Mucho indepe se ha quedado en casa, feliz deserción. Para que la cordura triunfe solo hace falta que los locos no hagan nada. ¿Saldrá ahora definitivamente del manicomio Cataluña, contribuyendo así a la salud mental de toda la nación? La respuesta está flotando en el aire que rodea la montura de las gafas de pasta de don Salvador Illa.
Sucede el lunes por la noche en el taxi que me devuelve a Barcelona desde Terrassa. El conductor, un hombre ni joven ni viejo, maneja con silencioso orgullo un bello Tesla que habría emocionado a Marinetti. Parece simpático. Se me ocurre preguntarle por las elecciones, motivo de mi viaje a Cataluña. Y entonces rompe a hablar, el recelo derrotado por la jovialidad, con esa clamorosa falta de prudencia que solo pueden permitirse los niños y los taxistas.
El trayecto que va de Alejo (Vidal-Quadras) a Alejandro (Férnandez) cuenta una historia de numantinismo mutante: a menudo desesperado, ocasionalmente esperanzador, nunca triunfal. Porque militar en el partido de Fraga y de Aznar y de Rajoy en Cataluña, sin llegar a las cotas de heroísmo que exigieron los años de plomo en el País Vasco, jamás ha deparado demasiadas satisfacciones. Pero el que aguanta y se queda tiene sus motivos, y son tan catalanes como españoles.
Que el separatismo sea residual entre los jóvenes catalanes debería no solo tranquilizar a los conservadores sino también bañar en humildad a los progresistas: hasta la ingeniería plurinacional mejor financiada tiene sus límites. Por lo demás la noticia consternará a un número creciente de conservadores separatistas, esos españoles hartos que fantasean con perder de vista a Cataluña de una santa vez. En cualquier caso el futuro parece escrito: Cataluña se queda. El furor doctrinario del nacionalismo y la sumisión estratégica del PSOE habrán servido para envilecer la convivencia, asegurar los sillones de una casta y enriquecer a un puñado de corruptos envueltos en esteladas, pero se estrellarán contra la indiferencia mayoritaria de los catalanes de mañana.
Cuando una ballena aparece varada en la playa enseguida acuden manos solícitas a verter agua sobre la piel del cetáceo para impedir que la sequedad lo termine ahogando. Hay una ballena varada en el Congreso llamada PSOE que ya no puede vivir por sí misma, y Pedro lo reconoció al felicitarse de que los ganadores empatados de las elecciones vascas votaran su investidura. Donde hubo un gran partido autónomo hoy alienta apenas un cachalote en agonía al que mantienen vivo los independentistas y refrescan desesperados los periodistas más húmedos del oficio.
Insiste Javier Lambán en que no ha escrito estas memorias (Una emoción política, La Esfera de los Libros) para ajustar cuentas. Pero no es hombre dado al eufemismo. Este socialista por cuyas venas corren torrentes de sangre jacobina no nació para morderse la lengua: ni siquiera las llagas que le produce la quimioterapia lo callarán.
Este libro, dice usted, es un intento de luchar contra el tiempo, el olvido y el desprestigio de la vocación política. ¿Por qué ha sentido ahora esa necesidad?
Es obvio que si hubiera seguido gobernando no habría escrito el libro, en primer lugar por falta de tiempo. Se me pasó por la cabeza la noche de la derrota electoral de mayo, pero yo quería hacer una crónica de mis ocho años de gobierno para rescatarlos de posibles malas interpretaciones. Para mí historia y política han sido siempre actividades paralelas. Yo estudié Historia Contemporánea porque entendía que uno de los usos más relevantes y dignos de la historia, si está bien hecha, es su aplicación a la política. Acepté encantado el encargo de mi editora, Ymelda Navajo, porque me daba la opción de hacer lo que yo quería y además un diagnóstico de la situación y algunas propuestas de futuro. He redactado casi 500 páginas entre septiembre y febrero, pero la enfermedad no me ha dejado en paz ni una semana. En septiembre me diagnosticaron una metástasis. Y otra vez 15 días de quirófano, UCI… Y todavía estoy con la quimio. Pero me gustó tanto la experiencia de escribir que me dediqué a fondo.
Nos dijeron que el periodismo debe salir a la calle, acudir al concreto lugar donde se produce la noticia, pero hoy la mejor manera de contar la vida pública española exige guardar una higiénica distancia del Congreso. De allí no sale una verdad ni por orden del Tribunal Supremo. Y como este miércoles no pude asistir a la sesión de control, seguramente estoy en disposición de interpretar mejor la realidad política que cualquiera de los sufridos compañeros que aún creen que personarse en el epicentro del infundio parlamentario forma parte de sus obligaciones profesionales.
El abrazo entre los diputados de Junts y ERC en Madrid tras la aprobación de la Ley de Amnistía podría repetirse en Barcelona la noche del 12 de mayo, y esa es una clase de reconciliación que entristece a Salvador Illa. Y ni siquiera hará falta que se abracen bajo forma de coalición para volver inútil una posible victoria del PSC: basta que Junts amenace con boicotear todas las votaciones en el Congreso si el poder en la Generalitat se lo reparte Illa con ERC, clausurando de facto la legislatura sanchista. ¿Se conformarían los neoconvergentes con recuperar el Ayuntamiento de Barcelona? ¿Qué cabeza propiciatoria rodará antes para satisfacer el próximo chantaje del prófugo, la de Collboni, la de Illa o ambas? ¿Veremos a don Salvador vender en campaña muy serio el retorno a la gestión mientras en Suiza la cúpula de su partido trama el referéndum con Puigdemont? ¿Se encamina el PSC a otro triunfo melancólico con tal de que el derrotado en las generales de julio conserve su puesto? Son preguntas que atormentan las noches de nuestro filósofo de la normalización pese a que de día, en los campanudos mítines con Pedro, debe fingir que se siente lealmente acompañado.