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El tam-tam del victimismo

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De todos modos si contamos los que NO la llevan…

Redoblan los tambores de hojalata del tabarrón catalán y es lógico: están tocando a elecciones y hay que exhibir la llaga. A los tamborileros insomnes del ‘Procés’ solo hay una cosa que les guste más que una urna, y es una urna prohibida. Una bandera vetada. Un sentimiento oprimido. Un Homs procesado. Una lengua no lo suficientemente humedecida con saliva pública. El nacionalista es un zahorí de agravios tan fino que resulta casi imposible escamotearle un vislumbre de desprecio, una humillación entrevista, un desamor mascullado por un remoto pastor mesetario. El Estado lo tiene jodido para no ofender a un catalán, para no fabricar el puñadito de ‘indepes’ de cada día. Porque cada día abre los ojos a la causa de la dignidad un catalán agredido desde tiempos ancestrales, cuando fueron feliz tribu. Y mira que el Estado se pone de puntillas en algunas fechas señaladas. Pero nada: allí, en la tierra del despecho, nadie echa cuentas al escrúpulo plurinacional y ‘compiyogui’ de Madrid, nadie pondera tan periférica delicadeza. Llevan fama los callos madrileños, pero los verdaderamente grandes son los callos catalanes; tan grandes que no hay día que no pisemos uno.

-Nuestro pueblo está condenado a que, con monarquía o con república, en paz o en guerra, bajo un régimen unitario y asimilista o bajo un régimen autonómico, la cuestión catalana perdure como un manantial de perturbaciones, de discordias apasionadas, de injusticias, ya las cometa el Estado, ya se cometan contra él: eso prueba la realidad del problema.

Así habló Azaña desde su amargo exilio francés, y así hablará cualquier español dentro de cien años. El nacionalismo perdura porque es una estrategia política siempre exitosa, un ‘win-win’, que dicen en las escuelas de negocios. Siendo nacionalista ganas cuando Cataluña va bien, porque la bonanza justifica tus razones para sentirte superior al resto de España; y ganas cuando -como ahora- Cataluña se hunde en el bono basura y ha de vivir de prestado de Montoro, porque tan ominosa condición alimenta el resentimiento, que ceba la maquinaria electoral. Y en ambos escenarios, acogiéndose a siglas variables, el político nacionalista ve engordar su bolsa de votantes, porque al cabo todos necesitamos consuelo y autoestima. El nacionalismo siempre te ofrece una salida, como buena religión.

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Esta semana nos ponemos líricos en el Parnasillo para homenajear a Blas de Otero

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20 mayo, 2016 · 10:52

El pontificado de Arturo I

El sermón de la montaña de Montjuich.

El sermón de la montaña de Montjuich.

«Un poble que oblida el seu passat, les seves arrels, no té futur. És un poble eixorc». Con esta frase pronunciada en paraguayo («Un pueblo que olvida su pasado, sus raíces, no tiene futuro. Es un pueblo estéril») enrolan al Papa Francesc en el 27-S unos meapilas estelados que se hacen llamar Cristianos por la Independencia. Además de cristianos se confiesan católicos, lo cual termina de rizar la originalidad de la maniobra, pues si el cristianismo debió su éxito histórico exactamente a la universalidad de su mensaje -el primer credo sin clases, sin razas, sin patrias-, la propia palabra católico significa, en griego, «a través del todo». No a través de una parte, con agencia tributaria propia. Los primeros cristianos, dice el Nuevo Testamento, todo lo ponían en común. Y Francisco, con su frase, tan solo copiaba a Juan Pablo II cuando en Galicia reivindicó las raíces cristianas de Europa, cartografiadas por el Camino de Santiago.

Hecha esa salvedad etimológica y teológica, lo cierto es que beatería y nacionalismo mezclan tan bien como el caudillaje de España y la gracia de Dios en las pesetas de Franco Bahamonde. Todo el obsceno anacronismo, toda la cejijunta regresión que encarna el Prusés relumbra en esta hojita parroquial que predica a los cristianos catalanes la buena nueva del providente Arturo y su santa asamblea: la Iglesia de Junts pel Sí de los Últimos Días de Septiembre, cuyos misioneros han de reunir el trono y el altar en la mejor tradición de Carlomagno. Completan el belén indepe dos monjas nada metafóricas, Forcades y Caram, varias clarisas vocacionales de la sociedad civil-religiosa e incluso alguna rendida hagiógrafa del profeta, que no pontífice, pues pontífice es el que tiende puentes, no el que los rompe. Sólo falta el Frente Judaico Popular preguntándose qué han hecho por nosotros los españoles.

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20 agosto, 2015 · 12:39