Lo único que ha escrito Pedro del libro que anda promocionando es el título y ya sabemos por qué. Tierra firme es la metáfora del presupuesto público saqueado por las zorras sin uvas del partido, de la academia o de los medios -valgan las redundancias- que pusieron bajo sospecha la meritocracia cuando les resultó inalcanzable y se entregaron al pillaje colonial con los gayumbos a la altura del tobillo. Viva Pedro, que nos salva del fascismo y la intemperie laboral: apuremos el enchufe mientras dure y tonto el último. Que no quede una sola institución sin su gusano.
Cuando se trata de dialéctica, Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) no pierde la forma. En vísperas del 45 aniversario de la Constitución defiende el legado al que él contribuyó decisivamente sin renunciar ni a la crítica ni al optimismo. Recibe a EL MUNDO en el barrio sevillano de Santa Clara, rodeado de vecinos que de vez en cuando se paran a saludarle con respeto. Es uno de los suyos.
La última vez que lo entrevisté, en mayo del 2021, el Gobierno de su partido no había indultado a los condenados del procés ni abaratado el Código Penal registrado la amnistía. Si en dos años vuelvo a entrevistarle, ¿qué España imagina que tendremos?
Hombre, yo espero que las aguas se calmen. La contestación a estos desafíos institucionales es tan fuerte que se tendrá que dar marcha atrás. Los jueces, los abogados, los inspectores de Trabajo y de Hacienda, el poder autonómico y municipal que ahora está claramente de parte del PP, lo que pueda venir de Europa, los periódicos nacionales y extranjeros coinciden en señalar una degradación de la calidad de la democracia. El Poder Judicial y el Supremo revocan nombramientos por inválidos. Esto tiene que amainar, porque si no amaina vamos camino del Caribe.
Lamentan los profesores de instituto que a los alumnos no les interese la Constitución tanto como el cambio climático o el género. Es natural, porque la ley siempre se ha llevado mal con la adolescencia. La facultad del pensamiento abstracto no mezcla bien con las ebulliciones químicas o el ternurismo Disney propios de una desdichada etapa de indefinición de la que yo tengo exclusiva noticia por los libros, donde se narran tribulaciones psicológicas que misteriosamente jamás experimenté. Quiero decir que no hay que lamentar que nuestra acneica muchachada prefiera las rimas sicalípticas del trap al cuestionamiento de la disposición adicional primera. Lo lamentable es que los profesores no sean capaces de cultivar en los chicos el interés sobre los fundamentos de nuestra libre convivencia, y sobre todo que los políticos nacionalistas o progresistas -¿hay ya alguna diferencia?- les amenacen si se les ocurre intentarlo.
Podremos discutir todo menos que este Congreso no sea representativo: está exactamente igual de fracturado que la sociedad a la que representa. Y esa falla se manifestó cuando debía, en la solemne sesión de apertura del mandato, más que nada para dejar las cosas claras desde el principio. No fue un arranque sino un espóiler.
Tengo tantas ganas de leer Tierra firme, lo nuevo de Pedro Sánchez, como tenía de ver el Napoleón de Ridley Scott. De la segunda experiencia salí cubierto de pólvora y bajo la ominosa sospecha de que Phoenix equivocó el papel y acabó interpretando a un loco que se cree Napoleón. Todo apunta a que los afanes actorales de Pedro incurrirán en una farsa parecida, único registro en el que nuestro autor puede aspirar al clasicismo. Tiene sentido que Pedro Sánchez firme la historia de un loco que se cree Pedro Sánchez.
Querido militante, querido votante. Estarás escuchando muchas críticas a nuestro partido y a nuestro secretario general, que acaba de ser investido. Que ya ha ganado. No te pedimos que te molestes en rebatir a los perdedores: no necesitamos tus esfuerzos. Nada más ridículo que ver a los nuestros invocando sinceramente el interés general o el miedo a la alternativa. ¿Vas a enseñar a tus padres a tener hijos? ¿Aún crees que el poder necesita justificación? Lo que te pedimos es que madures de una vez y entiendas que la política va de ellos o nosotros, de hoy y ahora. Haznos el favor de dejar a España en paz: España lo aguanta todo, a nosotros y a ellos también, pero evítanos los cánticos a la diversidad y a la extensión de derechos. Mentir es nuestro trabajo y nosotros no nos llevamos el trabajo a casa. No nos tomes por imbéciles.
Quienes lamentan la futbolización de la política aluden al primitivismo emocional que ha convertido a los electorados en graderíos y a los partidos en tribus hooliganescas. Incluso las bengalas salen de los campos y se prenden frente a las sedes. Pero las metáforas con potencia de alegoría hay que llevarlas hasta el final, y lo más interesante de ese proceso afecta al periodismo generalista, que se ha vuelto tan resultadista como el deportivo. Los honrados hinchas de los equipos modestos han venido a emborracharse y el resultado les da igual, pero los periodistas más respetables del país se rinden al tablero luminoso de la mayoría como única ratio de la democracia, por no mentar a cuantos estuvieron a punto de rogar un autógrafo en la camiseta al investido. El otro día en una tertulia radiofónica a un analista excéntrico se le ocurrió enjuiciar la prórroga en el poder de Sánchez invocando criterios morales: la traición de su compromiso electoral, el entreguismo al chantaje de un delincuente fugado, el sacrificio de la igualdad y la solidaridad en el altar del egoísmo, el arrollamiento de la autonomía judicial. Pero sus razones caían en aquella tertulia como apologías de la monogamia en un puticlub. Al acabar, una tertuliana comentó estupefacta: «Pero qué tiene que ver la ética con la política».
Nace el tiempo de la excepción, arranca el mandato del muro sobre los escombros del 78. La historia de España nos sale al reencuentro con el gesto torvo de antaño. Vuelven las carreras delante de las porras y hasta retorna el protagonismo de los cantautores. A cambio, por fin podremos bañarnos en ese río incesante que es el cine español sobre la guerra civil sin aquella gélida sensación de anacronismo. Anoche revisé La vaquilla y hoy empiezo el segundo tomo de los diarios de Morla Lynch, que ilustran bien las ventajas del asilo diplomático. Quizá también repase los editoriales de Camus en Combat.