
Boxeo es vida. Vive duro.
Más que una novela, el tolosarra ha escrito un reportaje novelado en torno a dos míticos púgiles vascos: Paulino Uzcudun e Isidoro Gaztañaga, cuyas vidas va entrecruzando con el rigor documental y el sentido cronológico propio de las biografías. El autor, catedrático de Literatura y autor bien conocido en el ámbito euskaldún, forma parte de la generación de los Atxaga y Juaristi, y ha publicado media decena de novelas, libros de viajes, canciones y relatos. En esta ocasión reconstruye las azarosas trayectorias de dos boxeadores que a principios del siglo XX pasearon el nombre del País Vasco y de España por el olimpo del noble arte tanto en la escena europea como en la estadounidense.
A Uzcudun se le apodó el Leñador Vasco pronto y con impecable criterio, pues se había criado como aizkolari en un caserío guipuzcoano hasta que marchó a París a formarse como púgil, confiado en su intimidante complexión. Su carrera fue meteórica: los rivales caían abatidos por sus guantes como antaño caían las ramas bajo su hacha. Su pegada descomunal y su coraje fajador lo hicieron tres veces campeón de Europa. En América también impartió briosas lecciones de cocina vasca, pero fracasó en su asalto al campeonato mundial contra el legendario Joe Louis, el bombardero de Detroit. Gaztañaga, por su parte, el Martillo Pilón de Iborra, siendo más agraciado y técnico compartía rotundidad con Uzcudun, su ídolo de juventud y más tarde amigo en el circuito hasta que rompieron por rivalidad deportiva primero e ideológica después: al estallar la Guerra Civil, Uzcudun optó por Falange (y el autor no oculta su condena por ello) mientras que el republicano Gaztañaga se quedó en América, encadenando hazañas de alcoba y peleas de compromiso que señalizaron su decadencia hasta el tragicómico final: acabó tiroteado en Bolivia por un cornudo. A ambos les gustaba tanto la juerga autodestructiva como los K.O., en la mejor tradición de los pesos pesados.





Hablar de la lucidez de Hannah Arendt (1906-1975), como de la de Aron o Camus, se ha convertido en un estereotipo, pero lo es hoy porque no lo fue ayer. No lo fue en absoluto. Hoy el sintagma «banalidad del mal» es manejado con naturalidad por columnistas que acaso jamás abrieron un libro de Arendt, pero en su día aquella idea causó escándalo en la comunidad académica biempensante (que no ha evolucionado lo suficiente, por desgracia) y condenó al ostracismo a quien, enviada a Jerusalén como cronista del proceso de Eichmann, se limitó a registrar -y a tratar de interpretar luego- lo que veía: no a un monstruo notorio sino a un funcionario aséptico del terror. Un humano, demasiado humano.






