No sé qué habría votado el zaragozano Fernando Esteso este domingo. Lo fácil es decir que habría optado por Vox, pero para eso hace falta vivir la política como un drama o como una epopeya: musas graves que se toman a sí mismas demasiado en serio, único vicio en el que no incurrieron nunca los actores del destape.
El maestro lo ha vuelto a hacer. José Antonio Morante de la Puebla ha vuelto a torear al ganado más difícil, que no es el que embiste en el ruedo sino el que ocupa el tendido. Reaparece antes de que hayan terminado de secarse las mejillas de tantas viudas inconsolables a las que acaba de arruinar la pose de elegía. Pero ellas se consuelan rapidísimo, y ya andan celebrando haber sido estafadas por el genio del burle. Verlo torear de nuevo bien vale el sacrificio de la credulidad.
Y si son los malos sentimientos los que nos hacen humanos. Y si el perfeccionamiento moral e intelectual del hombre gracias a la revolución tecnológica en marcha -o gracias a un virus alienígena civilizador- disolviera la razón de ser de nuestra especie, que no es otra que la necesidad constante de superación, de mejoramiento, de crítica y autocrítica. Y si la paz solo puede construirse sobre el cementerio de nuestra propia humanidad. Y si el infierno, como sospechó Sartre, son efectivamente los otros, pero por el siniestro motivo de que todos los otros son iguales entre sí. Una única colectividad amenazante.
Un hombre llamado Pablo Fernández, portavoz de Podemos, está viviendo tiempos duros. No por Podemos -suponemos que también-, sino por la pérdida de sus referentes de juventud. Pablo aduce razones poderosas: «Se muere Robe, se retira Sabina y Calamaro se hace de Vox». No es un meme. Acabo de transcribir su tuit palabra por palabra. Más aún: esa frase fue pronunciada en el solemne escenario de las Cortes de Castilla y León.
Se abre el portón de la abadía milenaria y en el umbral se recorta la menuda figura de Dionisio. Del hábito negro emergen unas manos nerviosas en las que tintinea el manojo de llaves. Me estudia con ojos serios y de pronto sonríe.
-Sígueme, que te enseño esto. Si quieres cambiarle el agua al canario, es ahí a la derecha.
Fui el jueves a ver Los domingos, un raro milagro del cine español. Todavía no comprendo bien que la directora haya nacido en Baracaldo hace 47 años y no en la Noruega de Ibsen, en la Dinamarca de Dreyer o en la Suecia de Bergman, con perdón. Su inmersión en los claros y en los oscuros de la institución familiar no puede ser más reconocible -conflictos universales a fuerza de locales-, pero la sutileza con la que rueda Alauda Ruiz de Azúa y la obstinación con que se sustrae una y otra vez a la tentación del dogmatismo no parece de este suelo, ni de ese gremio. Nuevamente con perdón. Pero es que por aquí estábamos acostumbrados a otra cosa, doña Alauda.
Quizá Maruja Mallo ha sido nuestra Frida Kahlo o quizá fuera Frida la Maruja de los mexicanos, no estoy seguro. Ambas nacieron en la primera década del siglo, ambas fueron de izquierdas, ambas encauzaron el ímpetu de las vanguardias dentro de los márgenes de la figuración y ambas entregaron sus pinceles al susurro torcido del inconsciente, de manera que sus lienzos se pueblan de claves oníricas, chillidos cromáticos y un distendido toque feliz de autoparodia.
Que a la luz de Lux haya dicho Madonna que Rosalía es una «auténtica visionaria» induce a confusión. Pretende reivindicarse la autora de Like a prayer tantos años después, pero la aproximación de Rosalía al catolicismo entraña honduras inasequibles a aquella Madonna que descubrió el mediterráneo erótico-festivo de la monja pecadora. Ambas comparten voluntad transgresora, pero en 2025 la verdadera provocación ya no se ejerce con el cuerpo sino con el espíritu. Y esa mística revolución contra la material girl in a material world es la que abandera ahora Rosalía. Española tenía que ser.