La alergia fue invento de algún nacionalista periférico celoso del estallido de la primavera madrileña. En Madrid, por mayo, el sol se apiada de la palidez de los turistas y verdean las copas del Retiro, cuajan los jazmines en la tapia del Botánico y las terrazas prometen a la vez la primera y la penúltima. En Madrid, por primavera, con suerte el Real ha llegado a otra final de la Copa de Europa y la derecha de camisa por dentro convoca una manifa contra Pedro Sánchez. ¿Qué más se puede pedir? Solo la alergia puede arruinar un plan de domingo tan completo, mientras dormita la juventud sin futuro y con resaca, las piscinas no han abierto todavía y hay excusa para cumplir en misa de ocho.
Mucho indepe se ha quedado en casa, feliz deserción. Para que la cordura triunfe solo hace falta que los locos no hagan nada. ¿Saldrá ahora definitivamente del manicomio Cataluña, contribuyendo así a la salud mental de toda la nación? La respuesta está flotando en el aire que rodea la montura de las gafas de pasta de don Salvador Illa.
El trayecto que va de Alejo (Vidal-Quadras) a Alejandro (Férnandez) cuenta una historia de numantinismo mutante: a menudo desesperado, ocasionalmente esperanzador, nunca triunfal. Porque militar en el partido de Fraga y de Aznar y de Rajoy en Cataluña, sin llegar a las cotas de heroísmo que exigieron los años de plomo en el País Vasco, jamás ha deparado demasiadas satisfacciones. Pero el que aguanta y se queda tiene sus motivos, y son tan catalanes como españoles.
Hay una verdad en la epístola de Pedro a los españoles: es un hombre profundamente enamorado. No de su mujer, naturalmente. En su dolorido corazón solo hay sitio para uno. Pedro se ha escrito la enésima carta de amor a sí mismo, entre el melodrama y el onanismo, entre Caracas y Estambul, entre la boda de Lolita Flores y el chalé plebiscitario de Galapagar. Pero si solo fuera eso nos reiríamos. El problema es que esa carta no es una expresión de amor desviado sino un recto llamamiento al odio entre españoles. La marca de la casa. La marca de Caín.
Insiste Javier Lambán en que no ha escrito estas memorias (Una emoción política, La Esfera de los Libros) para ajustar cuentas. Pero no es hombre dado al eufemismo. Este socialista por cuyas venas corren torrentes de sangre jacobina no nació para morderse la lengua: ni siquiera las llagas que le produce la quimioterapia lo callarán.
Este libro, dice usted, es un intento de luchar contra el tiempo, el olvido y el desprestigio de la vocación política. ¿Por qué ha sentido ahora esa necesidad?
Es obvio que si hubiera seguido gobernando no habría escrito el libro, en primer lugar por falta de tiempo. Se me pasó por la cabeza la noche de la derrota electoral de mayo, pero yo quería hacer una crónica de mis ocho años de gobierno para rescatarlos de posibles malas interpretaciones. Para mí historia y política han sido siempre actividades paralelas. Yo estudié Historia Contemporánea porque entendía que uno de los usos más relevantes y dignos de la historia, si está bien hecha, es su aplicación a la política. Acepté encantado el encargo de mi editora, Ymelda Navajo, porque me daba la opción de hacer lo que yo quería y además un diagnóstico de la situación y algunas propuestas de futuro. He redactado casi 500 páginas entre septiembre y febrero, pero la enfermedad no me ha dejado en paz ni una semana. En septiembre me diagnosticaron una metástasis. Y otra vez 15 días de quirófano, UCI… Y todavía estoy con la quimio. Pero me gustó tanto la experiencia de escribir que me dediqué a fondo.
Cierta vez Ledesma Ramos, cofundador de Falange, se dirigió a su tocayo Maeztu buscando su complicidad y le llamó nacionalista. Don Ramiro, un conservador sin ínfulas revolucionarias, protestó: «¿Nacionalista yo? El nacionalismo es chusma y petróleo».
Suena un teléfono en la sede del Partido Socialista de Portugal. Es la línea personal del candidato derrotado, Pedro Nuno Santos, que mira el nombre en la pantalla y descuelga con gesto de resignación.
-¡Tocayo! Soy yo, Pedro de España. ¿Cómo te va?
-Hola, presidente. Pues he tenido días mejores. Ha ganado la derecha. Y tiene derecho a gobernar.
-Tú no has perdido: solo has quedado segundo. Yo he quedado segundo muchas veces y mírame.
-He prometido no contribuir al bloqueo político y debo cumplir mi palabra en aras del interés general.
-Qué cosas más raras decís los portugueses.Tu deber es cerrarle el paso al fascismo. ¿No tuvisteis un Franco vosotros también? Pues eso.
Si medimos éxito político por el respaldo popular en los sondeos o en la calle y no por la sintonía con la dirección del partido, Emiliano García-Page está en su mejor momento. Recibe a EL MUNDO cuando Pedro Sánchez ha cedido a la amnistía integral que pedía Puigdemont y que indigna al presidente de Castilla-La Mancha.
La trama de Koldo le ofreció mascarillas y usted las rechazó. ¿Qué le llevó a albergar sospechas?
De entrada quiero precisar que afecta a la imagen del PSOE pero no al PSOE en términos de participación. Hay unas cuantas personas que han hecho barbaridades y que lamentablemente colectivizan esa mala imagen, pero ni de lejos afecta a multitud de cargos públicos y de alcaldes o responsables que se comportan con otro criterio. No deja de ser una cosa excepcional, por mucho dolor que nos ocasione. En la pandemia no había fórmulas mágicas. En todos los presidentes que he conocido -del PP, del PSOE, incluso lo he dicho de Torra, que en esto fue muy español- me he encontrado a gente compartiendo el mismo dolor, teníamos básicamente los mismos problemas y terminamos dando las mismas recetas. Illa hizo un trabajo impecable de coordinación entre los consejeros. Salvo la gente desaprensiva y los depredadores económicos, la mayoría estábamos a lo que estábamos.