Archivo de la etiqueta: crítica literaria

La bendita levedad del ser

No está claro si La insoportable levedad del ser es una novela ensayística o un ensayo novelado, pero no dudamos de que su condición limítrofe de relato erótico-político sometido a constante glosa filosófica deparó un clásico de la narrativa posmoderna que nuestro Javier Marías habría querido escribir, si Marías pudiera ser Kundera.

Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. Pero ¿qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandonarlo. ¿La persiguió él? ¿Se vengó? No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser.

He aquí el párrafo que da ese famoso título a la novela, título que a su vez lleva desde 1984 (año de la publicación) barnizando de culturalismo los artículos de los columnistas más amigos de la paráfrasis que de la lectura. El campo semántico de la obra entera está surcado con metáforas de peso y ligereza, de liviandad y gravidez, dentro del régimen simbólico que Gilbert Durand llamaría diurno o vertical. Durand fue junto a Northrop Frye uno de los grandes nombres de la mitocrítica, escuela que reaccionó contra los excesos cartesianos del estructuralismo para reivindicar el poder significante de la imaginación. Siguiendo a Jung, Bachelard o Lévi-Strauss, el sagaz profesor Durand sistematizó bajo el llamado «régimen diurno» de la imaginación un esquema de símbolos que se organizan en variedades excluyentes y antitéticas: luz-oscuridad, alto-bajo, fuerza-flaqueza, naturaleza-cultura, etcétera, dicotomías que el imaginario colectivo tiende a situar en ejes de positividad y negatividad. El método de Durand resulta de lo más útil para la crítica iconológica de cualquier obra de arte, y también para fijar eso que llamamos el «mundo propio» de un escritor en función de su preferencia por metáforas luminosas o sombrías, violentas o lánguidas, urbanas o selváticas y así.

El imaginario pesadez-levedad articula simbólicamente la novela dialéctica de Kundera. Los personajes padecen el sovietismo como carga, sueñan con aviones como una liberación, entienden el peso de la persona amada como ese cauce de dominación recíproca que es el acto sexual. Es un texto poco estructurado, que fluye en meandros alegóricos y se embalsa en lagunas de reflexión, y que pasa del tono cenagoso del existencialismo a los burbujeantes rápidos del humor procaz. Pero no se trata de una novela de tesis, sino de tesis (en plural). Al punto de que muchos de los breves y numerosos capítulos en que se divide cada parte del libro podrían funcionar perfectamente como ensayos autónomos, sobre la idea del eterno retorno nieztscheana o la ontología de Parménides de Elea, si bien sus conclusiones acaban reapareciendo luego para interpretar los giros imprimidos al destino de los personajes. Kundera es un novelista-filósofo, como lo eran Unamuno o Pirandello, y nos ofrece las coyunturas dramáticas de sus criaturas no para conmovernos sino para hacernos pensar. La pareja protagonista está formada por una mujer que no sabe responder a la opresión vital de la Praga soviética salvo con la entrega abnegada a su amado Tomás, un médico e intelectual disidente que acredita un coraje ético abstracto enfrentándose al régimen y siendo castigado por ello, pero cuya incapacidad empática lo convierte en un «mujeriego épico», un coleccionista compulsivo de amantes que no puede detener su carrera de infidelidades por mucho que sepa que están destruyendo a Teresa. La pareja de secundarios la forman Sabina, pintora de espíritu libre —tan libre que su propia ligereza acaba condenándola a la incapacidad para el compromiso, al aventurerismo de la traición constante, a la insipidez existencial que da título a la obra— y Franz, que en el picadero de la sofisticada y excitante Sabina se siente liberado de su insoportablemente convencional esposa Marie-Claudie.

Leer más…

1 comentario

6 octubre, 2013 · 13:41

Anzoátegui, o la izquierda de la literatura de derecha

En esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son sólo los demás y no nos dejan nada. El fascismo, ya se sabe, son siempre los demás, y uno puede dejar de fascista a cualquiera con sólo correrse unos centímetros a la izquierda, aunque el pobre fascista en realidad no se haya movido del centro. Todo esto sucede en España desde que la izquierda patrimonializa la industria cultural, quede lo que quede de este oxímoron entrañable. Sin embargo hubo una época felizmente superada en que el fascismo no se limitaba a una acusación vertida para robarle a otro la silla en la tertulia de radio sino que informaba de una condición lealmente asumida, y presumida. En 1934 hubo en Argentina un hombre que antes de cumplir la treintena publicó una obra maestra de la diatriba literaria y que no tenía complejo en empezar un artículo confesando: “Seamos claros: soy nazi”. Se llamaba Ignacio Braulio Anzoátegui y su caso ilustra violentamente el viejo debate de la ortodoxia ideológica del escritor –¿necesidad, irrelevancia o directamente pose?– que enseguida se plantea en los suplementos culturales cuando llega el centenario de primera comunión de un Céline, un Sartre, un Pound, un Hamsun, un Nobel chino o un Foxá al que se niega plaza en el callejero municipal andaluz.

Después de leer sus inmortales Vidas de muertos, uno opina que Anzoátegui era mucho menos fascista de lo que él deseaba. El propio José Antonio, cuando cenaba con Lorca o abrazaba en el hemiciclo a Indalecio Prieto, avergonzaba un poco a sus seguidores menos ilustrados y más ortodoxos. Llevarse la mano a la pistola cuando se oye la palabra cultura es el haz de una frase bárbara cuyo envés arranca en el escándalo igualmente bobo de esta falsa premisa: “¡Cómo Alemania, la nación más culta de Europa, fue capaz de…”. Las naciones no son cultas, lo son sólo los individuos, y hay muy pocos que lo sean de verdad porque cuesta mucho llegar a serlo, ahora con el iPhone más. Una verdadera cultura comporta tolerancia del mismo modo que el analfabetismo prepara la exclusión, del mismo modo que la duda es otro de los nombres de la inteligencia del mismo modo que un millón de dólares invita a la cobardía. Hannibal Lecter es un paradigma imposible.

El principal problema que para su normal desarrollo encontraba el fascismo declarativo de Anzoátegui lo representaba la cultura indisimulable de Anzoátegui. Cuando el nombre de este atrabiliario ensayista argentino salía en las sobremesas top de Borges y Bioy, ambos escritores solían extrañarse de “que una prosa tan violenta tuviera detrás a un caballero tan cordial y educado”, según apunta Juan Bonilla en su magnífica reseña del libro que nos ocupa. Fuera de que en mi (aún corta) experiencia laboral ha constatado con significativa frecuencia esa paradoja –que el columnista más intransigente, incluso orgulloso de su delirio predemocrático, se conduzca cotidianamente como un perfecto caballero y viceversa, que el laico paladín del progreso teórico putee como un miserable a sus colaboradores más cercanos–, el caso de Anzoátegui escenifica un conflicto interior entre el mundo moderno y su credo tridentino de sorprendentes resultados. Porque la prosa de Anzoátegui, estamos seguros, no va a morir fácilmente, y este libro se leerá mientras existan lectores capaces de aislar el placer literario de la calaña mental de su productor.

Si la primera paradoja de Anzoátegui se tensa entre su ideología y su conducta, la segunda paradoja la entablan la forma y el fondo, o el estilo y el prejuicio. Anzoátegui acertó al pulir una fórmula decididamente antirromántica y antirretórica que conserva sus frases restallantes en el formol de la sobriedad conceptista. No sobra nada. Hiere hondo con cuatro palabras («Dijo: «gobernar es poblar» y se quedó soltero»). Le basta un párrafo de plomo lacónicamente graneado para apear de su peana en el parque a la glorias literarias patrias, las mismas que aspiraban a la educación sentimental del pueblo (Jorge Isaacs con su hoy ilegible María) o bien le prescribían el corpus legislativo volteriano que lo sacaría de su atraso secular (Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi). Anzoátegui piensa como un medieval, pero escribe como un tuitero insuperable, afilado y original, imbatible en su humor irreverente y en su cultivada sagacidad, razones por las que le auguro prontas reediciones. Por supuesto no estarán exentas de polémica, porque hablamos de alguien que proclamó su admiración por Franco y Mussolini, de un tipo al que Sócrates ya le parecía un peligroso izquierdista, de un nacionalista beligerante que recetaba el retorno a la teocracia católica como único medio de devolver la salud a la raza. El responsable de su recuperación editorial en Argentina, Horacio González, ya supo defender con habilidad la naturaleza heterodoxa de su oficio: “La de Anzoátegui no es una escritura encasillable, lo que hace que la experiencia de lectura que propone suceda en un límite. Se trata de motivos cristianos que no evitan el grotesco ni el collage. Es como la izquierda de la literatura de derecha, lo que produce un extraño efecto: el de un fascismo que ríe». Esa crueldad divertida y quevedesca aleja a Anzoátegui de otro reaccionario eminente pero de temperamento más sapiencial como Nicolás Gómez Dávila –también lo separa del optimista Chesterton– y lo emparenta con el talante zumbón y malicioso de Alberto Guillén, el corrosivo autor de La linterna de Diógenes. En su enmienda total a la modernidad también le acompañaría el jesuita argentino Leonardo Castellani, tratadista de cabecera de Juan Manuel de Prada, y prosista de no poca agudeza.

Leer más…

5 comentarios

30 septiembre, 2013 · 12:12

No intentéis hacer lo de Salinger en casa

Pynchon visto por Los Simpsons.

Pynchon visto por Los Simpsons.

En una sociedad que profesa la religión de los quince minutos de gloria warholianos no hay peor herejía que el anonimato voluntario. El éxito de las redes sociales se explica fácilmente: es la alquimia tecnológica que otorga al fin el premio de una fama efímera a la banalidad cotidiana del hombre y la mujer mesocráticos, anodinos, mediocres, ahogados en el bullicio deshumanizador de la gran ciudad. Hay la promesa de una breve proyección del ego al alcance de todas las cuentas. La búsqueda de una personalidad propia empieza a no ser un requisito de maduración vital sino el contenido exportable de un blog. Por eso sorprende tanto que las personalidades verdaderamente poderosas, las que manan originalidad y talento de un modo natural, opten por la reclusión obsesiva y la intimidad a cal y canto.

Pero quizá no debiera ser tan sorprendente; quizá la vulgaridad propenda necesariamente al exhibicionismo como lenitivo de la insoportable levedad del ser. Quizá el silencio y la excelencia se celen mutuamente, como parece probar la historia de la genialidad humana, lo que no libra al discreto de la sospecha de que en realidad no tiene nada que decir.

Sea como fuere, se anuncian novedades librescas que involucran a Jerome David Salinger y a Thomas Pynchon, los dos últimos grandes reclusos y malditos de las letras estadounidenses si exceptuamos al suicida David Foster Wallace, cuyos inéditos últimamente proliferan de un modo que pone en peligro la sacral condición underground del autor de La broma infinita. Salinger resucita con fuerza en Estados Unidos, donde acaba de publicarse The Private War of J.D. Salinger (en España la publicará Seix Barral bajo el título genérico de Salinger), una biografía de 698 páginas que ha llevado nueve años y 1,5 millones de dólares de trabajo a sus autores, Shane Salerno y David Shields. Salerno es también responsable de un documental sobre la vida del legendario autor y del anuncio más esperado de las letras anglosajonas, según el cual Salinger (Nueva York, 1919 – New Hampshire, 2010) dejó instrucciones medio cabalísticas para dar a la imprenta cinco manuscritos a partir del quinto año de su muerte y durante los cinco siguientes. Eso supone que entre 2015 y 2020 verán la luz La familia Glass, una colección de cinco relatos protagonizados por la mítica familia de Franny and Zooey; otra colección de cuentos que bajo el título, The Last and Best of the Peter Pans (Lo último y lo mejor de los Peter Pans) contiene al parecer nuevas historias sobre los mismísimos Caulfields, con presencia del inolvidable narrador de El guardián entre el centeno; un manual de Vedanta, corriente del hinduismo en donde recaló definitivamente tras su paso por el estoicismo de Epicteto y el budismo zen; y por último dos nuevas novelas: una inspirada en su corta relación con su primera esposa, Sylvia Welter, y otra basada en sus traumáticas experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, en la que participó a partir de 1942, portando el manuscrito a medias de El guardián entre el centeno y sentándose a aporrear la Olivetti en mitad del caos como en la Primera Guerra Mundial hiciera otra alma atormentada y genial que parió entre trincheras el Tractatus: Ludwig Wittgenstein. A ver cómo escribimos ahora obras maestras en esta Europa tan pacífica.

Así que se ha declarado el cerco total al enigma salingeriano, y sus innumerables lectores –¿quién no ha fantaseado con la muerte de Salinger para tener acceso por fin al inédito más precioso de su cajón blindado de Cornish, New Hampshire? – nos beneficiaremos de ello. Otra cosa, como bien apuntaba en Tercera de ABC del 9 de septiembre el crítico Juan Ángel Juaristo, es que vaya a resolverse “el supuesto misterio de su personalidad, cuando probablemente no haya nada que resolver”. La neurosis siempre es enigmática, pero más allá de la obvia estrategia publicitaria que late en este boom Salinger –y del que participó lucrativamente su propia hija Margaret cuando en aquella biografía parricida reveló que su padre ingería su propia orina y que no le compró aquel osito rosa que tanto le gustaba– estamos de acuerdo en que la opción radical por el enclaustramiento, aunque puede llamar la atención del público general, ni necesita claves hermenéuticas inconfesables ni hace más interesante a un escritor. Salinger figura en la historia de la literatura por haber alumbrado una forma nueva y eficacísima, insuperable, de narrar la ambigüedad conmovedora que sacude el corazón humano en su estadio adolescente; también por haber engendrado narraciones de una potentísima carga metafórica bajo su aparente costumbrismo, y por retratar la genialidad psicológica de una familia de superdotados. Y creo que esas virtudes estrictamente literarias son las que sostienen el éxito de Salinger, como se sostiene el prestigio de todos los raros que Vila-Matas reunió en su ya clásico Bartleby y compañía. Por el libro desfilan los genios de la escritura que un día prefirieron no hacerlo pero que para entonces ya habían conquistado la gloria, o su renuncia no sería noticia.

Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) no está muerto todavía pero como si lo estuviera. La más reproducida de sus fotografías, a falta de otra cosa, lo viste de marinero durante el servicio militar. Y no hay mucho más, aunque se sabe que vive y pasea por Manhattan. Sus 76 años de vida sólo han dado para ocho obras: la octava, The Bleeding Edge, acaba de salir del horno y al parecer es una novela ambientada en la Nueva York de los meses previos al 11-S y del pinchazo de la burbuja de las “punto.com”. La fobia social de Pynchon, que ya publicó otra novela –Vicio Propio, en vías de ser adaptada al cine por otro raro, Paul Thomas Anderson– hace tres años, no conlleva el mutismo radical de Salinger, quien sólo rompió su encierro para conceder una entrevista telefónica a The New York Times en 1974: «Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer». Claro que la comparación entre ambos genios neoyorquinos puede antojarse apresurada: “Mientras uno optó por meterse en una platónica gruta en New Hampshire, el otro se hizo escurridizo, ilocalizable”, distingue con lucidez Antonio Villarreal en un artículo reciente.

Sea cual fuere la forma y el grado que adopte la misantropía, no creemos que se trate precisamente de un rasgo escandaloso en un escritor, cuyo oficio exige soledad como el de periodista exige ruido. Los casos en este mismo siglo son demasiado numerosos y relevantes como para considerar el de escritor furtivo un paradigma extravagante: Rulfo, Onetti, Cormac McCarthy –que concede una entrevista cada diez años–, la Nobel Elfriede Jelinek, la eterna candidata Joyce Carol Oates, nuestros Carmen Laforet y Sánchez Ferlosio y un largo etcétera de eremitismo temperamental. La dolencia no es privativa del escritor: tenemos documentados casos sonoros entre artistas de todo género; incluso entre los talentos del séptimo arte, que es el arte popular por definición, topamos con el divismo inaugural de Greta Garbo o la manía de clandestinidad de Terrence Malick. El mayor guionista de Los Simpsons, John Swartzwelder, es otro huraño célebre al que quizá por eso mismo –por una como empatía de antipáticos– le hizo Pynchon el favor incalculable y bienhumorado de prestar voz a su propia caricatura en dos capítulos de la aclamada serie televisiva. También los grandes empresarios contraen en ocasiones la enfermedad de la discreción absoluta, siendo Amancio Ortega el icono paradigmático; aunque quizá aquí el morbo se limita al deseo pancista de que nos cuente cómo amasó su fortuna.

Ahora bien. Hemos de aconsejar al aprendiz literario que no intente hacer esto en casa. El bartlebysmo –sin duda el más sofisticado de los esnobismos– sólo funciona en los medios cuando el protagonista ha hablado alto y claro con anterioridad. El silencio sólo es atractivo cuando el que calla ha contado lo suficiente como para que sepamos que aún tiene mucho que contar.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de septiembre de 2013)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

Martín de Riquer, que buen caballero era

Solo el más grande cervantista vivo podía morir dejando a su último auditorio estas palabras:

–Me extraña que les interese que hablen de mí.

“Llaneza, Sancho, que toda afectación es mala”, aconsejaba el de la Triste Figura a su infatigable escudero en una de esas ocasiones del libro en que Cervantes habla directamente por boca de su loco personaje. Y por eso el mejor lector que Cervantes tuvo en el siglo XX español y que era Martín de Riquer –Martí en la intimidad–, con la verdadera modestia del sabio, no se explicaba que la presentación de su biografía concitase alguna expectación.

Uno tuvo la suerte de cursar una asignatura semestral en Filología que se llamaba, sencillamente: “Cervantes”. Seis meses hablando exclusivamente de Cervantes, y en concreto del Quijote, en el año además del cuarto centenario de su publicación. Me hice con la edición canónica de Martín de Riquer, cuyo aparato crítico estaba sabiamente dosificado para instruir sin abrumar, y leí entera la novela de novelas en 15 días. Se habla tanto del Quijote que no se lee ya, y sin embargo cuando se lee enseguida se explica uno lo mucho que se habla de él, y todavía le parece muy poco. El Quijote justifica una vida dedicada a su estudio como la de Riquer, a quien ahora se entierra en su Barcelona natal con 99 años cumplidos y en medio de la bárbara ignorancia –cuando no premeditado desprecio– que la figura del gran filólogo catalán merece a la intelligentsia catalana, parece que irreparablemente entregada a la construcción mítica de una nación. ¿Por qué no presumir de que el mayor cervantista del mundo fuera catalán? Porque no era nacionalista, claro. Había leído demasiado como para eso.

Leer más…

Deja un comentario

19 septiembre, 2013 · 14:36

La inquietante saga/fuga de Lucía Etxebarria

Lucía Etxebarria se ha ido de España para curarse el “estrés reactivo” que le causó su fallida participación en un reality televisivo a razón de 6.000 euros semanales. Sólo duró once días en el campamento catódico, por lo que no pudo reunir el montante previsto para saldar sus deudas con Hacienda. ¿En qué se ha gastado Lucía Etxebarria el dinero del Premio Primavera (2001) y del Premio Planeta (2004), dos de los galardones mejor dotados en lengua castellana? Desde luego no en impuestos, y calculamos que sólo una parte en su confesada colección de juguetes sexuales de color rosa; lo que desde luego no podemos conjeturar es en qué ha gastado el prestigio literario que solía conllevar el Premio Nadal hasta que un jurado decidió otorgárselo a ella en 1998, porque esa clase de capital estético nunca la tuvo. Uno sólo puede dilapidar lo que es suyo.

Cuando la literatura llora, los realities sonríen.

Cuando la literatura llora, los realities sonríen.

No vamos a descubrir ahora el modo desesperado en que el mundo editorial lleva años tratando de seguir ganando dinero con la venta de un producto de ocio tan exigente –comparado con el visionado de realities, por ejemplo– como un libro, lo escriba quien lo escriba. Etxebarria no es peor escritora que el promedio de entradas recientes en el catálogo filisteo de Planeta. Sometida al estrés reactivo de su propia moda –un feminismo entre peludo y ninfático que lo petó a finales de los noventa y durante el primer lustro del siglo–, nuestra autora cayó en la obsequiosidad suicida (¡y homicida… para el lector!) del libro por año, y claro. Dado que no fue bendecida con la imaginación de Balzac acabó incurriendo en feas técnicas de intertextualidad que se terminaban dirimiendo en los tribunales y mantenían su nombre en el dudoso candelero de la fama extraliteraria. De modo que a nadie extrañó demasiado que su destino torciera finalmente por el afán recaudatorio de fichar por un reality, donde sobrevive el más apto, es decir, el elemento más nostálgico del estadio primate de la especie. Pese a su cacareada apostasía de la depilación –“¡Y ningún amante me ha echado nunca de una cama!”–, Lucía sigue siendo propietaria de un cerebro demasiado sofisticado para la televisión, aunque ya hemos visto que no lo suficiente para la literatura. Y como esa tierra de nadie no es hábitat cómodo ni para alguien tan singular como ella se proclama, ahora tenemos a Lucía Etxebarria (Valencia, 1966) en un balneario indeterminado del planeta recuperándose de los insultos de las chonis y los canis, que son las manolas y los chisperos de nuestra posmodernidad.

Lo fácil en todo caso es cargar contra la Etxebarria, como cargar contra la Cecilia del Ecce Homo. De Cecilia ya me ocuparé en otra ocasión, pero ahora me interesa la trayectoria de la autora de Amor, curiosidad, prozac y dudas como heraldo acelerado de un designio funesto que se cierne sobre el enterizo gremio de los escritores. Uno se hartó en su adolescencia de oír el cuento de Pedro y el lobo, la fábula preferida del tertuliano español, así que hace tiempo que dejó de practicar la jeremiada preventiva. Pero una cosa es eso y otra no ver que el propio oficio del escritor se antoja tan amenazado de extinción como el de impresor de periódicos o el de fabricante de cd’s. Y en este caso no se trata de una crisis de soporte, sino de una crisis epistemológica, un cambio de paradigma cerebral, el entierro de la concepción horaciana del docere et delectare (enseñar y deleitar) que justificaban la existencia y el cultivo de la literatura. Quizá no esté lejos el día en que el procesado de palabras deje de ser el único o primordial vehículo que el cerebro del homo sapiens encuentra para desarrollarse. Quizá lo audiovisual no acepte la convivencia con lo textual e imponga la suplencia, y los últimos letraheridos terminen vagando recluidos en una reserva distópica donde se darán al whisky de centeno y al recitado de versos. Son argumentos hace tiempo relatados por numerosos cultivadores de narrativa de anticipación. Ellos escribieron esas novelas como advertencia, pero sus entretenidas pesadillas empiezan a adquirir la inquietante tonalidad de la profecía. Un mundo feliz en el que todos los escritores, malos y buenos –sobre todo los buenos, que son los que menos lectores tienen–, deban arrojarse a campamentos televisados para disputarle a la hora del almuerzo una costilla de cerdo a una neumática peluquera adicta al Instagram.

(Revista Leer, número 245, Septiembre 2013)

1 comentario

6 septiembre, 2013 · 13:44

La función fática en Roberto Fontanarrosa

A la mayoría de los españoles, por no hablar de las españolas, les fascina el habla argentina. Incluso aquellos que declaran su empalago mientras espantan a los repartidores de flyers de la calle Huertas reconocerán que hubo una época en que aceptaron todo chupito anunciado por boca de argentino. Por eso les darán ese trabajo, calculo. Al árido oído del castellano tiende a seducirle esa mezcla de musicalidad italiana y casticismo español que fluye en suaves pendientes, en graciosas cadencias, intercalando arcaísmos de evocación colonial y juramentos en teoría agresivos que suenan inevitablemente tiernos. La primera noche en que a uno le amenaza un argentino con cagarle a trompadas por pelotudo, no hay forma de sentir ese grato calor previo a la violencia. Más bien hay que esforzarse por no estallar en carcajadas y terminar invitando a copas al gaucho confundido.

A diferencia del español, que no tiene alternativa, el escritor argentino puede elegir entre el empleo de la variante dialectal —que es su código materno y cotidiano— o el seguimiento de la norma académica a la hora de confeccionar su obra. O puede manejar ambas con idéntica pericia, alternando el uso del más alto castellano con la incursión creíble en la literatura gauchesca, como es capaz Borges en Hombre de la esquina rosada. Sin embargo, escritores como Borges, Cortázar, Sábato o Lugones sabían que atenerse a la norma académica les proporcionaría más lectores, más prestigio y más seguro pase a la inmortalidad que el desinhibido cultivo de su localismo natural. Correlativamente, los autores argentinos que han preferido expresarse en dialecto asumen el coste que siempre comporta la opción de lo particular.

A este segundo grupo pertenecía Roberto «Negro» Fontanarrosa (Rosario, 1944 – Rosario, 2007), quien no aspiraba a ganar el Nobel y cuyos cuentos, declaraba, no le van a cambiar la vida a nadie, dándose por bien pagado con que un lector le parara por la calle para decirle que «se había cagado de risa» leyéndolos. La exactitud es la más genuina de las modestias y efectivamente los cuentos de Fontanarrosa, que he pasado leyendo este verano, no me han cambiado la vida, pero sí me he cagado de risa con ellos. Así que Fontanarrosa es un artista honesto, aquel que da lo que promete, y eso es más de lo que logra la mayoría.

Leer más…

Deja un comentario

29 agosto, 2013 · 16:39

El urgente ideario de Miguel Mihura

Cuando Mihura estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese Mihura y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recordamos en este momento, y que también quería ser madrileño.

Así empieza Mihura sus imprescindibles Memorias, libro que conservo en una urna hipobárica sobre mi estantería y que extraigo con mucho cuidado en momentos de confusión o tristeza para recuperar de inmediato el gusto por la vida y la indulgencia hacia el género humano. Porque Miguel Mihura no es sólo el comediógrafo español más importante del siglo XX sino un prosista genial de una ternura y un divertimento nunca convencionales, y yo creo que su genio no tiene nada que envidiar al de Salinger, por ejemplo, aunque a los oídos beatos del papanatismo español este ponderado juicio suene a herejía.

En estos momentos una de sus mejores comedias, Maribel y la extraña familia, ocupa la cartelera del Teatro Infanta Isabel, y todos ustedes harían muy bien en ir a verla porque el reparto es excepcional –no hay actores ni actrices guapitos de tele contratados para reclamo comercial, y la calidad interpretativa se beneficia decisivamente de esa bendita ausencia– y porque el texto es de Miguel Mihura. La comedia insiste en los temas obsesivos del escritor, pues un escritor sin temas obsesivos está siempre muy cerca de ser un farsante: la denuncia de la hipocresía burguesa, el desafío a las convenciones sociales, la postulación de la alternativa epicúrea, la búsqueda de una ética libre del individuo en un siglo de morales colectivas y la proposición del humor y la piedad como lenitivos artísticos para la crudeza de la vida. No pueden ser temas menos originales, lo cual garantiza que son honestos. El mérito estriba en la amable ironía de su tratamiento, que sólo al final de su vida dejó que se deslizara por la torrentera de la sátira; en la bondad sublimada de los personajes, cuya idealizada factura sirve para combatir la misantropía que aquejaba al propio dramaturgo y a la cual buscaba antídoto en la ficción; en la introducción de recursos vanguardistas que anticipan en décadas el teatro del absurdo cuyo estandarte se apropiarían después Artaud, Beckett o Ionesco, con el precursor inclasificable de Alfred Jarry. La fascinante Tres sombreros de copa (1932) compite en la misma liga en que juegan las obras de estos nombres extranjeros, con la ventaja a mi juicio de un romántico sentido de humanidad, una especie de última calidez franciscana que brilla por su ausencia en la dramaturgia europea del XX, presidida por el escepticismo o directamente por el existencialismo. El personaje de Maribel repite ese arquetipo mihuresco entre lo alocado y lo candoroso, mezcla de mundanidad e inocencia que había inventado con la deslumbrante Paula de Tres sombreros de copa (y que se me ocurre emparentar con la dulce Irma de Billy Wilder). Maribel es prostituta y Paula una vedette de music-hall, y sin embargo ambas reservan no se sabe dónde una pureza de corazón que el atolondrado protagonista masculino termina pulsando, desanudando poéticamente. Y el espectador burgués, en lugar de escandalizarse, termina la función sinceramente conmovido. En ese efecto consiste la maestría inmarcesible de Mihura.

Leer más…

Deja un comentario

26 agosto, 2013 · 11:47

Una historia de la literatura para estómagos agradecidos

Famoso entre los griegos era el lujo con que vivían los habitantes de Síbaris, colonia aquea fundada al sur de Italia en el 721 a. C. que prosperó hasta extremos fabulosos gracias a la feracidad de sus campos y a la neurálgica ubicación de su puerto comercial en el Mediterráneo. Famoso fue el gobernador de Síbaris que prohibió los gallos para preservar el despertar natural de sus habitantes, y desterró a herreros y carpinteros porque el ruido de su oficio trastornaba el descanso popular. Famosa se hizo la leyenda de un sibarita que dormía en un lecho de pétalos de rosa y sin embargo un día se quejó a un forastero de que no había podido pegar ojo porque uno de los pétalos estaba doblado. Era fama que una red de canales transportaba el vino directamente del campo al centro urbano de Síbaris, para que sus avecindados pudieran embriagarse abrevando en las fuentes públicas. Y famoso fue el final de Síbaris, cuyos guerreros presumían de que sus caballos bailaban al son de la música; cuando entraron en guerra con la vecina Crotona, los crotonenses contrataron a músicos que en el fragor de la batalla empezaron a tocar sus instrumentos, poniendo a bailar a los caballos de los sibaritas, causando el desconcierto general –la lírica batiendo a la épica– y rindiendo la prodigiosa ciudad a sus enemigos, que la redujeron bárbaramente a cenizas, seguramente por envidia. Como siempre sucede en el mito griego, la soberbia acaba dictando la condena del héroe.

No estaban tan locos estos romanos.

No estaban tan locos estos romanos.

Nuestro tiempo no globaliza el lujo con la misma uniformidad que la miseria. Lo más parecido a Síbaris que tenemos hoy son los paraísos fiscales, que están restringidos a unos pocos sibaritas por herencia, pelotazo o maletín traspapelado. El sibaritismo se antoja una verdadera provocación en esta hora de socialdemocracia moral y liberalismo exclusivo, y desde luego se antoja un pecado bíblico para esa clase menestral de la intelectualidad que forman los buenos escritores. Los buenos escritores suelen ser sibaritas encerrados en el cuerpo de un pobre; de ahí el resentimiento que profesan a los grandes potentados de la sociedad, que suelen ser pobres recubiertos de sibaritismo deslumbrante. El buen escritor se encuentra entonces ante la disyuntiva del rencor o la imitación voluntariosa. Quienes se lanzan por el primer camino no revisten mayor interés, porque la envidia es un patrimonio barato, al alcance de cualquier fortuna. A mí me gustan, por su falta de hipocresía, los segundos, quienes escurren con sacrificio su pluma para reunir los honorarios que les sufraguen tanto confort como se puedan permitir.

Sibarita fue Larra, quien pese a todo su romántico dramatismo era la pluma mejor pagada del país y lo demostraba lavándose a diario con jabón de almendras, manteniendo un servicio plural y ceremonioso en su céntrica residencia de Caballero de Gracia y haciéndose ver por El Retiro en el mejor cabriolé del mercado, lo que equivaldría exactamente a revolucionar el Infiniti en un semáforo de la calle Serrano. Sibarita fue Wilde, que dilapidó su fortuna de exitoso dramaturgo llevando a cenar al diabólico Lord Alfred unas noches a Kettners y otras al Savoy hasta la catástrofe final. Debemos a Wilde –uno de cuyos más famosos personajes sentencia incontrovertiblemente: “Mis deseos son órdenes para mí»– el evangelio pagano del sibarita moderno en forma de aforismos: «El placer es la única cosa por la que se debe vivir. Nada envejece tan rápido como la felicidad».

El sibaritismo literario se ha vertido en géneros diversos, desde el erótico al convival, pero aquí queremos fijarnos en el género estrictamente culinario, pues comer y beber bien es quizá el más sólido y longevo de los placeres humanos. Uno, por ejemplo, deja de disfrutar del sexo mucho antes de seguir disfrutando de una botella de Borgoña; y cuando el Borgoña ya no nos sepa a nada, quizás haya sonado la hora de marcharse indignados de este mundo.

El banquete articula una de las vetas más cultivadas de la historia literaria desde la antigüedad grecolatina hasta los nuevos corifeos de la cocina fusión. Cada vez que los héroes de las epopeyas homéricas tienen algo que celebrar, se atracan de muslos pingües y jarras de vino convenientemente libado en honor de los dioses, lo que equivaldría a la bendición cristiana de los alimentos. De la Ilíada al Satiricón del árbitro de la elegancia, el romano Petronio –con su pantagruélico banquete del rico Trimalción–, la buena mesa sirve al escritor clásico para señalar la diferencia entre los pueblos bárbaros y la civilización. Dime qué comes y te diré lo que eres, proclamaría en el siglo XIX el fundador de la literatura gastronómica moderna, Jean Anthelme Brillat-Savarin, del que luego hablaremos. Homero, Hesíodo, Anacreonte, Píndaro, Heródoto, Jenofonte, Aristófanes, Plutarco o Ateneo concedieron a la gastronomía un lugar preponderante en sus obras, normalmente usando el motivo del banquete como marco narrativo o dialéctico. Pero fueron los romanos, con su proverbial sentido del orden y la jerarquía, los que nos legaron la primera monografía gastronómica medianamente completa de la literatura occidental. Se trata del De re coquinaria, o De la cocina, escrito en el siglo I d.C. por Marco Gavio Apicio, cuyo epicureísmo desacomplejado enojaba al bando estoico de su tiempo, formado por Séneca y Plinio el Viejo. En realidad, el epicureísmo de Apicio no llegaba a la suela de la incontinente sandalia de Lúculo, excesivo militar que se retiró con el botín de sus campañas a su fabuloso palacio del monte Pincio, cuyo lujo delirante sólo superaría la Domus Aurea de Nerón. Cuenta Plutarco que una noche, excepcionalmente, Lúculo no tenía invitados a cenar y sus criados le prepararon una colación si no frugal, tampoco suntuaria como era costumbre. Enfadado, Lúculo llamó a su mayordomo y le espetó: “¿No sabías que hoy Lúculo cena con Lúculo?” Y se hizo preparar en el acto un lujurioso convite para él solo. En 1929, Julio Camba se inspiraría en este legendario bon vivant para escribir la obra maestra de la literatura culinaria en castellano: La casa de Lúculo o el arte de comer. Si no es el mejor Camba –y eso es mucho decir–, no sé qué le puede faltar para serlo.

Hay tesis doctorales sobre la abundante cocina bíblica (que no se reduce al insípido maná). Y nos estamos ciñendo a la tradición occidental: China, Japón o la India –por no hablar del refinamiento culinario del mundo árabe, desde la voz incesante de Sherezade a los poemas andalusíes– manejan antiquísimas referencias gastronómicas. A una cocina propia, una literatura culinaria propia.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

 Decir que el sibaritismo literario no estuvo bien visto en la Edad Media no deja de ser un prejuicio progre en cuanto traemos a la memoria los versos dionisíacos de los Cármina burana, los relatos licenciosos del Decamerón de Bocaccio o el programa vital de nuestro Arcipreste de Hita: “Como dice Aristóteles, cosa es verdadera / el mundo por dos cosas trabaja: la primera / por tener mantenencia; la otra cosa era / por tener juntamiento con hembra placentera”. Nótese que el sexo va en segundo lugar: lo primero en esta vida es comer bien. Pero la guadianesca corriente de lo pagano –siempre presente, aunque corra por el subsuelo– aflora en Europa con toda su transparencia al estallar el Renacimiento, que como sabemos no fue un estallido, como no lo es nada en la historia, y menos el Renacimiento. Y aquí surgen dos genios, franceses tenían que ser tratándose de cocina: Montaigne y Rabelais. ¿Hasta qué punto el estilo moroso y claro de Montaigne es un trasunto textual de la acción de paladear ese Château d’Yquem que le volvía loco? También el sensible trance de adjetivar lo acompañaba Pla del acto cadencioso de liar un cigarro. Y en nuestros días, un planiano acreditado como Arcadi Espada ha dedicado páginas de delicado estilo a la vida de château, al sabroso universo del queso y a la tarea de resaborización emprendida por El Bulli de Adrià.

En cuanto al genio incontinente de Rabelais, legó a la literatura mucho más que el adjetivo “pantagruélico”, el mismo que los tertulianos repiten sin saber de dónde procede. En su Pantagruel y en su Gargantúa, Rabelais reinventó la farsa narrativa a partir de la comedia aristofanesca, dio carta de naturaleza al humor grotesco, proveyó a Cervantes de los últimos mimbres para la invención de la novela moderna –Sancho es un personaje rabelaisiano-, prestó a Bajtín la teoría de lo carnavalesco –fundamental para la historiografía literaria– y en suma otorgó a la glotonería la centralidad temática que le venía siendo escamoteada en la ficción, al contrario que en la vida.

A partir de ahí, todo fue rodado. El género de la novela tuvo campo abierto a la gastronomía desde sus orígenes modernos, como prueba el Quijote en su segunda frase: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”. La literatura picaresca española está obsesionada con la comida –el hombre se obsesiona siempre con aquello que se le niega–, del pobre Lázaro al “archipobre” Dómine Cabra de Quevedo. Los ilustrados, con esa manía de sistematizarlo todo, encerraron la cocina en tratados y enciclopedias, hasta que el advenimiento de un epígono genial, ya metido en rebeldías románticas: el citado jurista Jean Anthelme Brillat-Savarin, que elevó la cocina hasta el merecido cielo de nuestra gratitud: “El descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad de la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella. Estrellas hay ya bastantes”. Brilliat-Savarin escribió la normativa Fisiología del gusto, donde se contradice resueltamente ese estúpido refrán que reza que sobre gustos no hay nada escrito y donde se sienta jurisprudencia todavía vigente sobre las combinaciones de sabores admisibles en el marco legal de toda sociedad civilizada. Aún Camba le invoca a menudo como cita de autoridad, y eso que el gallego, anarquista de espíritu, reconocía pocas autoridades.

El mejor Camba surgía al hablar de comida.

El mejor Camba es el que habla con la boca llena.

El modernismo abrió paso a los más descarados epicúreos de la literatura occidental. De Wilde a D’Annunzio, de Huysmans a Valle-Inclán. Sin salir de España cabe vengar el hambre proverbial que aquí se ha pasado con la prosa deliciosa de obras como La casa de Lúculo, de Camba; La cocina cristiana de Occidente, de Álvaro Cunqueiro; Historia de la gastronomía o Viaje a Francia, del catalán Néstor Luján –quien luego escribiría al alimón con su paisano Joan Perucho El libro de la cocina española– ; Lo que hemos comido, del payés Pla; o Contra los gourmets, del bienhumorado Manuel Vázquez Montalbán.

Leamos, queridos lectores. Pero ante todo comamos. Comamos despreocupados del dinero, porque es en la falta de recursos donde comienza el apetito, y despreocupados también del colesterol, porque el arte de comer no debe ser sustituido por la ciencia de nutrirse. Comamos con la audacia del primer hombre que probó los caracoles, que ciertamente fue un hambriento y no un epicúreo, razona Camba, pero cuya valentía recibió el premio del sabor. Comamos concediendo a este acto la gravedad cultural que merece, conscientes, como nos pide Cunqueiro, de que “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

(Revista Leer, número 244, Julio-Agosto 2013)

1 comentario

16 julio, 2013 · 12:45