, pues le tocó recorrer un vía crucis de nueve goles como nueve estaciones. Y deberíamos sujetar ya esta hemorragia metafórica. O no.

Lo cierto es que el visitante se plantó en el Bernabéu con defensa adelantada y filas prietas, negando al Madrid la bendición del espacio. Fueron minutos ilusorios en que Kroos o Ramos probaban con cambios de juego a desordenar la hermandad costalera de Abel, que terminó pasando las de Caín. La disciplina duró lo que tardó Bale en echarle fe y trazar una escora cubista para inaugurar la pascua. Luego metió Cristiano un hat-trick en ocho minutos mientras las campanas de la capital repicaban a vivo, a vivísimo. CR volvió a poner a currar a los mineros de la estadística con un repóquer insensato que lo distancia otra vez de Messi y restaura su fútbol predatorio, ese don de la ubicuidad que es privativo de los cuerpos milagrosos. «La mejor manera de hacer vivir a un dios es pintar a un hombre», escribió un crítico al ver el retrato que Bonnat le había hecho a Victor Hugo. A Cristiano lo coge Antonio López ahora y hay que criogenizarle como a Walt Disney antes de que abocete la suela de las botas.

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El año del despiste

Karim, decisivo en un visto y no visto.

Karim, decisivo en un visto y no visto.

La magnanimidad del Estado, más allá del FROB, quedó acreditada en la primera parte por mediación de la clemencia blanca, que tuvo al Barça arrodillado y en lugar de desnucarlo le tendió la mano y pidió que continuara este clásico que nos hemos dado todos los españoles. El suflé va a la baja y la consigna es mantener cerrada la fábrica de independentistas.

Modric y Kroos, con la solidaridad franciscana de Isco y Marcelo, violaron el espacio sacral del mediocampismo culé. Durante media hora el estadio asistió a una oportunidad histórica para ahondar en la sofisticación de su victimismo, pero se quedó en eso: en oportunidad. Porque Luis Enrique es un pragmático y ha despenalizado el pelotazo y el contraataque, extintos anatemas del pope Pep. Así llegaron los goles locales: el segundo dañó especialmente la fe reencontrada de los de Ancelotti, que entregaron la segunda mitad a las incursiones dentadas de Suárez, Neymar y Messi. Quienes perdonaron, en exquisita correspondencia con la primera mitad, todo lo que estipulaba la Constitución y el Estatut. Pero tuvieron que ganar o habrían sido descorteses con el público.

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Chat del clásico con Sostres

Sostres / Bustos.

Sostres / Bustos.

¿Qué les parece que el partido se juegue un domingo a las nueve de la noche?
-JB: Si de mí dependiera no habría avisado al Barça de la hora del partido, como diría Shankly.
-Salvador: Me parece estupendo porque cuando el Barça juega el sábado, el domingo es aburridísimo.

Buenos días, Salvador y Jorge, ¿estáis de acuerdo, como se está comentando por ahí, que el Barca con el mejor Messi desde hace mucho tiempo, le va a dar un repaso a un Madrid en horas bajas? Jorge, ¿será el domingo uno de esos días que te gustaría que Cataluña fuera un país independiente y, consecuentemente, este partido no tendría lugar? Muchas gracias a los dos.
-JB: A mí no me gustaría que Cataluña fuera independiente ni aunque encadenáramos manitas una década. Bueno, entonces puede. Pero quizá no hemos reparado en que la rivalidad del clásico nos une en un odio redentor muy español. Mientras juguemos clásicos, el Estado está a salvo. Y el folclore.
-Salvador: El Barça es Messi, sin duda. Sin Messi, el Barça es un equipo caótico y desfigurado. Hasta irrelevante. Pero hacer pronósticos sobre los clásicos es aventurado. Puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Dar al Madrid por muerto es de cateto provinciano. Y te lo digo yo, que estoy rodeado.

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