Mira lo que has hecho, Pedro, muchacho. La semilla tarada que plantaste en aquel Peugeot, aquel proselitismo invertido que predicaba el resentimiento en compañía de Koldo, Santos y José Luis ha producido al fin sus monstruitos, incubados a la sombra de una cañería. Ahí tienes el fruto de años de inducción turulata en la militancia socialista, de sectarismo berroqueño, de zafiedad ágrafa. Cierta mañana la cáscara del huevo se rompe en un Novotel y emerge una mutación fuera de catálogo que está reclamando un Humboldt que la clasifique o una oportunidad en Supervivientes. Leire Díez Castro. «A estas alturas no tengo que precisar quién soy». Y comienza el espectáculo.
Siete son los días de la semana, siete los pecados capitales, siete los votos de Puigdemont y siete los años que lleva Pedro en el poder, más chulo que un ocho, haciéndole un siete a la democracia liberal. El siete es número de plenitud, imagen bíblica de la eternidad, razón de que a millones de españoles se les esté haciendo tan largo el sanchismo. A Pedro, en cambio, se le ha hecho muy corto. Él quiere llegar a 2030 y más allá, batir la marca de longevidad en el cargo de Felipe y si es posible también la de Gengis Kan. Porque el sanchismo no es un proyecto ideológico sino la ensimismada voluntad de poder de un solo hombre.
¿Cuándo dejarán de gustarnos los genios torturados? ¿Regresará Occidente a la mayoría de edad que perdió victimizándose, enamorándose de sus propias ruinas? ¿Archivaremos de una vez el mito del romanticismo, con sus egos problemáticos y sus psiques atormentadas, para redescubrir el arte espléndido que nace de la serenidad clásica? Ni la lista de novelas más vendidas ni la apuesta programática de TVE permiten abrigar grandes esperanzas, pero no será porque el Museo del Prado no lo esté intentando. De hecho, la muestra de Veronese que acaba de inaugurar puede interpretarse como un ejercicio de subversión cultural; precisamente porque no hubo pintor más disciplinado, exitoso y seguro de sí mismo en el Renacimiento italiano.
La sesión de control debió haberse celebrado en el sótano del Congreso, lo más cerca posible de las cañerías, porque todo es cloaca ya en la política española. Pedro decidió hacer pellas una vez más para que no le sacaran la foto abrazado a la fontanera que va ofreciendo favores de la Fiscalía a los corruptos que aporten dosieres viscosos contra investigadores de la UCO. Vuelve la guerra sucia del PSOE de los tiempos de Pedro J, vuelven los inspectores de alcantarillas del socialismo más pantanoso, vuelve incluso el recurso al vídeo sexual contra aquel que no cede a las presiones. Pero no cabe sorprenderse. Que el sanchismo acabaría así nos lo viene avisando a gritos desde hace una década aquella urna improvisada tras una cortina por el iniciador del movimiento. El fraude es su constante biográfica, del mismo modo que para Freud la salud solo representa una fase pasajera de la enfermedad.
El amontonamiento de escándalos en la fase terminal del sanchismo está obrando un efecto divertido sobre el ánimo de la derecha. El sanchista medio contempla estupefacto cómo el PP encara la celebración de su congreso abismándose entrañablemente en el bizantinismo ideológico que sucede a la pura exasperación. A medida que llueven los sumarios sobre una banda de aluniceros en Peugeot perseguida por la Guardia Civil, el selecto conservador o liberal no se pregunta qué ha hecho para merecer este Gobierno sino si la oposición es suficientemente digna de su aristocrático voto. Es la derechita pejiguera de salita azul y meñique empinado: «¡Falta dureza! ¡No hay rumbo! La alternativa no puede limitarse al antisanchismo. ¿Dónde está el gabinete en la sombra? Y la ilusión, qué. ¿Qué fue de la ilusión?». Ve a preguntarle por el rumbo estratégico a la charo que escondería a Jéssica en su propia casa con tal de que no gobierne la derecha, alma de cántaro. La izquierda real votará a Pedro aunque salga en rueda de prensa chupando carótidas de niños sin hogar; frente a ese ejército cejijunto de terracota se convoca un certamen lírico de politólogos que ensayan la bisectriz entre Ayuso y Juanma o debaten si Feijóo estaba mejor con gafas.
La galerna azota el barco que trasporta el cuerpo enfermo y el alma melancólica de Gaspar Melchor de Jovellanos desde su Gijón natal hasta el Cádiz de las esperanzas liberales, circunnavegando un país invadido. Ha tenido que zarpar apresuradamente del puerto gijonés porque la ciudad está a punto de caer otra vez en manos francesas. Pero conviene obedecer al Cantábrico cuando avisa, de modo que el capitán ordena buscar refugio en Puerto de Vega. Y en aquel puerto de donde zarpaban los balleneros asturianos, al abrigo del temporal que resume su vida de capitán Ahab del liberalismo, será donde se extinga el brillo de la inteligencia más corajuda de nuestra Ilustración. Tenía 67 años y un virus en los pulmones que le robó el último aliento.
La cuestión palpitante la ha formulado David Lema en este periódico: «¿Quién no ha conversado con un narco libanés?». No entiendo que esta pregunta llena de inocencia no haya sido incorporada aún al argumentario de Moncloa. Vencida la ironía inteligente por la estupidez literalista, podemos imaginar al ministro Marlaska justificando las charlas del presidente socialista del Parlamento canario -hoy todavía vicepresidente- con el capo de la cocaína y la heroína en Tenerife como un desfile de orgullo inclusivo contra la islamofobia.
Si el bachillerato obligara a estudiar -como debería- una asignatura troncal llamada «Estado de derecho», el libro que ha escrito Manuel Marchena (Las Palmas, 1959) debería ser su manual. En La justicia amenazada (Espasa) el magistrado del Tribunal Supremo que presidió el juicio más importante de la democracia -el golpe del separatismo catalán en octubre de 2017- no se pronuncia sobre escándalos de actualidad, pero disecciona sus causas profundas y expone las debilidades de un sistema amenazado por la voluntad de poder de gobernantes con pocos escrúpulos… y por la incultura jurídica de demasiados opinólogos.
El libro parte de un diagnóstico inquietante: la justicia está amenazada en España. Y el culpable de la amenaza es aún más inquietante: el poder político. Los políticos siempre han querido controlar el poder judicial. ¿Por qué ahora la gravedad de la amenaza es mayor?
Efectivamente, creo que el diagnóstico es inquietante. La tendencia del poder político a controlar a los jueces forma parte de la Historia. Lo que sucede es que en los últimos años estamos viviendo episodios de especial gravedad. No sólo en España. El enfrentamiento entre Trump y los jueces, por ejemplo, está marcando un hito en la historia de EEUU y es fiel reflejo de lo que pasa cuando el populismo se enfrenta a cualquier intento de control. La sociedad española se está familiarizando con una normalidad que es patológica. Los ataques a los jueces, incorporados incluso a acuerdos políticos que hablan de lawfare, están teniendo un efecto demoledor en la credibilidad de la justicia. Y creo que se pone en riesgo la paz social si la sociedad no confía en los jueces y empieza a creer que los conflictos jurídicos pueden resolverse mejor en las redes sociales o a puñetazos.