Sobre la sangre de su pueblo por él derramada ha prometido el dictador de Venezuela otro baño de sangre si pierde las elecciones. Todo tirano se vuelve más cruel cuando atisba su fin: delata su agónica debilidad invocando la violencia. Como explicó Kojève la genuina autoridad excluye la fuerza, porque vive del reconocimiento compartido y muere en el momento exacto en que necesita imponerse mediante coacción.
Reapareció con un apósito en la oreja herida por la bala y afirmó que la sociedad estadounidense está dividida y debe ser sanada. Que los americanos deben caminar juntos para no caer. Y que se postula para ser el presidente de todos, no solo de una parte. Hablaba como un líder nuevo o como un hombre resurrecto, portador de un mensaje inédito de reconciliación, bendecido por la epifanía que solo nace del trauma: el buen pastor Donald, mesías de esa Jerusalén atlántica con la que soñaron los padres fundadores.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.
Estás convencido de que Vox ha hecho lo correcto. Para ti votar es expresar un sentimiento y hace tiempo que sientes angustia. Sientes que España está amenazada: por el separatismo, por el islam, por la inseguridad, por las feminazis. Te han dicho también que debes temer a unos centenares de chavales que vienen en patera sedientos de sangre y de sexo. Algunos menores extranjeros cometen delitos, ciertamente, pero no por ser extranjeros o musulmanes o negros: lo hacen porque son jóvenes y pobres. La criminología enseña que la edad, el género y la clase determinan la conducta criminal en mucha mayor medida que la raza, la religión o la cultura. Puestos en su crítica situación quizá tú y yo haríamos lo mismo. Pero delinque una proporción ridícula respecto de cuantos solo ansían un futuro como el que buscaron los emigrantes españoles de posguerra. Puedes acercarte a un centro de acogida y hablar con jóvenes que fueron menas. Yo lo hice, lo cuento en un libro. Están agradecidos a nuestro país y suplican que no extendamos a los justos la factura de los pecadores. Exactamente eso hace el populismo.
La derecha de toda la vida, la que prefería la injusticia al desorden y no renunciaba a las buenas maneras ni sobre la cubierta ya partida del Titanic, podía aceptar la superioridad moral de la izquierda siempre y cuando se señalara su inferioridad estética. Pero el sanchismo ha enloquecido a la derecha hasta el punto de obsesionarla con oscuras claves estratégicas e inconfesables planes colectivistas. Con un espanto peligrosamente próximo a la admiración, cierto conservadurismo echa el día tratando de anticipar la próxima jugada maestra de Pedro, sondeando el calado de su alma diabólica, regalándole los oídos con su reverencial temor de derechona. Pero la decepcionante verdad asoma: nada en Pedro es profundo. Su maldad sigue siendo banal incluso cuando la premedita. El sanchismo es un fenómeno desoladoramente superficial que no admite más análisis que la hermenéutica de la horterada.
El día después de que fructificara en Bruselas la jurídica amistad entre don Esteban y don Félix flotaba en el hemiciclo cierta atmósfera de tregua. O quizá era solo ese sopor veraniego que anuncia ya la desbandada vacacional del diputado. El ambiente era hipotenso, y en vez de los acostumbrados gruñidos de jabalí se escuchaba con nitidez el bello canto del cisne del consenso. ¿O estamos ante el principio de una centralidad bipartidista por estrenar? Eso se malician Rufián y otros compañeros del viaje extremista del PSOE, pero no deben temer grandes coaliciones: fuera de las sillas vacantes en la tele pública o el Banco de España no veremos pactos de Estado hasta que los moscosos de Pedro cristalicen en vacancia definitiva.
El muro que ha levantado Pedro no es una estructura física sino psíquica, y no divide a los españoles entre progresistas y reaccionarios sino que separa la ficción propagandística de la cruda realidad. A medio camino entre la democracia y la dictadura se alza la patocracia, que requiere la normalización de la enfermedad social a imagen de la enfermedad moral del presidente. Una personalidad como la de Pedro no puede presidir mucho tiempo una nación cognitivamente sana, que reconozca la soberanía de los hechos y la vigencia del principio de no contradicción, que conserve instituciones vigorosas y neutrales, que se informe a través de medios apegados a su función de contrapoder. Por eso la supervivencia política del sanchismo exige la propagación de la esquizofrenia: la insania general es la premisa de su poder.
El final de la carrera política de un Luis Pérez está perfectamente escrito mal que le pese a su principal valedor, Pedro Sánchez, que necesita desesperadamente promocionar esta escisión terraplanista de Vox para dividir a la alternativa y movilizar a su menguante rebaño con un monstruito novedoso. Buenos amigos del oficio han lamentado que los medios convencionales no hayan informado suficientemente del fenómeno como si eso hubiera servido para algo, como si la claridad del periodismo cumpliera algún papel en los hábitats subterráneos por donde hormiguean a ciegas el resentimiento de unos, el fanatismo de otros, la ignorancia de la mayoría y la codicia de uno solo. Lo seguro es que la prensa dará en su momento rutinaria noticia del fin de la estafa y de sus correspondientes condenas judiciales, si es que Pedro no acaba amparando bajo la amnistía a su nuevo novio de pinza en justa reciprocidad. Porque si algo sabemos desde Catilina hasta Ruiz Mateos es que el populismo devora a sus hijos. Al menos aquella Paola Saulino que se oponía a Matteo Renzi prometió mamadas a todos sus seguidores, mientras que Pérez solo les ha prometido una pedrea a cargo de la fiesta con la que dice querer acabar, suponemos que después de toda una legislatura en el after.