Archivo de la etiqueta: Españoleando

Usted. Sí, usted

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Servidumbre voluntaria.

Usted. Sí, usted. No mire a los lados. Usted, ciudadano ejemplar, que hoy echará el día apostado en el balcón avistando irresponsables. Desaprensivos, diría Marlaska. Esa gente que no es como usted, que incumple las reglas que el Gobierno -asesorado por los expertos- impone por nuestro bien. Mire allí. ¿Qué hace ese matrimonio con su bomba vírica de la mano? ¡Está prohibido! ¿Qué desescalada va a haber si la gente no respeta nada? Le indigna ese español de pandereta que no se somete tan gustosamente como usted al monitor de Marlaska. Usted obedece porque es un patriota de verdad, modelo de sumisión, y delata a sus vecinos por la más institucional de las razones. Usted descubre hoy a diez personas juntas y ve un atentado, experimenta la misma sensación que si ve a un viejo tocando a un niño. Se ha adaptado como plastilina al molde de la nueva normalidad que dictan los que mandan, a los que debemos ayudar a reeducarnos mejor. Usted declara que le preocupa el rebrote y quizá calla que le revienta que el vecino disfrute de mayor libertad que usted. En estas circunstancias la libertad es un riesgo que no nos podemos permitir, se justifica usted. Así que o todos iguales o llamo a la policía.

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3 mayo, 2020 · 22:58

Calienta que sales, español

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Confinados.

Hay que ver qué bien se confina el español. Soporta con senequismo el encierro más largo y estricto del mundopese a los resultados más desmoralizadores del mundo. Para romper esta disciplina prusiana hace falta ir como el alcalde de Badalona.

Oímos estos días encendidos elogios a la cívica mansedumbre de un pueblo al que el tópico quiere bravo como el toro. Aquí no hay libertarios que salgan con la segunda enmienda en la boca y el Winchester en la mano a pagar el estúpido precio del contagio a cambio de una romántica autonomía; aquí solo hay tímidos pensionistas que empiezan a asomarse a los medios a decir que serán ancianos pero no imbéciles, que ya saben lo que hay fuera y que si les permiten salir a pasear sabrán cuidarse como han cuidado de la generación que hoy ejerce el mando. Si el latín define al imbécil (im-becillis, diminutivo de baculum) por la falta de bastón, alguien sin apoyo para sostenerse y avanzar, parece evidente que los imbéciles etimológicos están en el Gobierno y no en la sociedad. Sujetos tan fatuos que se dirigen a los ciudadanos como si fueran infantes -etimológicamente: los sin voz-, convencidos de su inmunodeficiencia moral porque solo ella justifica el sometimiento. La premisa del populismo dicta que el pueblo siempre es inocente porque así siempre necesitará un conductor, aunque cojee. Sin responsabilidad para qué la libertad, según reconoció el ídolo genocida del ministro de Consumo. Por eso se les ve felices encadenando estados de alarma, momento schmittiano donde el mediocre arribista puede sentirse soberano. Imbécil y debacle, por cierto, comparten etimología.

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26 abril, 2020 · 22:43

Máscaras bajo tierra

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Iberia sumergida.

El tren irrumpe en escena como salido de la película de los Lumière. El confinamiento es una fuente de realismo mágico que restaura un mundo primordial, antiquísimo, previo al coronavirus, cuando las cosas se acababan de inventar y aún no tenían nombre. Así, una estación del metro de Madrid ofrece hoy en hora punta el espectáculo inédito de un andén vacío y demudado. Cuando un brusco traqueteo anuncia la llegada del convoy y su morro picudo asoma por un extremo del túnel, estamos tentados de señalarlo con el dedo para poder identificarlo.

Madrid encuentra en su red de metro uno de sus orgullos más fundados. Extensa, renovada, eficiente. Bajo la pandemia sigue mostrándose a la altura de su reputación, pero nos preguntamos si el derroche está justificado cuando en el interior de sus vagones se cuentan las cabezas enmascaradas como los postes de teléfono en la llanura castellana. Cada tres o cuatro minutos llega puntualmente el metro, se sube nadie, se baja uno o ninguno, suena la bocina y reemprende su marcha melancólica hacia otra estación desierta. Quizá no solo sea bueno que el metro de Madrid conserve su cadencia suiza sino que quizá sea balsámico. Ojalá todo el Estado funcionara como el metro.

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20 abril, 2020 · 11:18

¡Pedro, Pedro, encadénanos!

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Madera de autócrata.

Al final el pobre Sánchez no va a tener más remedio que aprovechar la pandemia para instaurar una autocracia. Se lo está pidiendo el pueblo español a gritos, dice Tezanos en esa carta del tarot pagada con nuestros impuestos que antes llamábamos barómetro del CIS. En ella el partido culpable de la peor gestión por número de muertes del planeta le saca diez puntos a la oposición. Y en ella dos de cada tres españoles ruegan a Sánchez e Iglesias que los salven de sí mismos, de esa estúpida credibilidad que les lleva a zamparse bulos reaccionarios como indios precolombinos que cambian el oro de su confianza por el cristal coloreado de la posverdad. Los encuestados suplican que se les expropie la libertad de información y la centralice papá Estado, igual que a los niños se les tapan los enchufes, no se vayan a llevar una descarga.

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16 abril, 2020 · 10:16

Para que la vida triunfe

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12 abril, 2020 · 22:19

El talismán de la división

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Macbeth.

Pedimos un gobierno de unidad a Sánchez como si Sánchez no debiera su poder al talismán de la división. Cualquiera que no haya perdido la memoria de la España prevírica sabe que es más fácil desintegrar un átomo que el prejuicio tejido por el sanchismo en torno a las «tres derechas». Es obvio que Nadia Calviño prefiere entenderse con PP y Cs antes que con Iglesias y Rufián, pero quien escribe el relato es Sánchez. Y no modificará el cuento que lo sentó en La Moncloa.

Al revés. En los capítulos que está preparando nuestro Churchill comprado en los chinos sin licencia se cuenta que la derecha recortó la sanidad, abandonó a los más vulnerables y se puso a volar en círculos carroñeros sobre un Gobierno exhausto de tanto proteger al pueblo. Ay de los ilusos que creyeron llegado el momento de enterrar a las dos Españas junto con diez mil de sus mejores hijos, aquellos a los que nadie tuvo que explicar la guerra civil ni el franquismo, razón de que su reconciliación fuera sincera. Tan diferente de la apelación a la unidad bajo la que Sánchez camufla su enésimo chantaje: apoyo gratis o espejito fascista. Ese espejo de mil aumentos que manejan sus incontables palanganeros mediáticos.

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31 marzo, 2020 · 11:20

La cofradía del Santo Aplauso

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Rito.

Cada tarde los españoles salen a sus balcones, los que los tienen, y a sus ventanas todos los demás para aplaudir al pelotón de sanitarios que está salvando la civilización. Les aplaudimos a ellos, desde luego; pero en cada detonación vespertina también nos estamos aplaudiendo a nosotros mismos. No porque tengamos nada de lo que enorgullecernos, sino por miedo. Porque tenemos mucho que perder y necesitamos invocar a quien puede evitar que lo perdamos. Con el batir de palmas espantamos el silencio opresivo de nuestras calles y los malos pensamientos que germinan en él. La profilaxis nos ha vedado todos los rituales colectivos, incluyendo aquel que inauguró la civilización: enterrar a nuestros muertos. Así que hemos tenido que inventarnos uno lo suficientemente distante y lo suficientemente cálido como para mantener vivo el espíritu de comunidad, sin el que propiamente es imposible llamarse humano.

Cuando la peste asolaba Europa, los hombres se agruparon en hermandades para implorar la intercesión divina. Hoy la fe no la ponemos tanto en tallas y advocaciones como en médicos y enfermeras, pero la fragilidad y la gratitud que confesamos con las manos es la misma. Antes juntábamos las palmas para rezar, hoy las batimos para aplaudir. La pandemia ha fundado una nueva hermandad: la cofradía del Santo Aplauso. Su misa se celebra cada día a las ocho en punto de la tarde y no dura más de cinco minutos. Sus fieles son de toda clase, edad, sexo, raza, ideología y condición. Y sin embargo, cada cual aplaude a su manera.

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22 marzo, 2020 · 22:32

La última noche de Madrid

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Solo en Sol.

Madrid es una ciudad de más de 2.940 contagiados y 133 cadáveres, según las últimas estadísticas. Un enemigo silencioso y voraz se encargará pronto de caducarlas: para cuando usted lea esto, sus víctimas serán más. Y quizá muchas más. Madrid es el rompeolas de una pandemia y es también la capital de un país en estado de alarma. Como a otras urbes del mundo, pero con la saña adicional que nació de la imprudencia política, la ataca la cólera abstracta del Covid-19. Los madrileños no oyen bombardeos ni gritos de dolor, ni cuentan con un aparato que mida la radiación arrojada al aire tras un accidente nuclear. Por eso se resisten a confinarse del todo. Porque el madrileño es un pueblo vitalista y hedónico que necesita ver para creer, sentir para cambiar y sufrir para obedecer.

Es viernes por la tarde y el presidente del Gobierno acaba de anunciar un decreto de medidas extraordinarias que entrará en vigor mañana. Será interesante descubrir cómo interpreta Madrid esta víspera tensa, prórroga inverosímil, fruto de la improvisación si no de la irresponsabilidad.

Desde su pedestal en Colón la cabeza blanca de Julia se alza sobre una ciudad conmocionada. Ahora ya sabemos por qué Jaume Plensa la esculpió con los ojos cerrados: para no ver cómo una metrópoli concebida para el ruido enmudece lentamente. Demasiado lentamente a juicio de las autoridades. Los viandantes transportan bolsas de avituallamiento por el Paseo de Recoletos, los ciclistas pedalean contentos de no tener que compartir calzada con los coches y los runners consideran que corren más rápido que el coronavirus. Los políticos han apelado a la responsabilidad individual, un concepto que lleva cogiendo polvo en el desván del primer mundo desde que se inventó el consumo de masas y el paternalismo de Estado, más o menos.

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15 marzo, 2020 · 23:44