Me temo que tenemos que hablar de don Santos Cerdán León, estadista español nacido en la localidad navarra de Milagro. Habiendo nacido en Milagro debía llamarse Santos, y milagroso sin duda es el cursus honorum de un hombre que solo degenerando pudo llegar de electricista a secretario de Organización del PSOE. Un inminente informe de la UCO dará minucioso detalle de las destrezas taumatúrgicas de nuestro hombre, capaz de convertir los contratos públicos en audis privados. Pero tiempo habrá para comentar su desconocida faceta de comisionista, y si no lo hacemos nosotros ya se encargará el Supremo.
El hombre comparece en la sala de prensa con su cabeza debajo del brazo, precedido por la nostalgia anticipada que origina su destitución. Luce la equipación de siempre, tan blanca como su noble cabellera. Un centenar de periodistas se han citado a la espera de que suceda algo distinto, algo imposible; no exactamente una reacción destemplada, pero sí una fugaz concesión al ensimismamiento en su indiscutible legado, o un lametazo furtivo a esas heridas íntimas que se forman por el roce entre la expectativa y la ingratitud. Una vez más, sin embargo, la prensa solo cosechará titulares impecables. Ni un mal gesto ni una factura intempestiva ni esa palabra airada que alimenta la lucrativa industria de la polémica futbolera. El fútbol, como la vida, es una aventura que empieza y termina. No hay que hacer ningún drama. Esto ha sido inolvidable. Me marcho feliz y agradecido. Eso dice. Y a continuación Carlo Ancelotti (Reggiolo, 1959) anuncia oficialmente que se va del Real Madrid para entrenar a Brasil.
El hombre del momento, quizá de la década, sigue sin aparecer por las sesiones de control a pesar de ser diputado. Se conforma con tiranizarlas a golpe de ausencia y vigorosa lejanía, como Carvajal con la banda derecha del Madrid o como el primer amor de los erasmus. Hablamos, claro, de don José Luis Ábalos Meco, el terror de los paradores, ciclón de Teruel y tornado de Sigüenza, el hombre que incomprensiblemente jamás se presentó al casting de Los Soprano: la garganta más profunda a este lado del río Turia. ¡Qué no habríamos dado los plumillas por atestiguar la irrupción en el hemiciclo de don José Luis, la zancada lenta y la mirada al tendido, en mitad de una intervención del amigo con quien tanto quería, compañero del alma, compañero!
Si de lo que se trata es de apuntalar la coherencia de una línea editorial, habrá que salir en defensa del fichaje de Belén Esteban por parte de una televisión pública ahormada a imagen de Pedro. Después de la exclusiva de este periódico ya nadie pondrá en duda la continuidad ética y estética entre el presidente del Gobierno y la reina de la telebasura. Dios cría a chonis con horteras y el dinero público los junta.
En la primera escena paseo por la calle Padre Damián, en Madrid, y me detengo al pie de la cuesta del colegio San Agustín, frente al Santiago Bernabéu, por la que mi hermano mayor y yo subíamos cada mañana para ir a clase. La megafonía recibía a los alumnos difundiendo un breve comentario del Evangelio. Recuerdo el día en que me tocó leerlo a mí como un acontecimiento central de mi niñez: quizá porque me equivoqué en una palabra. Estábamos a finales de los 80, cuando los niños de seis años íbamos solos al colegio con una mochila y un bonobús. Recuerdo una campaña contra algo terrible llamado sida, y las imágenes de la demolición de cierto muro alemán abriendo el telediario. Recuerdo el quiosco de chucherías del patio donde dilapidábamos la paga semanal; y la feria que montaban una semana al año dentro del recinto escolar. Recuerdo la importancia que le daba el padre Corredor a la campaña del Domund, y la capilla donde mi madre alguna vez se quedó a rezar antes de recogerme, y el boletín de los misioneros con aquel escudo que tanto me impresionaba: un corazón ardiendo atravesado por una flecha. Y recuerdo que los profesores eran tan buenos que cuando me cambiaron de colegio yo iba un curso por delante en matemáticas y quizá dos o tres en lectura. Pero aún habían de pasar algunos años hasta que leyera las Confesiones.
El hombre nombrado vicario de Dios en la tierra sale al balcón revestido de su alta dignidad y es aclamado por el pueblo. Pero la metamorfosis no ha sucedido entre los pesados cortinajes de terciopelo del balcón central; tampoco en la Capilla Sixtina, bajo la polícroma majestad de los frescos de Miguel Ángel. Ese hombre abrumado, que seguramente ha sido elegido porque sus colegas comprendieron que no deseaba el puesto en absoluto, empezó a transformarse a su pesar cuando ingresó en la sala que con mucha propiedad llaman de las lágrimas. Un no lugar, un tramo anodino entre dos ámbitos célebres, acaso el único puñado de metros cuadrados del Vaticano que no figuran en la historia del arte. Una mesa, dos sillas de madera, un pequeño sofá rojo y un perchero del que penden tres sotanas blancas. El hombre debe elegir la más ajustada a su talla necesariamente imprevista. Y es entonces, en ese vestidor oscuro, cuando lo vence la conciencia de su nueva condición. Al menos así les sucedió a algunos de sus predecesores. De ahí que se la conozca como la sala del llanto.
Humo negro, fumata de tanteo según mandan los cánones en la primera votación. Los cánones mandan siempre, pero especialmente en la institución bimilenaria que alumbró el derecho canónico. Hoy jueves ya hay cuatro votaciones por delante y la conjetura verosímil de que la última anuncie al orbe un papa nuevo.
Nadie en su sano juicio desea ser Papa. Nadie con acceso al cónclave ha dejado de fantasear con la posibilidad de serlo. La primera frase la pronunció un cardenal de verdad: el madrileño José Cobo. La segunda sale del guion de Cónclave, la película que ha encandilado a cuantos limitan su contacto con la Iglesia al sermón del cura en el funeral de la abuela. La realidad, naturalmente, está más cerca del pavor del cardenal de Madrid que de la impresionable retina del adicto a Netflix. No en vano se habla del peso de la púrpura.