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Fin de los finales de ciclo

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Cara de fin de ciclo.

La infelicidad, según el clásico tratado de don Bertrand Russell, no es más que el desajuste entre expectativas y resultados. Eso explica que haya niños africanos que no paran de sonreír, pues han comido ese día, y ricos occidentales que no sólo lloran sino que de vez en cuando se suicidan, porque ha caído la cotización. Todo depende de lo que uno le pida a la vida. O a un Mundial.

El ciclo hegemónico que impuso la Selección -tampoco fue tan largo: duró cuatro años- maleducó nuestras expectativas y nos hizo creer conquistada una élite futbolística de la que no nos apearían ya. Desde entonces hemos sido estrepitosamente desalojados de dos Mundiales y una Eurocopa, y tras cada uno de esos tres batacazos hemos incurrido en la fúnebre letanía de las tres palabras: «fin de ciclo». Pero se trata de un acto puramente formulario, porque en España a menudo decimos las cosas para no tener que hacerlas. Certificamos solemnemente la defunción pero luego no enterramos al muerto. A los dos años volvemos a concebir expectativas desaforadas al amparo de una fase de clasificación aseada y de unos jugadores bastante titulares en sus equipos, pero olvidamos comparar esas expectativas con la realidad de los rivales. Entonces llega el Mundial, que entre otras cosas es un método popperiano de falsar talentos mediante la brusca confrontación, y nos pone en nuestro sitio. O sea, en casa.

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4 julio, 2018 · 9:46

Por la depresión al triunfo

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Hierro corre el riesgo de que le llamen Plástico.

Si como afirman los gurús del Big Data la tristeza une más que la alegría, hoy toda España es una piña. No encontraremos un solo español que discrepe de la patética imagen que está dando la Selección. Unos se fijarán en la parálisis de De Gea, otros maldecirán el flamenco de Ramos, hay quien ruega misericordia con la senectud de Iniesta y no falta quien reclama compañía a la soledad de Busquets. Juntos suplicamos para Hierro un reloj y un espejo: el primero le informará de cuándo se le agota el tiempo para hacer cambios en un partido pestoso y el segundo le convencerá de que una serie de catastróficas desdichas le han convertido efectivamente en el seleccionador, y de que por tanto no sería mal momento para que empezara a comportarse como tal. En cualquier caso, todos estamos decepcionados con el juego de España, y sobre el sólido cimiento de esta depresión compartida debemos levantar la victoria en octavos.

Estamos a tiempo de convertir el bochorno en energía. Dicen los estudios que las escenas de gente alegre polarizan a la audiencia porque sólo las personas dotadas de empatía saben gozar con el que goza, mientras que el resto se indigna contemplando la euforia de los belgas o la satisfacción inopinada de los ingleses. Por eso, los periodistas preferimos no publicar jamás buenas noticias, y por eso el Mundial está resultando una mina de desilusión compulsivamente visitada.

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27 junio, 2018 · 11:12

Fútbol, un vicio individual

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Individuo.

Va cundiendo la impresión de que el Mundial está más nivelado que ningún otro y de que las selecciones favoritas están decepcionando. Pero esa impresión parte de una falacia lógica: la de confundir el pedigrí competitivo con la calidad real y el estado de forma. Los tropiezos de Argentina, Alemania o Brasil sorprenden únicamente porque en la primera juega Messi, al que se le presuponen poderes sobrehumanos capaces de compensar todas las nulidades coordinadas a su alrededor; porque la segunda es la vigente campeona y tiene que soportar el aforismo de Lineker sin permitirse un día de vagancia meridional; y porque la tercera es Brasil, por mucho que Neymar llevara cien días viviendo dentro de una lesión.

Lo de España es distinto, porque no jugó nada mal -como el toro se crece en el castigo, o en el esperpento, que es igual de español- pero chocó contra la inspiración de Ronaldo. De hecho, no me extrañaría nada que si la Selección hace un buen papel, Hierro recibiera una oferta de Rubiales para quedarse, porque para entonces habrá quedado demostrado que el seleccionador es útil mientras selecciona: una vez hecha la selección, regresa a su estricto rol de animador psicológico en la banda. Claro que en una Federación liderada por Rubiales y Hierro luciría tanto la testosterona que correríamos el riesgo de despertar la envidia de Putin y podría terminar anexionándonos.

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20 junio, 2018 · 13:37

No es mi Lopetegui, sino nuestro Lopetegui

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Entrenador blanco, bestia negra.

La noticia ha detonado con la potencia de las realidades no aventuradas, de las negociaciones no roturadas previamente por la opinión pública; de ahí la estupefacción. Los tertulianos han -hemos- fracasado otra vez, lo cual permite extraer dos conclusiones: que llamar a esto sociedad de la información no es más que una benévola exageración y que los tertulianos deportivos sólo se diferencian de los economistas en que sus pronósticos del pasado no están patrocinados por entidades bancarias sino por cuchillas de afeitar.

En defensa de mi oscuro gremio sólo puedo constatar una obviedad: Lopetegui no figuraba en ninguna quiniela porque tiene trabajo, y uno suficientemente vistoso y recién renovado. En estos momentos trata de ganar un Mundial. Pero bajo el radar, una clave lo explicaría todo: la confianza en los jugadores del Real Madrid que desde que sucedió a Vicente del Bosque ha caracterizado al vasco. Hubo un tiempo -nostalgia de La Masía- en que la plantilla del Barça aportaba la columna vertebral de España; hoy la forman los únicos españoles que han levantado varias Copas de Europa seguidas, lo cual parece sensato. Sergio Ramos, capitán de España como del Real Madrid, guarda la mejor de las relaciones con el todavía seleccionador. También Carvajal habla maravillas de él. Visto así, todo se antoja racional: Lopetegui internacionaliza preferentemente a jugadores blancos y los internacionales blancos le corresponden otorgándole su favor ante la directiva, que vagaba en el más confuso de los desconsuelos desde el abrupto adiós de Zidane.

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13 junio, 2018 · 10:10

Todo acabará, pero no todavía

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Leyenda en marcha.

Pedíamos ayer respeto para la hazaña del Madrid de Zidane, avisados por McManaman de que, si Guardiola hubiera conseguido lo que el francés, la gente cantaría desde los tejados. Pero después de ver la conquista de la Decimotercera reducida al enésimo pataleo de los excluidos comprendí que ni el respeto ni los cánticos son reacciones naturales a la hegemonía. A un Madrid que gana cuatro finales de Copa de Europa en cinco años sólo se le puede pagar con odio, con la presa rota de un resentimiento largamente acumulado. No merece la pena, aunque nos tiente, reclamar la ampliación del 155 para intervenir la prensa deportiva catalana porque no hay tributo más dulce a la grandeza blanca que la escocida cicatería de sus portadistas. ¿Los árbitros, el presupuesto, la flor? Música sacra para el oído madridista, la entrañable cantinela del desespero. Lo que está haciendo el Madrid es desesperante porque niega una y otra vez esa regla psico-cósmica a la que nos aferramos cuando esperamos el castigo del poderoso y el resarcimiento del vencido. Pero el fútbol no pertenece a esa clase de fe compensatoria. No es una promesa mesiánica para pobres ni se rige por los contrapesos del karma. El fútbol es de quien gana, y gana, y vuelve a ganar.

Ahora bien. ¿Qué significa ganar? La vida del madridista consiste a estas alturas en ir por Europa recogiendo orejonas mientras se convence interiormente que su fortuna no será eterna. Pero no se acaba. Reflexionando sobre esto escribía Íñigo Errejón que «la derrota será la justificación de tantas victorias», invirtiendo así la lógica de la felicidad del hincha no madridista, ese que justifica por la escasez de triunfos la medida de su gozo cuando finalmente acontece lo extraordinario. De ahí que Raúl bromeara con Butragueño en el autobús que nos llevaba al avión, dirigiéndole sarcasmos sobre la maldición que le negó a la Quinta su Champions. Ambos, leyendas vivas, han de reconocer humildemente que el ciclo actual sólo admite parangón con el de Di Stéfano. Por eso cuando la calva venerable de Zidane se hizo presente en la cabina, el avión entero estalló en aplausos agradecidos mientras el sultán de la Champions se inclinaba abrumado. A ninguno se le aplaudió tanto ni con tanta gratitud, con la salvedad acaso del presidente, que por la mañana había recordado con detalle -sospecho que Florentino es menos supersticioso de lo que cuentan- la final del 81: «Entonces nos ganaron ya desde el ambiente, no se veía una camiseta blanca». El ambiente también lo ganó en 2018 el Liverpool, pero el ambiente no cabe en una vitrina.

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28 mayo, 2018 · 17:59

Este es el Madrid: respetadlo

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Leyenda.

Respeto piden las vallas publicitarias de la corrección UEFA. Respeto pide la inteligencia asesina de Benzema. Respeto pide la letal potencia de Bale, la otra pieza cuestionada de la inmortal BBC, que se queda a un título del Real Madrid de Di Stéfano. Respeto exige la inmaculada concepción del dogma blanco, que primero fundó la Copa de Europa y después ha ganado 13 de las 16 finales a las que ha llegado.

Yo no había nacido cuando el Liverpool ganó al Real Madrid una de ellas, pero he vivido lo suficiente para ver al orgullo red, derrochado por las calles de Kiev, transformarse en implacable melancolía. Es lo que sucede cuando te enfrentas al Real Madrid. Cuando te toca hacer de cabra en el parque jurásico de la voracidad madridista.

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27 mayo, 2018 · 13:59

La última invasión de Kiev

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Hinchas cantores del Liverpool.

En el corazón de Maidán, la espléndida plaza que recibe y bombea el pulso vital de todo Kiev, se yergue una arrogante columna que celebra la independencia siempre amenazada del país. Ucrania ha sido invadida tantas veces por imperios tan distintos que ha desarrollado un celoso instinto de soberanía. «Freedom is our religion», reza el gigantesco mural que cubre el edificio incendiado durante las protestas de 2014, brutalmente reprimidas por el gobierno títere de Putin. Hubo decenas de muertos. Los ucranianos adoran la libertad porque conocen demasiado bien la tiranía.

Hoy Maidán ha sido invadida de nuevo, en esta ocasión por el imperio del fútbol, que como sabemos es la continuación de la guerra por medios incruentos. Dos ejércitos de rancio abolengo, uno blanco y otro rojo, se disputan palmo a palmo la ciudad con la garganta pelada y las ilusiones vírgenes. Reconozcamos ya que en la calle intimidan más los ingleses: cantan más alto, beben más cerveza y adelantan la amenazante curva de su abdomen con mayor desinhibición; para su desdicha, sin embargo, la batalla no se libra en los pubs sino sobre el césped. Y ese es el territorio del rey de Europa.

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27 mayo, 2018 · 13:55

Riégala otra vez, Zizou

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El jardinero fiel.

Tras la exhibición de Gareth ante el Celta, me preguntó Juanma Castaño en la tertulia dominical de Tiempo de Juego si la alineación para Kiev debería consistir en Bale y 10 más. Elegí la respuesta fácil, la más conservadora: dije que sí. Pero ahora me doy cuenta de que debería haber arriesgado aún menos para contestar con la primera evidencia de la era de las tres finales consecutivas: «Zidane y 11 más».

Entiendo que haya aficionados y periodistas que se atareen estos días en confeccionar la alineación adecuada que el Madrid debe sacar frente al Liverpool. Lo que no entiendo es que sean madridistas quienes se entreguen a tan superfluo pasatiempo. Personalmente no he perdido un solo minuto en estudiar las ventajas de apostar por el control que garantizan Isco o Benzema; o si conviene explotar la velocidad del galés a la espalda de un equipo vertical que promete salir al ataque; o si los galones que se han ganado Lucas y Asensio con su trabajo demandan meritocrático reconocimiento en forma de titularidad. Descubro a gente muy afanada estos días opinando al respecto, con lo cansado que es opinar, mucho más con argumentos. La pereza mental no ha encontrado mejor abogado que el entrenador que ganó dos Champions seguidas y opta en diez días a la tercera.

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15 mayo, 2018 · 10:18