Hace 40.000 años una manada de leones de las cavernas atacó a una cría de mamut en una helada ladera de Siberia, pero no se la comieron. La cría murió intacta, conservada en el permafrost con el gentil propósito de que los científicos humanos de 2025 lograran secuenciar su ARN. El mensaje ribonucleico contenido en Yuka -que así se llama la pequeña mamut- ha llegado hasta nosotros como una botella de genes a través de un océano de milenios. Si algún millonario desea intentar otra vez que la naturaleza imite al arte, asistiremos a la inauguración de un Parque Cuaternario, acaso más manejable que el Jurásico.
Quizá Maruja Mallo ha sido nuestra Frida Kahlo o quizá fuera Frida la Maruja de los mexicanos, no estoy seguro. Ambas nacieron en la primera década del siglo, ambas fueron de izquierdas, ambas encauzaron el ímpetu de las vanguardias dentro de los márgenes de la figuración y ambas entregaron sus pinceles al susurro torcido del inconsciente, de manera que sus lienzos se pueblan de claves oníricas, chillidos cromáticos y un distendido toque feliz de autoparodia.
Para defender la inocencia de Álvaro García Ortiz, visto lo visto, debes cumplir una serie de requisitos morales. Debes convencerte, como en su día se convenció Francisco Franco, de que el sistema democrático no está por encima de tu idea política de España. No importa si esa idea es conservadora o progresista: lo decisivo es creer que los principios de limitación del mando, separación de poderes y proscripción de la arbitrariedad que impiden la autocracia pueden suspenderse invocando una razón ideológica superior o el lado correcto de la Historia. Por ejemplo, que Ayuso no se salga con la suya. Si estás convencido de que la lucha contra las bestias negras de tu imaginario antifascista bien vale la revelación de los datos del novio de la presidenta madrileña, entonces cerrarás filas con el fiscal general. Poco cianuro te parecerá, de hecho.
Nuestro galán demediado protagonizó en el Congreso el penúltimo thriller de su carrera. Una escena altisonante de género híbrido, entre la chulería genital de Tony Montana y el gótico aparatoso de Guillermo del Toro. Se trata de morir matando, con la cara cubierta de pólvora y la bayoneta apoyada en el muñón, disparando contra el PP autonomía por autonomía. La escena tiene fuerza, no lo vamos a negar. Dimitido Mazón, ningún presidente ha deseado con tanta desesperación seguir siéndolo aun cuando la presidencia hace tiempo que huyó de su futuro como alma que lleva el diablo.
Entre los signos que manifiestan un nuevo renacimiento de la fe entre nosotros suele citarse el disco de Rosalía, la película de Alauda Ruiz de Azúa y el premio Princesa de Asturias del filósofo católico Byung-Chul Han; pero inexplicablemente nadie ha mencionado todavía el papel determinante de Pedro Sánchez en la revigorización de la creencia. Desde Tertuliano, apologeta cristiano del siglo II que no ocultó a los romanos la irracionalidad de su credo sino que la reivindicó («Credo quia absurdum»: «Creo porque es absurdo»), nadie había exigido un salto de fe parecido a sus correligionarios.
Hasta la invención del smartphone la política era un lugar razonablemente inaccesible. No solo eso: también era afortunadamente indeseable. Un pasatiempo aburrido del que se ocupaban periodistas especializados en trance de divorcio, académicos desertores del claustro, víctimas de la selección natural en las pistas de baile y aquel delegado de clase con gafotas de carey que quería seguir siéndolo de mayorcito, más la porción habitual de fanáticos y pícaros. La política atraía solo a cuñados bajo sospecha y sociópatas por diagnosticar, y gracias a eso los políticos se permitían no romper en populistas desorejados. Los portavoces parlamentarios podían incluso hacer su trabajo pensando en las necesidades reales del país a medio plazo, no en la inmediata satisfacción de los instintos tribales del espectador. Porque la atención social no estaba precisamente puesta en el trámite de enmiendas a un proyecto de ley, ni la vida política era una sesión continua de zascas telerreales seleccionados por el algoritmo para alimentar la burbuja ideológica de cada dueño de un smartphone. Se tenía confianza en que unos presupuestos terminarían aprobándose. Y quizá gracias a que nadie miraba mucho se terminaban aprobando.
Que a la luz de Lux haya dicho Madonna que Rosalía es una «auténtica visionaria» induce a confusión. Pretende reivindicarse la autora de Like a prayer tantos años después, pero la aproximación de Rosalía al catolicismo entraña honduras inasequibles a aquella Madonna que descubrió el mediterráneo erótico-festivo de la monja pecadora. Ambas comparten voluntad transgresora, pero en 2025 la verdadera provocación ya no se ejerce con el cuerpo sino con el espíritu. Y esa mística revolución contra la material girl in a material world es la que abandera ahora Rosalía. Española tenía que ser.
Si la agonía del marianismo quedó cifrada en el bolso sedente de Soraya, el final del sanchismo se anuncia en el bolso falso de la hija de Yolanda Díaz. El bolso se nos presenta así como el alfa y el omega de un periodo español más accesorio que sustantivo. Que una familia comunista recurra a complementos de mercadillo a mí no me parece tan mal como a su propio Gobierno, que difundió una compaña ceñuda contra los productos falsificados sin reparar en el ejercicio de autoinculpación. Porque el Gobierno de coalición progresista es en sí mismo un gigantesco bolso falso, un Luis Vuitón tendido sobre la manta de un senegalés de la Gran Vía.