Es justo que la Biblioteca Nacional dedique una exposición al hombre más libre de una España de fanáticos. Diez años tenía Miguel de Unamuno cuando vio entrar a las tropas liberales en Bilbao y sintió que su corazón de «niño viejo» cabalgaba con ellas como si fueran contradicciones. En el laberinto de causas políticas y controversias históricas que fatigó el menos cerebral de nuestros intelectuales parece fácil perderse, pero es más fácil encontrarse si tiramos del hilo intacto de su espíritu, que siempre toma partido infalible por el individuo y no la masa, por la dignidad y no la ideología.
Una mañana de principios de los 60 el maestro de esgrima don Afrodisio Aparicio se acercó al velador del Café Comercial donde escribía César González-Ruano. Vencido por los años y por la modernidad, el viejo espadachín regentaba en la calle Echegaray la última sala de armas de Madrid. Se desplomó en la silla y se mesó su bigotazo de mosquetero intempestivo.
Conocí a David Gistau en el mesón Paxairiños de Madrid, un asturiano tradicional de esos que predisponen a la desinhibición de la amistad y a la derrota de todos los eufemismos. Debió de ser hace catorce años, en 2010, yo andaba en la veintena larga y empezaba a ser lo que siempre había querido ser. No poeta ni narrador: exactamente columnista. A Gistau lo había traído al mesón para presentármelo Ignacio Ruiz-Quintano, que lo apadrinó en sus inicios como luego hizo en los míos, pertrechándonos de referencias clásicas (pero olvidadas) del articulismo español. El almuerzo fue un festín dialéctico. Recuerdo que David y yo lo rematamos intercambiándonos los números de teléfono y que esa misma tarde le escribí agradecido, y que me contestó al instante con aquella camaradería tan suya que confinaba con la generosidad. Había conocido por fin al hombre tras la firma que buscaba con avidez en LaRazón y en ElMundo desde mi primer curso universitario. Había contraído con él, con su personalidad impresionada en el folio como el fogonazo atómico que tizna la tapia blanca, una misteriosa sensación de familiaridad. Las columnas de Gistau suponían una ampliación del campo de batalla: yo no sabía que se podía escribir en periódicos de tan irreverente manera hasta que lo leí.
Cuenta Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) que siempre quiso continuar Las máscaras del héroe (1996). Y por fin ha encontrado el tiempo (el París ocupado) y el espacio: nada menos que las 1.600 páginas divididas en dos tomos que componen Mil ojos esconde la noche (Espasa). El primero, La ciudad sin luz, ya desafía desde los escaparates todas las reglas de nuestra época, empezando por la brevedad. «Había un tapón que me reprimía y cuando lo he quitado ha salido todo a chorro».
Si la vida de un alpinista se divide en dos, antes y después de coronar el Everest, quizá tuvo razón Vargas Llosa cuando afirmó que la vida de un lector cambia definitivamente después de ascender La montaña mágica, de cuya publicación se cumple un siglo en este 2024. No siendo formalmente tan revolucionaria como el Ulises, la obra magna de Thomas Mann (1875-1955) pertenece al selecto panteón de novelas geniales que ensancharon drásticamente los límites del arte narrativo en el primer cuarto del siglo XX.
Tiene usted hasta el 25 de febrero para asomarse al jubiloso interior del Teatro Español y llorar de risa con la obra en cartel de Enrique Jardiel Poncela: Es peligroso asomarse al exterior. Tres hombres de la misma familia se enamoran de la misma mujer, enamorada sinceramente de cada uno de ellos. El elenco es formidable y se agradece la evocadora puesta en escena. Jardiel murió arruinado e incomprendido en 1952, pero sabía que una noche cualquiera de 2024 el público seguiría llenando los teatros donde se representaran sus obras. Lo avisó en su epitafio: «Si queréis los mayores elogios, moríos». Combinando el enredo con el absurdo acuñó una fórmula renovadora y duradera, elegante e irreverente a la vez, que administra el humor con unas poéticas gotas de melancolía. Esta comedia se estrenó en 1942, pero las carcajadas que arranca prueban la vigencia del genio madrileño. Hay un palco de honor en el parnaso para los escritores dotados con el supremo don de hacer reír.
Hay quien no sabe envejecer y se lo reprochamos porque nos carga su infantilismo, su negativa ridícula a aceptar la victoria del tiempo, su esfuerzo insensato por parecer lo que no es. Pero luego hay quien no envejece porque sencillamente no sabe cómo se hace. Cómo es eso de abandonarse a la gravedad de la vida adulta, de acartonar el carácter, de congelar la sensibilidad, renunciar a placenteras travesuras y someterse a las convenciones del orden social o a las componendas de la servidumbre laboral. Y a estos segundos los admiramos, porque han conquistado una posición de libertad inexpugnable, defendida contra todos menos contra sí mismos. Siguen viendo al niño victorioso en el espejo.
Emerge Julio Camba (Vilanova de Arousa, 1884-Madrid, 1962) en la historia de nuestras letras como una rareza con el mismo número de padres que de hijos: pocos o ninguno. Del gran estilo decimonónico lo emancipó pronto su rebeldía antirretórica tras algunas tentativas modernistas de adolescencia. Y discípulos no ha tenido (aunque sí voluntariosos imitadores), porque su talento es hijo de una personalidad y una época excepcionales, y permanece incólume como el mosquito en el ámbar. En esa originalidad lleva la recompensa, pues a su periodismo no le faltan lectores un siglo después de haber sido escrito. ¿Cómo es eso posible? ¿Qué mantiene a Camba vivo en lo más alto del canon del articulismo español?