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La verdad indiscutible sobre Mike Tyson

¿Dónde estás, inocencia?

¿Dónde estás, inocencia?

Spike Lee se ha especializado en el biopic de negros que destacan. Como él mismo es un destacado cineasta negro, todos esperamos que un día cierre el círculo de la negritud sobresaliente biografiándose a sí mismo en la gran pantalla. Mientras eso sucede, su próximo proyecto consistirá en adaptar para la HBO un monólogo titulado “Mike Tyson. La verdad indiscutible”, con el que el propio ex campeón de los pesados venía recorriendo los escenarios norteamericanos como otro toro salvaje aceptablemente redimido por el show business.

La verdad indiscutible sobre Michael Gerard Tyson (Brooklyn, 1966) establece que fue el boxeador más salvaje de todos los tiempos, la fuerza menos humana que jamás se haya desencadenado sobre un ring. Otros ha habido más técnicos, más estéticos, más rápidos, más resistentes, más invictos, más ricos, desde luego más inteligentes. No parece posible superar el palmarés de Sugar Ray Robinson; nadie pudo vencer a Rocky Marciano; Alí es el más grande por una carismática confluencia de todas las virtudes pugilísticas. Pero nunca un hombre ha inspirado tanto miedo a otro hombre (entrenado a su vez para dar miedo), nunca nadie ha prendido tan justificadamente el escalofrío del pánico en el alma de sus víctimas como Mike Tyson, el noqueador más terrorífico de todos los tiempos.

Tyson se crió en Brownsville, la zona más deprimida y deprimente de Brooklyn, las peores calles de entre las malas calles neoyorquinas de los setenta. Era un niño acomplejado por el sobrepeso del que abusaban los trapichas adolescentes. Cuando le quitaban las gafas para jugar con ellas, el pequeño Mike huía aterrorizado ante la sola posibilidad del enfrentamiento físico; pero más tarde, una vez conjurado el peligro, le embargaba la humillante resaca de rabia que deja la impotencia. Se aficionó a las palomas, que adquiría con el dinero que hurtaba al vecindario. Un día, uno de aquellos chavales mayores que él le robó un pájaro, y cuando Mike le persiguió suplicando que se lo devolviera, aquel insensato se volvió hacia su perseguidor, le mostró la paloma apresada entre las manos, con un brusco movimiento le retorció el pescuezo al animal y arrojó a los pies de su dueño el cadáver todavía caliente. Un incendio que ya no se apagaría se declaró en el interior de Michael: se abalanzó sobre el colombicida y le propinó la primera paliza de una vida generosísima en palizas. “Supe que nunca más tendría que preocuparme de que alguien se metiera conmigo”, confiesa sollozando como un niño de 40 años en uno de los documentales que más tarde han dedicado a su leyenda.

Con una madre que nunca escondió en casa su decidida apuesta por la promiscuidad, un padre que la había abandonado antes de que él naciera y semejante hábitat callejero, el único sentido de pertenencia que Brooklyn podía proporcionar a Mike nacía al calor de la delincuencia púber. Se unió a los pandilleros y abrazó una resuelta carrera de ladrón y de camello. El campeón de los pesados más joven de la historia fue precoz en todo: a los 12 años acumulaba tantos arrestos –sumaría 38 detenciones a los 13, todo un récord- que fue internado en un correccional.

Y allí empezó a cambiar su previsible destino de escoria social. El monitor Bobby Stewart organizaba peleas para desahogar a la conflictiva muchachada y Mike le pidió que le enseñara a boxear. Stewart vio disposición en aquel chaval precozmente maleado que deseaba resarcirse de las burlas cosechadas por su obesidad y su ceceo. A los pocos meses, Stewart pasó a su prometedor alumno a Cus D’Amato, mánager profesional y verdadero mentor del fenómeno Tyson. D’Amato lo sacó del reformatorio y lo acogió en su casa, le programó entrenos exigentes, le habló de la disciplina y de la paradójica espiritualidad que exige la práctica del boxeo, lo convirtió en púgil amateur y cuando su pupilo estuvo listo para la categoría profesional, satisfecho del deber cumplido con el noble arte de las dieciséis cuerdas, se murió. De esa orfandad ya no se repondría nunca el joven Tyson. D’Amato le había procurado de la nada una autoestima indudable, basada en la potencia letal de sus puños, y cuando faltó volvió a rondarle el desamparo imborrable del gueto.

Cus le había cogido con 15 años y había tutelado sus primeras victorias. En la olimpiada juvenil de 1981, Tyson se apuntó un récord que todavía no le ha sido arrebatado: noqueó a su rival en ocho segundos. Batió en el primer asalto a todos los demás con los que se enfrentó aquel año, que acabó con 21 victorias por una derrota. Siguió fogueándose y dando que hablar en combates amateur hasta que llegó su debut en el profesionalismo en 1985, año de la muerte de D’Amato. En los meses siguientes ganó 27 combates, 25 de ellos por K.O., 15 de ellos en el primer asalto. En noviembre de 1986, con 20 años y cuatro meses, su nuevo y codicioso promotor Don King le considera preparado para el gran desafío: la pelea por el título mundial de los pesados contra el campeón Trevor Bervick. Bervick había vencido en 1980 a un Alí en franca decadencia que esa noche no quiso perderse la velada: subió al ring antes de comenzar, se acercó al aspirante Tyson y le dijo al oído: “Véncele por mí”. Fue un hermoso gesto de cesión dinástica. El heredero no necesitó completar el segundo asalto para ocupar el trono.

“Estuve dos semanas sin quitarme el cinturón para nada. Iba a comprar el pan con el cinturón puesto”, confesaría Tyson, que asimismo declaró haber combatido aquel día bajo los efectos quemantes de una gonorrea contraída por mediación de una fulana y no tratada por la vergüenza que le daba contárselo al médico. Tyson había infringido así uno de sus preceptos: practicar la abstinencia total hasta ser campeón. Entre los 13 y los 20 años había soñado con el título cada noche, estudiando una y otra vez la completísima videoteca de boxeo de D’Amato, memorizando los estilos de los grandes campeones y practicándolos sin descanso. Cuando alcanzó la gloria tan oscuramente deseada, la exprimió a fondo. “Todas las mujeres quieren estar con el campeón”. Por su incontinencia sexual le acabaría sobreviniendo la ruina, pero antes tuvo tiempo de marcar una época sobre el cuadrilátero: la última edad de oro del peso pesado.

La bestia desatada.

La bestia desatada.

“Mi trabajo consiste en hacer el máximo daño posible. Y como tengo un defecto pulmonar de nacimiento, sé que mis combates no pueden alargarse demasiado”. Estas dos premisas resumen el historial de nocauts más estremecedores que cabe datar en todo el siglo XX. Tyson era un boxeador más bien bajo para su categoría, pero la velocidad, precisión y potencia de sus golpes no se habían visto hasta la fecha. Jamás especulaba: salía a matar. Algo criminal, una pulsión de revancha contra el mundo ardía dentro de él alentando una ferocidad mineral, infrahumana, desagradable incluso para la sensibilidad encallecida de los más fervientes aficionados al boxeo, que como escribió Manuel Alcántara es el único deporte que no es un juego. De no ser por la intervención de los árbitros, varios de sus rivales habrían muerto sobre el ring. Los golpes curvos de Mike Tyson, sus fulminantes series de ganchos y crochés retumbaban sobre la carne de la cara o del cuerpo del adversario como la pisada del tiranosaurio en el vasito de agua. El público deliraba de excitación sólo con verle en la esquina esperando el primer campanazo, como el depredador que mira a la cabra al otro lado de una reja que están a punto de levantar.

Mike Tyson dominaba además el arte del amedrentamiento: antes de empezar el combate, cuando los púgiles se emparejan cara a cara para recibir las advertencias del árbitro, el campeón fijaba una mirada deshumanizada en su oponente, le trasmitía la imagen precisa del terrible dolor que estaba a punto de sufrir hasta que el aspirante no aguantaba más y desviaba la vista. Entonces Tyson sabía que ya había ganado la pela, que el rival se le había entregado presa de pavor, y cuando ya lo había noqueado se detenía un momento mirando al árbol caído con desprecio y luego volvía a la esquina con la mirada vacía del burócrata que ha concluido su jornada laboral. Como si, efectivamente, Hannah Arendt tuviera razón y el mal casara perfectamente con la banalidad.

Pero el éxito y la fortuna no contribuyeron a amansar a Mike Tyson. Pese a su matrimonio con Robin Givens –a la que se empeñó en conocer tras ver una película suya en televisión-, se abandonó a la vida crápula que tanto como el alcohol, las drogas o el sexo extramarital fomentaba una inevitable camarilla de parásitos aduladores. Tras el divorcio cantado, Tyson aún se abandonó más. Ya no se preparaba los combates, aunque los ganaba por la inercia de su pegada descomunal. En 1990 se enfrentó a James Douglas: las apuestas estaban 42-1 a favor de Tyson. Douglas llegó a besar la lona pero se recuperó y contra todo pronóstico noqueó al desentrenado campeón en el décimo asalto. Tyson se curó la humillación ganando en forma aplastante las tres peleas siguientes del calendario. Pero el concurso de Miss América Negra se interpuso entre su frágil disciplina y sus bestiales instintos. Él declaró que nunca llegó al extremo de violar a aquella Desiree Washington, pero el testimonio de la joven dio con los huesos del campeón en una cárcel de Indiana donde cumplió tres años. Allí se convirtió al islam, como antes hicieran Alí o Malcolm X, pero Tyson no sólo no halló la paz en la religión de Mahoma sino que constató asustado que empezaba a volverse a loco, a mantener furiosos diálogos consigo mismo. Un vagamente articulado rencor hacia su país le acabó persuadiendo de la necesidad de tatuarse a Mao en el brazo derecho y al Che en el costado izquierdo.

El mismo día que salió del talego acudió a rezar a la mezquita más cercana y convocó a los medios para anunciar que volvería a pelear. Once meses después había recuperado el título de los pesados y la gloria pugilística parecía refluir mansamente hacia él, pero otro negro muy fuerte había surgido para enseñorearse del escalafón en su ausencia: Evander “Real Deal” Holyfield. El choque de cercanías era inevitable. Se le llamó “Finally” y se produjo en Las Vegas el 9 de noviembre de 1996. Tyson perdió por K.O. técnico en el undécimo asalto pero había recibido varios cabezazos antirreglamentarios de su contrincante y por ello se acordó una revancha al año siguiente. Fue el famoso episodio de la oreja, ustedes lo recordarán. En respuesta a los tramposos cabezazos del defensor del título, Tyson le arrancó de un mordisco un pedazo de oreja por la que perdería la pelea, tres millones de dólares en concepto de daños y perjuicios y la licencia de boxeador.

La decadencia del legendario campeón estaba lanzada pero King Kong aún se resistió a caer del todo. Recuperó la licencia en 1998 y ganó media docena de peleas fiado al terror que todavía suscitaba en sus rivales. Pese a que le había abandonado aquella velocidad de relámpago seguido de trueno y de catástrofe natural, conservaba la pegada, que dicen que es lo último que pierde un boxeador. El polaco Golota se negó a dejar la esquina al comienzo del tercer asalto después de haber besado la lona y casi perdido un ojo en los dos primeros. Realizó su último y desesperado intento por recuperar el cinturón de los pesados en 2002 ante Lennox Lewis, que dominó la contienda de principio a fin. Tyson ha confesado después que a esas alturas ya solo peleaba por la bolsa, pues su mala cabeza y los manejos desleales de su promotor Don King –que recibió la visita intempestiva de su descontento cliente y de ahí salió directamente en camilla hacia el hospital- habían consumido una fortuna de 300 millones de dólares y tenía siete hijos de diversas mujeres que mantener. ¿Y quién se atreverá a advertir menos dignidad en el mercenario que se deja apalizar por llevar el sustento a su familia que en el arrogante hércules que se compara sin rebozo con los gigantes inmortales de su disciplina?

El ídolo caído.

El ídolo caído.

Su último combate tuvo lugar el 11 de junio de 2005 contra un barrendero irlandés llamado Kevin McBride. Tyson dio en la báscula 105 kilos de carne avejentada y macilenta. Perdió, claro. Y cuando los periodistas le rodearon para preguntarle por qué consentía manchar así su leyenda, Tyson se derrumbó y con los ojos secos y su voz de niño habló con una honestidad tan brutal, tan hermosa como su pegada perdida: “Ya no amo este deporte. Siento decepcionar así a la gente. No puedo seguir así, perdiendo contra boxeadores de esta categoría. Hace tiempo que solo peleo para pagar facturas. Al salir al ring pienso en mis hijos, no en los tipos con los que me enfrento. No combatiré más. Ya encontraré algo que hacer”.

Mientras lo encontraba, atendió solícito el canto de sirena de las drogas, por cuya posesión y consumo fue multado repetidas veces y finalmente sancionado de nuevo con la cárcel. Poco a poco, a lo largo de estos últimos años, ha luchado por su rehabilitación civil. Ha protagonizado cameos en cine, se ha empleado como showman, ha impartido charlas y conferencias ofrendando la autoparodia de su carne exhausta como única lección de vida, como el viejo salmón que muere cuando ha terminado de nadar contracorriente y alimenta con sus restos a las crías. Parece haber hallado cierta paz familiar, cierta dignidad profesional en el mundo del espectáculo, donde ahora se presentan Spike Lee y la HBO para ayudarle a consolidar su quebradiza senda de redención. Pero Mike Tyson, el boxeador más brutal de todos los tiempos, nunca estará pacificado del todo. En su alma dantesca seguirán huyendo de los demonios del lumpen las palomas mensajeras que llevan al cuello el mensaje confuso de una ira sorda que no se apaga y que no tiene destinatario ni razón de ser, del mismo modo que Tony Soprano no comprendía por qué los patos abandonaron para siempre su piscina.

(Publicado en Suma Cultural, 14 de julio de 2013)

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La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

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8 julio, 2013 · 14:43

Las peleas con la luz de Paulo Coelho

No es nada fácil entrar en una casa que no contenga una obra de Paulo Coelho. Usted entre en una casa española, australiana o israelí y repase con aprensión los anaqueles; no pasarán diez minutos antes de que tope con el título inevitable: El Alquimista. Los libros de Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947) llegan a las estanterías domésticas de todo el planeta con la naturalidad con que el polen se posa en las mucosas de los alérgicos. Yo mismo no estoy seguro de no poseer al menos una obra de Paulo Coelho, y esa duda terrible me sobresalta en las noches calurosas, despierto empapado en sudor y ya no vuelvo a conciliar el sueño hasta que he completado un escrutinio feroz de mi biblioteca.

Como para cualquier fenómeno de orden místico, Coelho ofrecerá seguramente una explicación paranormal que agote las causas de este éxito siniestro: 140 millones de libros vendidos en más de 150 países, traducidos a 73 lenguas. Quizá un guerrero de la luz introduce subrepticiamente sus volúmenes en nuestras casas y luego a fin de mes despacha los albaranes con el escritor en el interior de una gruta amazónica. Pero lo más escalofriante no es que a Coelho le traduzcan y le compren: es que además le leen. Todo el mundo conoce a alguien que ha leído El Alquimista. Mi novia, sin ir más lejos. Si le pregunto por qué, no sabría responderme. De nuevo topamos con lo inefable.

El día más feliz en la vida de Coelho no fue cuando terminó el Camino de Santiago en 1986, experiencia de la que saldría su primer libro –del mismo modo que al resto de los mortales nos salen ampollas–, titulado Diario de un mago. Ahí ya apuntaba maneras esotéricas. Pero de este relato de peregrinaje vendió poco, y sólo andando el tiempo, convertido ya en estrella despelujada de la autoayuda mística, aquella ópera prima le granjearía la Medalla de Oro de Galicia y el nombre de una rúa en pleno Santiago, que son dos dignidades con las que yo fantasearé toda mi vida. Tampoco la Legión de Honor gabacha le resarció de su juventud penosa y sus sueños de ambición. A él lo que de verdad le hizo feliz fue entrar en la Academia Brasileña de las Letras, porque sabía que pese a sus millones de libros vendidos y de dólares ganados, a la crítica nunca había conseguido engañarla. Un crítico que lee esta frase: “¿Cómo entra la luz en una persona? Si la puerta del amor está abierta”, sólo tiene una manera digna de reaccionar: vomitando. No obstante, para vomitar aun los críticos más frugales necesitan alimentarse tres veces al día, y cuando el éxito obsceno entra por la puerta, el escrúpulo académico sale por la ventana. La vergonzosa claudicación se produjo en 2002, con los huesos de la pobre Clarice Lispector centelleando de cólera en el cementerio judío de Cajú.

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1 julio, 2013 · 15:01

Tony Soprano a las puertas del Cielo

Se rodaron varios capítulos alternativos para el cierre homérico de Los Soprano. Acaba de rodarse el definitivo y sí, al final Tony Soprano también muere. En la capital de Italia y de paro cardíaco, quizá a causa de su glorioso sobrepeso, contrapartida paradójica de un minimalismo gestual de actor-iceberg, con una torrentera de emociones apuntadas en la comisura de los ojos; quizá a causa de los seis cafés diarios que confesó tomar en esta reunión didáctica con los alumnos del Actors Studio. En aquella ocasión, el entrevistador le dirigió una última pregunta hoy escandalosamente significativa:

-Llegas a las puertas del Cielo. ¿Qué te gustaría que Dios te dijese?

-«Ponte al frente de esto, que tengo que salir un momento». ¡Pensad en las posibilidades!

Desde que supimos de tu muerte no hacemos mas que pensar en ellas, sí. Que el regazo terapéutico de la doctora Melfi te haya acogido en su consulta eterna, amén.

Jennifer Melfi y Tony Soprano: el mejor dúo de la historia de la televisión.

Jennifer Melfi y Tony Soprano: el mejor dúo de la historia de la televisión.

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Mantengan sus máquinas por debajo de los 233 °C

Me pongo a escribir cuando acaba de anunciarse el logro de células madre embrionarias a partir de un adulto; o sea, la Piedra de Rosetta de la clonación terapéutica. Representa, por supuesto, una noticia trascendental. La ciencia avanza que es una barbaridad. Los científicos, claro, se muestran orgullosos, pero es un orgullo que nuestra tecnificada sociedad de consumo tiene vedado a los humanistas. Sencillamente porque los humanistas van quedándose sin público ante quien enorgullecerse.

El admirable paradigma del hombre del Renacimiento, dominador de las ciencias tanto como de las letras, cuyo privilegiado enciclopedismo pudo datarse aún en los albores del siglo XX –pienso por ejemplo en el doctor Marañón-, hoy no sólo no es plausible sino que además resulta indeseable. ¿Para qué sirve un físico que haya leído a los clásicos grecolatinos? Únicamente para escribir artículos que solo leerán otros físicos que se preguntarán para qué sirve leer a los clásicos grecolatinos. Si aplicamos esta lógica rasa de un debelador pragmatismo a la universidad obtenemos como resultado el Plan Bolonia, que garantizará la extensión y la profundidad de la ignorancia humanística por toda Europa, donde ayer nacieron el Renacimiento y la Ilustración. La consecuencia la refleja el mercado con su inclemencia habitual: los licenciados de letras se mueren de hambre.

Y la cosa no queda ahí sino que, gracias a la perversa noción de gratuidad que ha instaurado Internet, irá a peor. Pero si vamos a ponernos distópicos, invoquemos a un profesional. ¿Quién no recuerda la siniestra cota de temperatura a la que arde el papel desde que Ray Bradbury la usara como título de su descorazonadora novela? Pues sí: los libros arden exactamente a 451 grados fahrenheit, lo que equivale a 233 grados Celsius. Pero Bradbury no era un bestsellerista de ciencia ficción. Su estilo seco, limpio y preciso, capaz de originales estallidos de adjetivación, no ofrece historias exóticas para aliviar las ganas de evasión del personal, que también, sino que ante todo le participa una preocupación inquietante por el reverso tenebroso que una tecnología desembridada depara a una comunidad teóricamente feliz.

La celestial Julie Christie en la adaptación cinematográfica hecha por Truffaut.

La celestial Julie Christie en la adaptación cinematográfica de Truffaut.

Esa novela emblemática de 1953 en que los bomberos queman libros por orden del gobierno para prevenir toda emergencia de espíritu crítico en sus gobernados es el desarrollo de un relato previo titulado “Los desterrados”, incluido en un volumen de cuentos que Bradbury publicó en 1951 bajo el título de El hombre ilustrado. El relato sitúa en Marte a un puñado de escritores clásicos que se han exiliado porque en la Tierra se ha decretado la quema general de todos los libros; cuando el último ejemplar de un autor se consume, ese autor queda simétricamente reducido a cenizas ante los ojos horrorizados de sus colegas de exilio. Edgar Allan Poe trata de liderar una revuelta contra los bárbaros autos de fe de los terrícolas, que acaban de amartizar para seguir quemando libros en el planeta rojo. Poe se persona en casa del huraño Dickens para pedirle apoyo:

–Hace un siglo, en la Tierra, en el año 2020, proscribieron nuestros libros. Oh, algo horrible. Destruir así nuestras obras… (…) Hemos pasado un siglo entero en Marte, esperando que la Tierra se ahogara a sí misma con el peso de sus sabios, y las dudas de sus sabios. Y ahora vienen a arrojarnos de aquí, a nosotros y a nuestras tenebrosas creaciones, y a todos los alquimistas, brujas, vampiros y espectros que, uno a uno, se retiraron al espacio. La ciencia infestó la Tierra, sin dejarnos finalmente más salida que el éxodo. Ayúdenos, señor Dickens. Habla usted con mucha elegancia. Lo necesitamos.

El cuento acaba mal, como exige la distopía fetén. En ese mismo volumen Bradbury nos habla de estereoperiódicos montados sobre un casquete que pasa de página cada tres parpadeos; de casas inteligentes cuyas mesas segregan el desayuno ya preparado; de una esposa amantísima que para demostrar amor a su marido astronauta desconecta, la víspera de cada viaje interestelar, todos los aparatos y le cocina por sí misma, lo que sugiere un interesante silogismo: a más primitivismo, mayor humanidad. Recorre el libro una desconfianza cerval hacia la tecnología, igual que en la odisea espacial de Arthur C. Clarke. Cuando la ciencia infesta la Tierra, dice Bradbury, fuerza el exilio del humanismo, no admite mezclarse con él como propugnaba la vieja Ilustración. La epigenética incorporará evoluciones físicas adaptadas al nuevo medio enteramente audiovisual: quizá nos crezcan los ojos y los oídos y se nos afinen las yemas de los dedos y perdamos del todo la habilidad verbal. Y entonces ni siquiera resultará descifrable un texto de Bradbury que permita a un futuro lector improbable murmurar: “No podemos decir que no nos lo advirtieran”.

(Revista Leer, número 243, Junio 2013)

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11 junio, 2013 · 14:36

La farsa perpetua de Yoko Ono

¿Abuelita entrañable o se trata de otra performance?

¿Abuelita entrañable o se trata de otra performance?

Hace unos días el nombre de Yoko Ono saltó a los teletipos españoles, siempre portadores de desgracia pero quizá demasiado tiempo a salvo de tan insidiosa presencia. Todos hemos coreado en el fragor de alguna báquica despedida de soltero eso de “¡La culpa de todo la tuvo Yoko Ono!”. Se trata de un himno dolorido y acusatorio en protesta por la separación de los Beatles, que probablemente no necesitaban la intromisión de una artista conceptual japonesa para justificar el completo hartazgo que se profesaban unos a otros a esas alturas de éxito desaforado. Lo inobjetable es que Ono firmó su mejor obra el 20 de marzo de 1969, día en que se casó con John Lennon en Gibraltar, dejando el listón del braguetazo internacional tan lejos del suelo que solo Tita Cervera pudo superarlo años después. Se calcula en 800 millones de dólares la fortuna amasada por la heredera única del mítico cantante tiroteado por un lector excesivamente identificado con los desequilibrios de Salinger.

–En este momento, algunas personas están tratando de hacer dinero fácil, y mientras tanto arruinan el futuro de este país, mediante una cosa llamada fracking.

Así de seria se muestra Yoko Ono en la página de la asociación AAF (Artists Against Fracking), que la contestataria nipona lidera y que reúne a celebrities como Robert De Niro, Alec Baldwin, Lady Gaga o Susan Sarandon. Todos ellos extremadamente preocupados por el dichoso fracking o fractura hidráulica, una técnica de explotación del gas natural embalsado bajo tierra mediante agresivas inyecciones de productos tóxicos que contaminan el suelo y liberan gases de efecto invernadero. Si hay algo que aborrece una estrella de Hollywood, aparte de los inspectores insobornables de timbas nocturnas, son precisamente los gases de efecto invernadero, como es sabido. El filisteísmo de las compañías de fracking causó en Yoko Ono un insomnio atroz, resistente incluso a la dulce melodía de Imagine, de modo que se puso al frente de la AAF, los ecos de cuya actividad soteriológica han llegado recientemente hasta Europa Press.

¿Es el activismo la manera que encontró Yoko Ono de combatir la condición descaradamente vicaria de su prestigio artístico? Todo apunta a que sí. La oriental señora de Lennon pasará antes a la historia del arte por recibir el abrazo corito de su cónyuge en aquella portada de álbum que por la pieza EX-IT que se exhibe en el calatrávico vientre de cetáceo valenciano o Ciudad de las Artes y de las Ciencias. Uno no es un experto en música y es justo consignar la buena acogida que entre la crítica especializada merecieron algunos de sus discos, sobre todo los de los noventa, libres de la inevitable sospecha acerca de su valía personal que lastraba los trabajos realizados en colaboración marital. Con esa inquietud renacentista propia de una sacerdotisa de la vanguardia –algo que en La Mancha resumirían así: “No te digo ná y te lo digo tó”–, Ono también editó libros de dibujos y películas de arte y ensayo, siempre exponentes del más desatado experimentalismo. “Llegó a componer canciones que sólo existían en su mente, organizar conciertos en que el público tenía que imaginar por sí mismo la música que oía”, reza la Wikipedia, sin añadir la coda que sería de esperar: “Y ese mismo público fue luego el que acabó fundido con la lava de un volcán por el que se tiraron formando una ordenada comandita milenarista, tras donar sus ahorros al fundador”.

Lo presumible es que Yoko Ono, al averiguar en un día epifánico que no tenía talento, se pasó primero al conceptismo críptico para disimular la carencia y se entregó luego al activismo de progreso para seguir disimulándola sin perder plaza en el candelero de la cultura pop. La farsa perpetua, o sea.

Confesemos de una vez que no nos cae simpática Yoko Ono como no nos cae simpático el farsante en general y el artístico en particular. Sucede que el lenguaje de la crítica artística se ha encriptado hasta tal punto –un fenómeno muy parecido al que experimentó el lenguaje financiero, y con idénticos fines: la estafa a través del eufemismo– que el público se halla en un completo estado de indefensión frente a los abusos que se perpetran periódicamente en santuarios bufos como ARCO, que llamándose ferias usurpan la honestidad del título a eventos tan sinceros como la feria vacuna de Torrelavega, donde a las piezas se les puede mirar el diente para que no le timen a uno. No todo el arte contemporáneo es estafa, el arte contemporáneo es procesual y consagra antes la experiencia que el objeto, lo conceptual se dirige a la conciencia antes que a los sentidos, etcétera. Lo sabemos. Pero para protestar contra la guerra, Picasso pintó el Guernica. Para protestar contra el fracking, Ono monta una asociación y llama a los colegas. Que es lo que hace cualquier presidente de comunidad de vecinos.

(Publicado en Suma Cultural, 19 de abril de 2013)

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El coherente martirio del cantautor llamado Rodríguez

¿Por qué nos fascina la figura del músico Sixto Rodríguez que el oscarizado documental Searching for Sugar Man acaba de propulsar a los anaqueles más altos del culto pop? ¿Es su biografía o la perfección mítica de la historia -la búsqueda y hallazgo del genio perdido- lo que nos cautiva? ¿Es cierto eso de que el tiempo acaba canonizando a los mejores, que la impostura no se puede sostener, que el talento termina reclamando por sí solo su justo podio? ¿Son los estragos de la publicidad imprescindibles para fundamentar lo mismo una fama que un desprestigio, incluso que un cronopio? ¿Quién es el genio real, el héroe o su exégeta: Belmonte o Chaves Nogales, Aquiles u Homero?

Desde que vi la película no puedo dejar de escuchar las canciones de Rodríguez (Detroit, 1940), cuya efímera carrera musical se ciñe a dos discos, Cold Fact (1970) y Coming from Reality (1971), tan notables en su estricta aportación musical y literaria como estrepitosamente orillados por las mieles del éxito industrial. Con una poderosa excepción: la aldea sudafricana, que se mantuvo extraña e irreductiblemente fiel a las canciones de aquel desconocido cantautor folk de resonancias hispanas y procedencia yanqui hasta elevarlo a la categoría de Bob Dylan del apartheid en una era aún previa a la globalización digital. Rodríguez es, efectivamente, un letrista excepcional y un melodista de primer orden, una apostura icónica y una voz barrial más honesta aún que la de Springsteen. “Lo tenía todo para triunfar”, repiten una y otra vez en la película. Y sin embargo el tipo nacido para superestrella ha vivido como albañil en Michigan toda su vida, ajeno al éxito acotadísimo que cosechara en Sudáfrica, compatibilizando su curro en la obra con la licenciatura de Filosofía, la crianza de tres hijas y una frustrada carrera política por el ala izquierda, como corresponde a todo cantautor protesta que se precie. Ahora es famoso, claro, y aún sale de gira por ahí, pero el hecho cierto es que ya es tarde; que el éxito merecido le ha llegado cuando ya no podía disfrutarlo, y que su historia apuntala con extraña singularidad todas las dudas planteadas en el primer párrafo.

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12 abril, 2013 · 13:09

Oscar Wilde fue un hombre santo

Cuando visité el inevitable cementerio parisiense de Père Lachaise, una de las cosas que más me sorprendió fue el abigarrado mosaico de besos femeninos –o masculinos– estampados a golpe de pintalabios sobre el granítico monumento funerario bajo el que reposaba Oscar Wilde, a quien sus delicuescentes narraciones nunca me habían empujado a considerar un icono pop. Tras leer la excelente selección de sus ensayos realizada por Lumen y titulada, misteriosa pero atinadamente, El secreto de la vida, entiendo perfectamente la pasión y gratitud contemporáneas que sabe despertar este pionero de casi todo, en quien tantos veneran al protomártir de la causa gay o a la encarnación insuperada del dandismo y a quien, sin embargo, haríamos un gran favor juzgándolo estrictamente por sus escasas y siempre lúcidas palabras, cuya exigencia ética y estética no puede chocar más con los melifluos programas de la posmodernidad, la propia democracia y la cultura popular.

El juicio que emerge del descubrimiento del Wilde ensayista –con razón, el editor Andreu Jaume asigna al género de la reflexión lo más perdurable de la obra wildeana– consagra, paradójicamente, la asombrosa coherencia intelectual del rey de la iconoclastia finisecular y la hondísima sensibilidad moral del mayor réprobo de la era victoriana, condenado en sede judicial por sodomía y encarcelado en Reading durante dos penosos años de descenso a los infiernos y redención final. El presente volumen se divide en nueve secciones, incluyendo piezas ensayísticas publicadas como tales en vida del autor, textos periodísticos, una selección de sus afamados aforismos y esa estremecedora confesión a caballo entre el reproche amoroso, la ascesis religiosa y el testamento estético que es De profundis, la obra ya desnuda de adornos que cierra el círculo cabal del pecador justificado.

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6 abril, 2013 · 20:52