
Alfredo Di Stéfano.
¿Adónde va el miedo cuando se esfuma? Sabemos dónde se esconde mientras dura: en una zona indeterminada entre la garganta y el duodeno. Pero llega el minuto 90, Cristiano marca su penalti y el miedo sale del cuerpo como una exhalación. ¿Adónde irá? ¿Seguirá hospedado en los pechos de los culés? Esa sensación la compartió el madridismo durante una hora, y esa hora de dolor simétrico ante el coraje italiano se recordará como el centímetro más estrecho de empatía registrado entre Madrid y Barcelona desde el pacto del Majestic. Lo único que lamentamos los madridistas es que el penalti no fuera injusto. En cuyo caso, mal está confesarlo, el placer habría sido mayor. En los medios se tratará hoy de probar que no hubo falta sobre Lucas, y son esfuerzos que debemos agradecer porque van encaminados a aumentar nuestro gozo.
Sufrió el Madrid, pero a diferencia del Barça acumuló ocasiones suficientes como para evitarle al hincha esa clase de angustia que al periodista deportivo le obliga a sentenciar, a falta de mayor ingenio: «Qué bonito es el fútbol». Bonito los cojones.
Todos hemos soñado con marcar un gol de chilena. Me refiero a una chilena perfecta, una chilena rara como una gema, como el oro de los buscadores febriles. La chilena es el último ochomil de los remates, el himalaya del gol. El cabezazo imperial, la falta ajustada, el disparo por la escuadra e incluso el taconazo burlón son golazos de ley. Pero la chilena es lo máximo, todos los niños sueñan con ella, y cuando dejan de ser niños alargan la infancia figurándose que aún tienen edad para marcarla si les llegara el balón adecuado.

Queríamos ver al Madrid en Cornellà para confirmar si el David de Tabarnia, que esta temporada ya ha tumbado a Barça y Atleti, se enfrentaba a un Goliath creíble como el que prometía el reciente reencuentro de la BBC con la pegada perdida. Pero Cristiano se había quedado en casa y, en lugar del tiburón, Zidane apostaba por la economía colaborativa del centrocampismo y sus finos estilistas, que es como tratar de suplir un gran banco con la fusión de varias cajas: una estrategia voluntariosa aunque arriesgada. Pero eso hizo Luis de Guindos y ahora vicepreside el Banco Central Europeo.
Mira que lo del Real Madrid en las noches de Champions ya no debería cogernos por sorpresa. Mira que llevan siglos los poetas advirtiéndonos de que la muerte y el amor son la misma cosa. Pero no lo habíamos entendido del todo hasta ayer, con el Bernabéu oscilando entre el sexo y la ceniza, entre San Valentín y la Cuaresma. Finalmente el Madrid se ajustó a los cánones litúrgicos y pasó de la penitencia a la resurrección, como suele hacer varias veces en una misma eliminatoria.







