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Evo Morales inaugura la temporada turística

Mientras escribo, el Air Force One de Evo Morales está repostando en Canarias, para que luego digan que estamos perdiendo atractivo turístico. Los temperamentos más pacatos habrían preferido una inauguración de la temporada estival menos aparatosa, pero con esto de la globalización hay que jugar fuerte si se quiere competir, nos dicen los autores de quién se ha llevado mi queso y otros prontuarios urgentes sobre management y sexo angelical. El presidente boliviano ha desechado sucesivamente destinos tan apetitosos como Francia, Italia y Portugal, y desde luego podemos considerar la elección de Gran Canaria por parte del líder cocalero como un magnánimo aval con el que la república hermana de Bolivia viene a subrayar el optimismo económico decretado esta semana por Montoro y Rajoy en el Congreso.

Circula sin embargo una versión alternativa sobre las circunstancias que han motivado el aterrizaje canario de Evo; una versión desde luego menos halagüeña con nuestra condición de potencia turística, pero completamente alineada con nuestra condición de metrópoli venida a menos. Y es que al parecer Evo Morales ha aterrizado en España porque los países europeos antecitados sospecharon que su aparato llevaba de polizón a Edward Snowden, que es como llevar a bordo al creador de las preferentes, de la estrategia de Afinsa y de los anuncios de Media Markt todo en uno. El tío más buscado del planeta, oigan, nada más que por marcarse un capitán Renault de manual: «¡Qué escándalo, Estados Unidos espía!»

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3 julio, 2013 · 19:32

Hasta siempre, comandante

La Parca bolivariana.

La Parca bolivariana.

[Reproduzco, por debilidad sentimental, la última columna que publiqué en la contraportada de La Gaceta un  jueves 7 de marzo de 2013, escrito la víspera de que entrara en vigor la huelga indefinida que acordamos los trabajadores en protesta por el impago de cuatro nóminas. Poco después la empresa suprimió el blog en el que durante años yo había ido archivando mis artículos. Ya no volvería a escribir en ese periódico]

«Aprendimos a quererte, / desde la histórica altura / donde el Sol de tu bravura / le puso cerco a la muerte». Hasta siempre, Comandante, le canta con Carlos Puebla el lacrimoso orfeón de orfandad bolivariana desde la tierra del petróleo ingente que sufragó la última gran novela de dictador, género que no cesa nunca en Sudamérica. Hugo Chávez no era el golpista, el militar tronado, el presidente sospechosamente electo, el logomáquico gorila acallado por el rey de su ex colonia: qué prosaísmo el del periodismo que lo juzgará con tal inobjetable exactitud, ciertamente. Uno, no siendo víctima suya, lo circunscribió a las tablas de la ficción que interpretó mientras existía y no lo piensa bajar de ahí ahora que ha caído el telón tumefacto de su vida.

Hugo Chávez no era un hombre real, de carne y hueso. Por eso me indignó tanto aquella portada de El País: porque nos presentaba a un Chávez en exceso biológico, violentamente desmilitarizado por la enfermedad, humanizado por un tubo. Para mí Hugo Chávez era un personaje genial, era Tirano Banderas, el coronel que siempre tenía quien le escribiera, el supervillano remanente de la Guerra Fría, el chivo en su fiesta televisiva, la reencarnación épica de Jesús Gil, el prohombre de bronce que se arranca del tremendo caballo erigido en el parque y se pasea por una cumbre internacional como un presidente contemporáneo cualquiera, o que reserva toda una planta del Villa Magna como si las estatuas ecuestres necesitaran descansar.

Aprendimos a quererle no –imposible– como se quiere a las personas, sino como se celebra a los héroes y a los antihéroes de las series de televisión menos complacientes. Los noticiarios sacaban un corte de sus palabras en televisión y el mando se negaba a cambiar de canal, magnetizado por aquella retórica novelesca, improbable, narcótica. No podía ser verdad, no podía existir alguien así en este mundo de burócratas aburridos que nos siembra la peligrosa semilla de la expectativa mesiánica. Era una suerte poder contar con Chávez como archibufón del planeta mediático, y no confiamos en que Beppe Grillo sea capaz de suplirle porque Grillo, con todos sus monólogos de cómico nihilista, nunca se pondrá delante de la televisión a anunciarle al pueblo, íntimamente con en revolucionaria comunión, que le ha comprado a los rusos unos cohetitos capaces de llegar a Washington, donde mora la bestia yanqui entre géiseres de azufre. No es posible que un antisistema declare algo así, porque el antisistema cree luchar por el futuro, mientras que Chávez luchaba abiertamente por el pasado.

Si puede haber paz para los febriles, alucinados, indesmayables hijos bastardos de Bolívar, descanse en ella al fin el penúltimo ectoplasma de la Revolución.

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