Ocurrió el miércoles a la salida del velorio de Raúl del Pozo donde tanto nos divertimos en su nombre, porque él no soportaba a los solemnes. Estábamos Latorre y yo saliendo de Casa Ciriaco, que juntó a comer al todo Madrid bajo la mirada burlona de Camba, atento a la dispar comensalía desde su retrato de la pared. Que yo recuerde había un general, dos poetas de periódico, un capitán de novela, nuestra concejala de cultura, una estrella de rock en la intimidad, el valido del presidente y la última comunista del país.
Escribió una vez Raúl del Pozo que ya no pensaba ir a ningún entierro más que al suyo. Finalmente ha cumplido su palabra. Ha subido a la barca y ha cruzado la laguna dejándonos clavados en tierra, escurriendo la contraportada del periódico como un pañuelo empapado, mirando su nombre alejarse hacia la orilla de la leyenda.
Mi padre irrumpiendo en el salón con la carcajada todavía en la boca y en la mano derecha el ABC doblado por la página donde firmaban Mingote, Campmany y Alfonso Ussía: «¡Es genial, es genial!». Esta es la primera imagen que consta en mi memoria biográfica de lector de columnas, que es lo que uno ha sido más cabalmente la mayor parte de su vida. Consumir columnas con temprana fruición es la única manera de terminar escribiéndolas, pero por entonces yo ignoraba mi destino. Yo, como mi padre, me limitaba a leer y a reír. Y a esperar la próxima columna como una promesa cierta de que volvería a reír leyendo. Quizá el propósito más noble de este oficio no deba aspirar a nada más. Ni a nada menos.
Corren buenos tiempos para la nostalgia, para la dignidad melancólica de los miradores si nos ponemos umbralianos, y por eso sobre el cierre temporal del Café Gijón han vertido lágrimas incluso aquellos que jamás se reunieron en sus tertulias o llegaron demasiado tarde para conocer al cerillero, que se llamaba Alfonso y desvirgaba secretos al oído capaces de abreviarle la inocencia de la infancia a mi compañero Antonio Lucas.
En la tórrida noche del 1 de agosto de 1914, todavía conmocionado por la noticia, un joven catalán se sienta a escribir la primera entrada del diario que lo convertirá en una estrella: «Hoy también hemos sabido que Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Ya no queda ninguna esperanza».
Se aloja en la buhardilla de una pensión parisina no lejos de la Sorbona, donde estudia Filosofía. Pero Agustí Calvet no será filósofo. Aunque a sus 26 años atesora una vasta formación humanística, experimenta también la pasión por la actualidad y la vocación de influencia. Su padre, tan fenicio como el de Pla, quiso que fuera notario; pero Calvet, como Pla, contestó sin reservas a la llamada de la literatura de observación: la expresión más noble del periodismo. Su nombre de guerra será Gaziel, y a los 60 años de su muerte aún brilla con fuerza en la constelación de los grandes cronistas de la Edad de Plata, que no solo iba a dar poetas o dramaturgos o pensadores: Pla, Chaves, Camba, Ruano, Fernández Flórez, Xammar, Barga o Assía. Todos maestros en el arte liberal de la distancia justa.
Una mañana de principios de los 60 el maestro de esgrima don Afrodisio Aparicio se acercó al velador del Café Comercial donde escribía César González-Ruano. Vencido por los años y por la modernidad, el viejo espadachín regentaba en la calle Echegaray la última sala de armas de Madrid. Se desplomó en la silla y se mesó su bigotazo de mosquetero intempestivo.
Conocí a David Gistau en el mesón Paxairiños de Madrid, un asturiano tradicional de esos que predisponen a la desinhibición de la amistad y a la derrota de todos los eufemismos. Debió de ser hace catorce años, en 2010, yo andaba en la veintena larga y empezaba a ser lo que siempre había querido ser. No poeta ni narrador: exactamente columnista. A Gistau lo había traído al mesón para presentármelo Ignacio Ruiz-Quintano, que lo apadrinó en sus inicios como luego hizo en los míos, pertrechándonos de referencias clásicas (pero olvidadas) del articulismo español. El almuerzo fue un festín dialéctico. Recuerdo que David y yo lo rematamos intercambiándonos los números de teléfono y que esa misma tarde le escribí agradecido, y que me contestó al instante con aquella camaradería tan suya que confinaba con la generosidad. Había conocido por fin al hombre tras la firma que buscaba con avidez en LaRazón y en ElMundo desde mi primer curso universitario. Había contraído con él, con su personalidad impresionada en el folio como el fogonazo atómico que tizna la tapia blanca, una misteriosa sensación de familiaridad. Las columnas de Gistau suponían una ampliación del campo de batalla: yo no sabía que se podía escribir en periódicos de tan irreverente manera hasta que lo leí.
Emerge Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) en la historia de nuestras letras como una rareza con el mismo número de padres que de hijos: pocos o ninguno. Del gran estilo decimonónico lo emancipó pronto su rebeldía antirretórica tras algunas tentativas modernistas de adolescencia. Y discípulos no ha tenido (aunque sí voluntariosos imitadores), porque su talento es hijo de una personalidad y una época excepcionales, y permanece incólume como el mosquito en el ámbar. En esa originalidad lleva la recompensa, pues a su periodismo no le faltan lectores un siglo después de haber sido escrito. ¿Cómo es eso posible? ¿Qué mantiene a Camba vivo en lo más alto del canon del articulismo español?