Al presidente no le gusta la poesía. Todos recordamos el día en que se refirió a Albert Camus como «aquel viejo poeta argelino». Lo cierto es que no dio ni una: Camus era de nacionalidad francesa, escribió novela, drama o ensayo y murió joven. En otra ocasión se plantó en Collioure y habló de la «cuna soriana» de Machado, cuya infancia -como sus lectores de verdad saben- son recuerdos de un patio de Sevilla.
Otra de las cosas que nos quiere arrebatar el sanchismo es el derecho a la desconexión estival, y no debemos dejarnos. Cuando hasta en agosto se suceden los escándalos y la intensidad política no cede al marasmo veraniego existe la tentación de soltar la jeremiada: ¿queda alguien ahí para escandalizarse? ¿Es algo más que un puñado el número de conciencias a las que les sigue doliendo España bien entrado el periodo vacacional? Nos acordamos entonces de aquellos que se fueron a los toros la tarde en que llegó a Madrid la noticia de la pérdida de Cuba y Filipinas, y concluimos siglo y cuarto después que el españolejo no ha superado su atávico pancismo, su incurable alienación institucional.
Así que ya no te gusta la selección, fatuo progresista. Ahora que esos chicos a los que tanto elogiabas por la mañana no se prestaron por la noche a encarnar dócilmente tus obsesiones ideológicas; ahora que no han rendido la debida pleitesía al oportunismo de tu señor en horas bajas, marido de una imputada por corrupción y tráfico de influencias; ahora que cantan Gibraltar español en vez de llamar genocida a Israel; ahora que vocean estribillos de reguetón macho en vez teñirse el pelo de color lila en señal de sororidad; ahora, vaya por Dios, estos jóvenes han dejado abruptamente de gustarte. Porque ya no te sirven. Tendrás que buscarte a otros héroes más reutilizables, más concernidos por el cambio climático, alguna guerrera racializada estilo Biles que encaje a martillazos en el patrón woke, aunque ella siga prefiriendo ser reconocida por sus inalcanzables hitos de fortaleza y no por sus anecdóticos instantes de debilidad. Porque eso hacen los deportistas de élite desde Píndaro: acercarse a los dioses merced a un esfuerzo sobrehumano y festejarlo luego hasta el amanecer como simples mortales. Así nuestros futbolistas de oro.
España ha ganado la Eurocopa e Inglaterra no, y estamos felices. Mariano Rajoy, filósofo estoico, tenía razón: en el fútbol y en la vida no sirve de nada ser un cenizo. Su precursor Séneca razonó el absurdo del pesimismo sostenido aunque experimentemos la desgracia, porque si el dolor es profundo no será duradero y si es duradero no será tan profundo. Gracias a los jóvenes héroes de Luis de la Fuente ahora sentimos una alegría que quiere durar, haciendo surco en la memoria sentimental de una nación mucho menos conflictiva de lo que nos empeñamos en creer y crear.
Incurrió L’Équipe en la temeraria provocación de titular con el «No pasarán» y a España no le quedó más remedio que empecinarse en pasar. Para hacer historia al equipo de Luis de la Fuente solo le faltaba la rabia, la vieja furia española que parece erradicada del fútbol contemporáneo. Hoy el talento y la táctica se presuponen pero el carácter no se enseña: se demuestra. Aflora en edades tempranas y se aloja en el corazón, no en las piernas. El gol de Yamal reunió la personalidad con la técnica, la maestría con el coraje. Un adolescente con la ESO recién aprobada ideó un disparo legendario a la escuadra tras desequilibrar a su marcador con un golpe de pelvis y devolvió a España el latido apagado por un gol madrugador de los franceses. No creo que Lamine sea del todo consciente de lo que ha hecho. Tendrán que explicárselo en clase detenidamente.
A finales de 1885, en vísperas de la muerte de Alfonso XII, dos políticos leales al bien común, escarmentados de las guerras y asonadas que habían marcado el siglo XIX, se reúnen en El Pardo. Uno es conservador y el otro liberal, pero pactan sus discrepancias para dotar al país de estabilidad a través del turnismo, que no fue otra cosa que la aceptación de la legitimidad del otro para gobernar. Eran Cánovas y Sagasta: el artífice de la Restauración y el reformista que impulsó la modernización del régimen. Un cuarto de siglo después ocupaba el poder otro liberal, José Canalejas, al que le gustaba detenerse ante los escaparates de las librerías. Ese fue el momento que aprovechó el anarquista Manuel Pardina para dispararle por la espalda. España había cambiado, la cuestión social imponía sus urgencias y la atenta retina del arte no dejaría de registrarlas.
Yo no me acuerdo de Juanito llorando pero los futbolistas han llorado siempre. Lo que pasa es que ahora lloran por motivos diferentes. Antes dejaban escapar lágrimas de impotencia por una derrota inmerecida, o de rabia ante un tangazo arbitral, no pocas veces de alegría una vez rota la presa de la tensión.
Comparto la satisfacción, pero no la euforia. Que España pase a octavos de final de una Eurocopa como primera de grupo es una obligación, y cumplir con las obligaciones puede hacer feliz a un funcionario prusiano pero no alcanza para cincelar la jeta de Luis de la Fuente en el risco de La Pedriza. Por eso y porque este seleccionador me cae simpático no me gustó verlo despeñarse por la autocomplacencia tras el unocerismo a Albania: «Tiene mucho mérito lo que estamos haciendo. Nunca ha pasado en la historia de Eurocopas o Mundiales eso de ganar y dejar la portería a cero».